.
Apunte101
La Epochè: Historia
de un padre y de sus dos hijas
.
Situemos
nuestra historia –<reanudó> el narrador– aquí, en los
alrededores de Roma. Efectivamente, nos ocuparemos de un nombre de la nobleza
romana, la llamada aristocracia negra. En el momento en que empieza nuestra
historia él contaba cuarenta años y tenía dos hijas
de unos dieciocho-veinte años. Vivían juntos (la esposa había
muerto tiempo atrás) en un castillo o en una casa palaciega, en
el centro de un pueblo del Alto Lacio o de la Tuscia. El pueblo, en aquellos
años (unos diez años atrás, aunque parecen muchos
más) todavía se mantenía intacto. Se elevaba con sus
casas de toba, de grandes paredes y pequeñas ventanas, enclavadas
a lo largo de tétricas callejuelas que terminaban luego contra un
murete sobre un despeñadero que daba a un valle radioso. No faltaban
largos ensanches de las calles con palacetes de escalinatas exteriores
en forma de v invertida, el viejo adoquinado, una minúscula iglesia
románica que más antigua no se la habría podido imaginar,
y, apartada, en el fondo, inacabada la <...> gris iglesia del siglo
XVII. También el palacio en que habitaba nuestro protagonista –al
que llamaremos, no sin una pizca de parodia, Agustín– era un palacio
del siglo XVII. Estaba encajonado entre las casitas del pueblo, por un
lado, y, por el otro, contra un verde collado de vides y olivos,
el cual, justamente junto al palacio, terminaba en una pared rocosa donde
un escultor ‘bambocciante’ (1) había
dado forma a una fuente con personajes míticos a manera de ‘trompe-l’oeil’,
alguno de ellos pequeñísimo y algún otro enorme, todos
ellos bufonescos. El poroso xxx de que estaban hechos, sin embargo, les
confería una extraña autoridad. Un alambicado contrarreformismo
provinciano se contaminaba de un espíritu popular en el que el mito
era algo real. Bien. Agustín pasaba sus días dentro aquellas
habitaciones enormes y bien cuidadas (pese a su falso desorden y vacío
de la decadencia). Era un intelectual. Leía, estudiaba, recibía
a algunos amigos.
Se había
impuesto esa especie de exilio inmediatamente después de la guerra.
Efectivamente, había sido fascista. Pero hay que aclarar en seguida
que su fascismo no era en lo más mínimo objetivo, o, ¿cómo
decirlo?, normal. Nada de eso, era totalmente aberrante. Se basaba en el
equívoco de que éste | el fascismo | fuese una gran Derecha.
Tan sólo cuando cayó (y esto coincidió con la mayoría
de edad de nuestro héroe) reveló ser, ante una mirada retrospectiva
por fin histórica y culta, una simple y siniestra bufonada. Pero
Agustín era rico y podía permitirse vivir ‘a la manera de’,
precisamente como un exiliado, pagando provocadoramente y con extremada
sutileza su propio error. También el mundo del que se mantenía
alejado, por otra parte, en sustancia no era más que error. Una
democracia fingida ni más ni menos bufonesca que el fascismo. La
verdadera gran Derecha estaba más que nunca sin realizar; es más,
había declinado abiertamente. El Centro fingía tener objetivos
progresistas incluso donde era más miserablemente reaccionario (mafia,
gobierno en la sombra, complicidades clandestinas, luchas entre corrientes
políticas). Pero, en fin, todo esto lo sabéis mejor que yo.
Agustín amaba mucho a sus hijas, pero pasaba poco tiempo con ellas,
hasta tal punto que ellas poco a poco habían terminado por convertirse
en unas extrañas con las que él representaba –sin siquiera
ocultarlo demasiado– la comedia del afecto familiar. Comían juntos,
se reunían en el salón de la chimenea cuando había
huéspedes, y su recíproco trato se acababa ahí. Un
amigo llamado Tertuliano (este también es evidentemente un nombre
inventado) fue quien advirtió a Agustín qué estaba
ocurriendo. Estábamos a finales de los Años Cincuenta. No
se trataba de hechos reales, sino de hechos interiores, y se referían
a las dos muchachas.
Una de
éstas, Laura, de hecho no estaba contenta con la vida que llevaba
junto a su padre en Isola Borghese. <...> Sin que nadie se hubiese enterado,
todo estaba, por lo tanto, en crisis. Era un asunto enorme: el terreno
había cedido bajo los pies silenciosamente y ahora el abismo se
había abierto, ya no había nada que hacer. Si se hubiera
tratado de una vida, paciencia. Pero se trataba, como os he dicho, de una
representación, y por añadidura casi solamente gestual. Agustín
había organizado su vida como algunos poetas (pienso en Gottfried
Benn) que se convencen de ser nazis y llevan a cabo el ‘gesto’ de escribir
versos nazis (también en el caso de Benn, de todas maneras,
el nazismo no era sino una refinada y lacónica conciencia decadente).
Agustín no escribía poesía. Pero, como la mayor parte
de los hombres, se expresaba con su propio cuerpo, con su comportamiento,
vale decir, con la acción escénica de su vida. Lo dice San
Agustín: “No os unáis con las palabras, sino uníos
con la palabra hecha carne” (De spirito et littera) recordando,
evidentemente, a San Pablo: “...dado que es evidente que sois una letra
de Cristo, redactada por nosotros, que somos sus ministros, y escrita no
con tinta, sino con el espíritu de Dios viviente: no sobre tablillas
de piedra, sino sobre tablillas que son vuestros corazones de carne” (II
Corintios,
III, 3).
¿Por
qué la hija Laura no estaba contenta con la vida junto a su padre
en el palacio-monasterio de Isola Borghese? Tal como informó Tertuliano,
se trataba de una razón muy sencilla, casi diría natural.
Laura era una muchacha que no contaba casi ni veinte años. Y por
lo tanto, precisamente, era más que justo que la aburrida vida de
aquel eremitorio del alto Lacio no le agradase. De hecho, soñaba
con la vida de la Capital, con todo lo que implicaba. La vocación
de su vida era una vocación irresistiblemente mundana, ése
es el asunto.
Y ello
ofendía a Adriana, la otra hermana, algo más joven, que en
cambio se declaraba fiel al proyecto, digámoslo así, estilístico
del padre, que les convertía la vida en una obra, aunque necesariamente
‘a la manera de...’. Más aún, ella iba aún más
allá de los límites ‘estilísticos’ paternos, como
veremos dentro de poco.
Agustín
hizo frente al problema de Laura, que se presentaba, nunca mejor dicho,
como un ‘golpe de teatro’. Por otra parte, no abrigaba la menor duda acerca
de cómo habría tenido que comportarse. Había decidido
–en los orígenes– ser un padre autoritario, y padre autoritario
había de seguir siendo. Llamó a Laura a su presencia,
y, si bien con la clase propia de un hombre culto, le comunicó sus
<...> decisiones represivas. Nada de Roma, nada de vida mundana, nada
de ambiciones, nada de compromisos con la sociedad italiana. En el origen
de la vocación mundana de Laura, evidentemente, había la
misma ‘teatralidad’ de su padre (efectivamente, se parecían de una
manera impresionante): había en ella, por lo tanto, los elementos
ideológicos y psicológicos necesarios para aceptar la represión;
y también para realizar ese acto heroico –que ha sido un gran valor
durante todos los siglos y milenios de la historia humana– que consiste
en la resignación y en la consiguiente interiorización
de las esperanzas decepcionadas.
Pero
no bien estuvo resuelto –o lo pareció– el problema de Laura, hete
aquí que estalló el problema de Adriana. También en
esta ocasión fue Tertuliano quien informó a Agustín,
que tampoco en este caso se había percatado de nada. Adriana había
sentido repentinamente en su ánimo, justamente durante esos días,
una irresistible vocación religiosa. Y hasta había tomado
para sus adentros la decisión de convertirse en monja de clausura.
Estaba segura de que su padre no desaprobaría tal decisión;
sin embargo, temía hablarle al respecto. Más aún,
ante la mera idea de hablarle se veía asaltar por un inexplicable
terror.
También
en este asunto Agustín se mostró en seguida radical: nada
de clausuras, nada de uniformes eclesiásticos, nada de compromisos
con una Iglesia que no había sabido proponerse como cimiento de
una gran Derecha (!), y, más aún, en los últimos años
se había dado, aunque sólo fuera verbalmente, a necias elucubraciones
progresistas (desarrollando en su seno, junto a los viejos cardenales ignorantes
como boyeros, unos insoportables católicos de izquierdas no menos
pietistas y untuosos).
Estuvo
a punto de llamar a Adriana y soltarle el mismo discursito represivo que
a Laura. Pero, de golpe, cayó sobre él una revolucionaria
revelación que lo iluminó. Era el mes de junio: un día
estupendo –no desprovisto de nubes cargadas de una lluvia tardía–
en que repentinamente había estallado el verano. Si ya caía
alguna gota de la ardiente extensión gris del cielo, parecía
una gota de sudor. Pero con frecuencia el viento cálido abría
grandes desgarrones en el cielo sereno y los oblicuos rayos del sol (era
ya bien entrada la tarde) daban a las profundas hondonadas, a las aldeas
rústicas, a los encinares, un esplendor ante el cual el presente,
siempre tan mísero, parecía indigno. Agustín salió
de casa y fue a dar un garbeo detrás del pueblo, donde el silencio
era más profundo y nada había cambiado desde la <...>
Edad Media. Una dulzura silvestre, a la manera de Ariosto, aleteaba sobre
los barrancos profundos, sobre los semicírculos de prados segados
contra el verde más sombrío de los bosques mediterráneos.
Contrariamente a todos los miembros de la aristocracia romana, Agustín
no era ignorante. Todo lo opuesto: era muy culto. Cosa ésta que
constituye un caso anómalo, tan anómalo que probablemente
hace que sea arbitrario este mi relato. El hecho es que Agustín
no sólo poseía una buena cultura clásica, sino también
un discreto conocimiento de los textos contemporáneos. Además,
aunque sólo fuera en calidad de aficionado, se había especializado
en historia de la Iglesia y en historia de las religiones. Hubiera podido
profundizar en las características de la vocación monástica
de su hija, reconocer a qué tipo de santidad aspirase (también
Adriana se le parecía como una gota de agua a otra: por lo tanto,
era inevitable que, en caso de tener una vocación religiosa, su
finalidad no pudiera menos que ser extrema, vale decir, precisamente, la
santidad).
Decidió
hablar con ella todo el tiempo que fuera necesario. Cosa que hizo el día
siguiente y los sucesivos.
Al interrogar
a Adriana se interrogaba también a sí mismo, dado que la
revelación que había caído sobre él, en un
resplandor <...> (para disolverse en seguida), lo había vuelto
tan nuevo y “problemático” ante sus propios ojos.
Las conclusiones
a que llegó interrogando a Adriana fueron de alguna manera positivas.
El misticismo de su hija era de calidad espiritualmente elevada, vale decir
científicamente estimable. El ‘clisé’ cristiano estaba xxx
por buenos arquetipos. Adriana estaba atrapada por una regresión
real, que solamente su cultura y esa misteriosa cristalización que
distingue la esquizofrenia de los santos de la de los locos, impedía
que se convirtiera en un síntoma preocupante. Ella revivía
la ‘repetición’ fuera de la conciencia que de él tenía
como lectora del mejor San Pablo místico (olvidando inocentemente
la sospechosa sexofobia y el antifeminismo de éste). La elevada
calidad del renunciamiento al mundo asumido por Adriana había de
ser tomada en consideración. Pero volvía a poner sobre el
tapete el caso de Laura. También había que profundizar en
la vocación mundana de ésta. Cosa que Agustín llevó
a cabo con diligencia. También para Laura fue positivo el examen;
más aún, altamente positivo. Laura no deseaba en lo más
mínimo entrar en el mundo por una tonta vanidad y superficialidad
de chiquilla. La suya quería ser una intervención entre los
hombres propiamente dicha: de su nivel social, ya se entiende, que, sin
embargo, aquí ha de entenderse como nivel cultural.
¿En
qué consistía pues la revelación que, en ocasión
de la crisis de sus dos hijas, había tenido Agustín sobre
sí mismo? (...) ¿Por qué –se había preguntado
Agustín– durante tantos años se había mantenido lejos
del mundo, en un estado de voluntaria impotencia? Y la respuesta que se
había dado, fulmínea, constituía precisamente la revelación
que había descendido sobre él: “Me he mantenido alejado del
mundo en un estado de voluntaria impotencia porque deseo el mundo y tengo
sed de poder.” Esta pregunta y esta respuesta que Agustín había
formulado acerca de sí mismo tenían su modelo en las preguntas
y respuestas que se había visto obligado a plantear sobre los problemas
de sus dos hijas. “¿Por qué Laura quiere imponerse al mundo?
Probablemente, es más, seguramente porque lo teme y lo detesta.”
“Y, ¿por qué quiere Adriana definitivamente renunciar al
mundo? Porque seguramente lo ama y se siente tentada por él.”
La “sed
de poder” que Agustín había vuelto a descubrir dentro de
sí –yacente, como un material precioso en una mina abandonada– era
por lo menos tan imponente como imponente había sido su sed de impotencia.
Y en seguida se desencadenó en él –apenas reconstruida y
admitida– con una violencia digna de sus antepasados.
Su cálculo fue inmediato.
Volver a entrar en el mundo y adueñarse de él, confirmando
su propio poder. Pero, ¿cómo? (...) La ocasión se
le presentó, y mejor que así era imposible de imaginar. Enviaría
por delante sus dos hijas: dos mujeres extraordinariamente hermosas, extraordinariamente
nobles y, por añadidura, dotadas de vocaciones e intereses culturales
reales. En el momento en que obtuvieran el éxito que seguramente
conseguirían, la una como mujer de mundo y la otra como santa, entonces
aparecería él, el padre. Para remontar la corriente del tiempo
perdido no tendría que dar personalmente ni un solo paso. Se encontraría
ya de pie sobre el mejor de los pedestales o trampolines posibles. No tiene
gran importancia puntualizar cuáles eran, luego, sus proyectos de
poder concreto. La fundación de esa gran Derecha que él –caso
probablemente único en una sociedad como la italiana– tenía
en la cabeza, tan precisa y límpida. Y tal vez las inevitables relaciones
con el neofascismo, que él seguía despreciando, pero que,
en su estrategia, no podía despreciar.
Llamó
a sus dos hijas y, una vez más, les impuso su voluntad paterna ‘represiva’.*
Efectivamente, su decisión bien determinada e inamovible era que
ellas tuvieran** que intercambiar sus papeles: Laura, la hija cautiva de
una desesperada vocación mundana, tendría que vestir los
hábitos y hacerse monja; en tanto que Adriana, la hija cautiva de
una irresistible y sincera vocación religiosa, tendría que
ir a establecerse en Roma para realizar allí el más ambicioso
y xxx de los proyectos de éxito mundano.
Tanto
Adriana como Laura aceptaron, bajando la cabeza ante la voluntad paterna.
Por otra parte, para Adriana eso no era más que una regla de su
sincera santidad; para Laura, en cambio, se trató de un cálculo
que la hacía digna de su padre, dado que había adivinado
sus intenciones.
Pasaron
unos diez años (y hemos llegado así poco más o menos
a nuestros días). Las previsiones de Agustín se realizaron
exactamente. Laura, la mística, se convirtió en una poderosa
mujer de mundo. La vida de la Roma culta y rica era inconcebible, a esas
alturas, sin ella. La fatua Adriana, por su parte, se convirtió
en una monja cuya piedad inmediatamente llamó la atención
del mundo entero, y que creció tanto, con los años, como
para pretender que esa mujer era una santa. Y, de hecho, hubiera sido imposible,
<...> demostrar lo contrario. A la sombra de sus dos hijas, poco a poco
Agustín había salido a la luz; y su autoridad, precisamente
porque aun oculta y legendaria, empezaba a ser insustituible.
Llegó
el día en que –reprimiendo su anhelante voluntad de exteriorizarse
e imponerse– Agustín consideró oportuno abandonar su exilio
de veinte años y volver a aparecer en el escenario del mundo. Todo
estaba preparado. El asunto ciertamente no había de producirse sin
las repercusiones y los resultados que Agustín se proponía,
pero, al mismo tiempo, tenía que evitar rígidamente cualquier
forma de retórica.
Pero es justamente
en la mañana de aquel histórico día cuando nuestro
cuento se acaba. O, mejor dicho, se recoge sobre sí mismo, en ese
silencio interior de donde había empezado, incluso si ese silencio
interior <...> es, a estas alturas, profundamente, impalpablemente distinto.»
----------
(1)
A la manera de Pedro van Laer (1613-1675), pintor holandés apodado
«Bamboccio» (fantoche), por las figuras de sus escenas rústicas.
(N. del T.)
.
.
Appunto 101
L'Epochè: Storia
di un padre e delle sue due figlie
.
Collochiamo
la nostra storia – <riprese> il narratore – qui, nei dintorni di Roma.
Infatti ci occuperemo di un uomo della nobiltà romana, cosiddetta
nera. Al momento in cui la nostra storia comincia egli aveva quarant’anni
e aveva due figlie di circa diciotto-venti anni. Abitavano insieme (la
moglie era morta da molto) in un castello o in una casa gentilizia al centro
di un paese dell’Alto Lazio o della Tuscia. Il paese, in quegli anni (una
decina d’anni fa, anche se sembrano molto di più) era ancora intatto.
Sorgeva con le sue case di tufo, dalle grandi pareti e dalle piccole finestre,
disposte lungo tetri vicoletti che poi finivano contro un muretto a strapiombo
su una radiosa vallata. Non mancavano lunghi slarghi con palazzotti dalle
scalinate esterne a v rovesciata, il vecchio acciottolato, una minuta chiesetta
romanica, che più antica non si potrebbe immaginare, in disparte,
e in fondo, incompleta la <...> grigia chiesa seicentesca. Anche il
palazzo dove abitava il nostro protagonista – che chiameremo, non senza
una punta di parodia, Agostino – era un palazzo del Seicento. Era incastrato
tra le casette del paese da una parte, e, dall’altra, contro un poggio
verde di viti e ulivi, che, proprio sotto il palazzo, finiva con una parete
rocciosa, in cui uno scultore ‘bambocciante’, aveva ricavato una fontana
con dei personaggi mitici a ‘trompe-l’oeil’, qualcuno piccolissimo, qualcun
altro enorme, e tutti buffoneschi. Il poroso xxx di cui erano fatti, però,
dava loro una strana autorità. Un lambiccato controriformismo di
provincia si contaminava con uno spirito popolare in cui il mito era qualcosa
di reale. Bene. Agostino passava i suoi giorni dentro quelle stanze enormi
e ben tenute (pur nel loro falso disordine e vuoto della decadenza). Era
un intellettuale. Leggeva, studiava, riceveva degli amici. <...>
Egli
si era costretto a quella specie di esilio subito dopo la guerra. Era stato
infatti fascista. Bisogna però subito precisare che il suo fascismo
non era affatto oggettivo e, come dire, normale. Anzi era del tutto aberrante.
Si fondava sull’equivoco che esso | il fascismo | fosse una grande Destra.
Soltanto quando fu caduto (e ciò coincise con la maggiore età
del nostro eroe) si rivelò a uno sgua:do retrospettivo, finalmente
storico e colto, una semplice [sinistra] buffonata. Ma Agostino era ricco,
e poteva permettersi di vivere ‘di maniera’, appunto in esilio, pagando
provocatoriamente e con [estrema] sottigliezza il proprio errore. Anche
il mondo da cui egli si teneva lontano, del resto altro non era in sostanza
che errore. Una finta democrazia né più né meno buffonesca
che il fascismo. La vera grande Destra era più irrealizzata che
mai; anzi, era scopertamente declinata. Il Centro fingeva mire progressiste,
anche là dov’era più miserabilmente reazionario (mafia, sottogoverno,
intrallazzi, lotte di correnti). Ma insomma tutte queste cose le sapete
meglio di me. Agostino amava molto le figlie, ma ci stava poco insieme,
tanto che esse un po’ alla volta avevano finito col divenire delle estranee
con cui egli recitava – senza neanche troppo nasconderlo – la scena dell’affetto
famigliare. Facevano i pasti insieme, quando arrivavano degli ospiti si
radunavano insieme nel salone del camino, e la loro frequentazione reciproca
era tutta li. Fu un amico di nome Tertulliano (anche questo è evidentemente
un nome Inventato) ad avvertire Agostino di quanto stava succedendo. Eravamo
verso la fine degli Anni Cinquanta. Non si trattava di fatti reali, ma
di fatti interiori, e riguardavano le due ragazze.
Una di
esse, Laura, non era infatti contenta della vita che conduceva con suo
padre a Isola Borghese. <...> A insaputa di tutti, tutto era dunque
messo in crisi. Era una cosa enorme: il terreno era franato sotto i piedi
silenziosamente, e adesso il baratro si era aperto, e non c’era più
niente da fare. Se si fosse trattato di una vita, pazienza. Ma si trattava,
come vi ho detto, di una recita; e di una recita, oltre tutto, pressoché
soltanto gestuale. Agostino aveva organizzato la propria vita come certi
poeti (penso a Gottfried Benn) che si convincono di essere nazisti, e fanno
il ‘gesto’ di scrivere versi nazisti (anche nel caso di Benn, comunque,
il nazismo altra non era che una raffinata e laconica coscienza decadente).
Agostino non scriveva poesie. Ma, come la maggior parte degli uomini, egli
si esprimeva con il proprio corpo, con il proprio comportamento, ossia
con l’azione scenica della propria vita. Lo dice Sant’Agostino: “Non unitevi
con le parole, ma unitevi con la parola fatta carne” (De spiritu et
littera), ricordandosi, evidentemente di San Paolo: “... poiché
è evidente che siete una lettera di Cristo, redatta da noi suoi
ministri e scritta non già con inchiostro, bensì con lo spirito
di Dio vivo: non su tavole di pietra, ma su tavole che sono i vostri cuori
di carne” (Il Corinti, III, 3).
Perché
la figlia Laura non era contenta della vita col padre nel palazzo-monastero
di Isola Borghese? Come Tertulliano informò si trattava di una ragione
molto semplice, direi quasi naturale. Laura era una ragazza di neanche
vent’anni. Ed era quindi, appunto, più che giusto che la noiosa
vita in quel romitorio dell’alto Lazio non le piacesse. Essa sognava infatti
la vita della Capitale, con tutto ciò che implicava. La vocazione
della sua vita era una vocazione irresistibilmente mondana, ecco il punto.
Ciò
offendeva Adriana, l’altra sorella un poco più giovane, che invece
si dichiarava fedele al progetto, diciamo cosi, stilistico del padre, che
faceva della loro vita un’opera, anche se necessariamente di maniera. Anzi,
essa andava ancora più in là dei limiti ‘stilistici’ paterni,
come vedremo fra poco.
Agostino
affrontò il problema di Laura che si presentava, è il caso
di dirlo, come un ‘colpo di scena’. Del resto non aveva il minimo dubbio
su come avrebbe dovuto comportarsi. Aveva – alle origini – deciso di essere
un padre autoritario, e padre autoritario doveva restare. Chiamò
[a sé] Laura, e, sia pure con la classe di un uomo colto, le comunicò
le sue <...> decisioni repressive. Niente Roma, niente vita mondana,
niente ambizioni, niente compromessi con la società italiana. All’origine
della vocazione mondana di Laura c’era evidentemente la stessa ‘teatralità’
del padre (i due infatti si assomigliavano in modo impressionante): si
trovavano dunque in lei gli elementi psicologici e ideologici necessari
ad accettare la repressione; e a compiere quell’atto eroico – che è
stato un grande valore per tutti i secoli e i millenni della storia umana
– consistente nella rassegnazione, e nella conseguente interiorizzazione
delle proprie aspirazioni deluse.
Ma non
appena fu – o parve – risolto il problema di Laura, ecco scoppiare il problema
di Adriana. Anche stavolta fu Tertulliano a informare Agostino, il quale
non si era neanche stavolta accorto di nulla. Adriana aveva sentito nel
suo animo improvvisamente, proprio in quei giorni, una irresistibile vocazione
religiosa. E aveva addirittura preso fra sé la decisione di farsi
monaca di clausura. Era certa che il padre non l’avrebbe disapprovata;
eppure temeva a parlargliene.
Anzi,
all’idea di parlargliene era presa da un inspiegabile terrore.
Anche
su questo punto Agostino fu subito radicale; niente clausura, niente uniforme
ecclesiastica, niente compromessi con una Chiesa che non aveva saputo porsi
come fondamento di una grande Destra (!), e anzi, si era data, sia pure
verbalmente, negli ultimi anni a melense farneticazioni progressiste (sviluppando
nel suo seno, insieme ai vecchi cardinali ignoranti come vaccari, degli
insopportabili cattolici di sinistra non meno pietistici e untuosi).
Fu sul
punto di chiamare Adriana e farle il discorsetto repressivo che aveva fatto
con Laura. Quando, di colpo, ebbe, su di sé, una rivoluzionaria
rivelazione, che l’illuminò. Era giugno: una stupenda giornata –
non priva di nuvole colme di ritardataria pioggia – in cui l’estate era
scoppiata d’improvviso. Se qualche goccia cadeva giù dalla ardente
distesa grigia del cielo, pareva una goccia di sudore. Ma spesso il vento
caldo apriva grandi squarci di sereno, e i raggi del sole obliqui (era
già il tardo pomeriggio) davano alle vallate profonde, ai borghi
rustici, ai boschi di querce uno splendore di cui il presente, sempre cosi
misero, sembrava indegno. Agostino usci di casa, e andò a fare una
passeggiata dietro il paese, dove il silenzio era più profondo e
niente era cambiato dal <...> Medioevo. Una dolcezza selvaggia, ariostesca,
aleggiava sui borri profondi, sui semicerchi di prati falciati contro il
verde più cupo dei boschi mediterranei. Agostino, al contrario di
tutti i componenti della nobiltà romana, non era un uomo ignorante.
Al contrario, egli era molto colto: cosa, questa, che costituisce un caso
anomalo, tanto anomalo da rendere probabilmente arbitrario questo mio racconto.
Fatto sta che Agostino non solo aveva una buona cultura classica, ma anche
una discreta conoscenza dei testi contemporanei. Inoltre, pur da dilettante,
si era specializzato in storia della Chiesa e in storia delle religioni.
Egli avrebbe potuto approfondire i caratteri della vocazione monastica
di sua figlia: riconoscere a quale tipo di santità essa aspirasse
(anche Adriana assomigliava a lui come una goccia d’acqua: quindi era inevitabile
che se essa avesse una vocazione religiosa, il suo fine non avrebbe potuto
che essere estremo, cioè, appunto, la santità.
Decise
di parlare per tutto il tempo che fosse necessario con lei. Cosa che fece
il giorno dopo e i giorni seguenti.
Interrogando
Adriana, interrogava anche se stesso, visto che la rivelazione su di sé
che gli era balenata <...> (e subito dissolta) lo aveva reso ai suoi
occhi cosi nuovo e ‘problematico’.
Le conclusioni
a cui arrivò interrogando Adriana furono in certo modo positive.
Il misticismo della figlia era di qualità spiritualmente alta, cioè
scientificamente pregevole. Il ‘cliché’ cristiano era xxx da buoni
archetipi. Adriana era preda di una regressione reale, che solo la sua
cultura, e quella certa cristallizzazione misteriosa, che distingue la
schizofrenia dei santi da quella dei matti, impediva che divenisse un sintomo
preoccupante. Essa riviveva la ‘ripetizione’ al di fuori della coscienza
che essa ne aveva come lettrice del miglior San Paolo mistico (dimentica
innocentemente della sessuofobia sospetta e dell’antifemminismo di costui).
L’alta qualità della rinuncia al mondo di Adriana, andava presa
in considerazione. Ma rilanciava anche il caso di Laura. Doveva dunque
essere approfondita anche la vocazione mondana di quest’ultima. Cosa che
Agostino fece diligentemente. Anche per Laura l’esame fu positivo; anzi,
altamente positivo. Laura non desiderava affatto entrare nel mondo per
una sciocca vanità e superficialità di ragazzina. Il suo
voleva essere un vero e proprio intervento tra gli uomini: del suo livello
sociale, s’intende, che qui va però inteso come livello culturale.
In che
cosa dunque consisteva la rivelazione, che, in occasione della crisi delle
sue due figlie, Agostino aveva avuto su se stesso? <...> Perché
– si era chiesto Agostino – per tanti anni egli si era tenuto lontano dal
mondo, in uno stato di volontaria impotenza? E la risposta, fulminea, che
si era dato, costituiva appunto la illuminazione che egli aveva avuto su
di sé: “Io mi sono tenuto lontano dal mondo in uno stato di volontaria
impotenza perché desidero il mondo e ho sete di potere”. Questa
domanda e questa risposta che Agostino aveva dato su di sé, avevano
il loro modello sulle domande e sulle risposte che egli era stato costretto
a dare sui problemi delle due figlie. “Perché Laura vuole imporsi
al mondo? Probabilmente, anzi, certamente perché lo teme e lo detesta”.
“E perché Adriana vuole definitivamente rinunciare al mondo? Perché
sicuramente lo ama e ne è tentata”.
La ‘sete
di potere’ che Agostino aveva riscoperto in sé – giacente come del
materiale prezioso in una miniera abbandonata – era tanto [imponente] almeno
quanto era stata [imponente] la sua sete di impotenza. E si scatenò
subito in lui – appena riconosciuta e ammessa – con una violenza degna
dei suoi avi.
Il suo
calcolo fu immediato. Rientrare nel mondo e impadronirsene, affermandovi
il proprio potere. Ma come? <...> L’occasione gli si era presentata:
e migliore di così era impossibile immaginarla. Avrebbe mandato
avanti le figlie: due donne straordinariamente belle, straordinariamente
nobili, e per di più dotate di vocazioni e interessi culturali reali.
Al momento in cui esse avessero conseguito il successo che certamente avrebbero
conseguito, l’una come donna di mondo l’altra come santa, ecco che si sarebbe
presentato lui, il padre. Non avrebbe dovuto fare, personalmente, un passo
per risalire la corrente del tempo perduto. Si sarebbe trovato già
in piedi sul migliore dei piedistalli o trampolini possibili. Non ha molta
importanza precisare quali fossero poi i suoi progetti di potere concreto.
La fondazione di quella grande Destra che egli – caso probabilmente unico
in una società come quella italiana – aveva così precisa
e limpida nella testa. E magari gli inevitabili legami col neofascismo,
che egli continuava a disprezzare, ma, che, nella sua strategia, non poteva
essere ignorato.
Chiamò
le due figlie, e, ancora una volta, impose loro la sua volontà paterna
‘repressiva’. Infatti la sua decisione ben determinata e incrollabile era
che esse dovessero scambiarsi i ruoli: Laura, la figlia <presa> da una
disperata vocazione mondana, avrebbe dovuto prendere i veli e farsi monaca;
mentre Adriana la figlia <presa> da una irresistibile e sincera vocazione
religiosa, avrebbe dovuto andare a stabilirsi a Roma, a realizzarvi il
più ambizioso e xxx dei disegni di successo mondano.
Sia Adriana
che Laura accettarono, chinando la testa davanti alla volontà paterna.
Del resto per Adriana questa non era che una regola della sua sincera santità;
per Laura si trattò invece di un calcolo che la rendeva degna del
padre, visto che aveva divinato le sue intenzioni.
Passarono circa dieci anni
(e siamo così giunti circa ai giorni nostri). Le previsioni di Agostino,
si avverarono esattamente. Adriana, la mistica, divenne una potente donna
di mondo. La vita della Roma ricca e colta era inconcepibile, ormai, al
di fuori di lei. La fatua Laura, dal canto suo, divenne una monaca la cui
pietà richiamò subito su di sé l’attenzione del mondo,
che tanto crebbe, con gli anni, che finì col pretendere quella donna
santa. Ed effettivamente sarebbe stato impossibile, <...> dimostrare
il contrario. All’ombra delle due figlie, Agostino piano piano era venuto
in luce; e la sua autorità, appunto perché ancora nascosta
e leggendaria, cominciava a essere insostituibile.
Venne
il giorno in cui – reprimendo la sua spasimante volontà di esternarsi
e di imporsi – Agostino ritenne opportuno abbandonare il suo esilio ormai
ventennale, e riapparire sulla scena del mondo. Tutto era pronto. La cosa
non doveva certo avvenire senza le ripercussioni e i risultati che Agostino
si riprometteva, ma, nel tempo stesso, doveva essere rigidamente evitata
ogni forma di retorica.
Ma è
proprio alla mattina di quello storico giorno che il nostro racconto cessa.
O meglio, ripiega su se stesso, in quel silenzio interiore da cui era incominciato,
anche se tale silenzio interiore <...> è ormai profondamente,
imparlabilmente diverso.»
|