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Israel
Sé
que el viejo Ben Gurión
Sé
que el viejo Ben Gurión)
(corredor
de carreras campestres
que
ha recorrido a pie por última vez
el
camino del Parlamento)
está
en su kibbutz, en el exilio,
como
un niño escapado de casa.
Los
heridos no están intimidados por los heridos.
Es
más, pueden acusarlos:”Decid, vosotros, en lo íntimo
heridos
por una gloriosa, milenaria timidez...
¿por
qué os habéis evadido del mundo,
para
reconstruirlo según los viejos amores
que
tanto os han intimidado?
¿Cómo
podéis soportar, minoría
de
víctimas antiguas,
estar
ahora, en el kibbutz, en las ciudades,
una
mayoría llena de la dignidad de ser?
Vosotros,
que habéis ganado con la Razón
a
la No-Razón, a cuyo mito tanto, por otra parte,
habíais
contribuído, ¿por qué?
¿Por
qué os dejáis hoy vencer por sus fábulas
más
marchitas – este regreso a la tierra?
He
visto en una calle de los departamentos
del
Norte, entre reforestaciones y depósitos
de
un mundo desnudo, todavía, como una colonia,
pero
ya profundamente trabajado, a un pequeño
hebreo
de los vuestros subproletario, no más
que
un sombrío pastorcillo lucano... o sirio...
¿Qué
os empuja a la experiencia de la pobreza?
He
visto, con blancas manos de intelectual
a
un hebreo utilizar herramientas de agricultor.
¿Qué
sentido tiene hacer esta experiencia
ahora
que precisamente el mundo campesino muere,
desde
la prehistoria hecho historia (con todo
lo
que vosotros, con Griegos, Florentinos,
Europeos
habéis
dado,
para que fuera historia del hombre)
-para
ceder el sitio a una Nueva Prehistoria?
¿Acaso
es una solución exorcizar
la
cueva familiar - la institución
de
la pobreza y del terror?
¿Por
una cueva colectiva consagrada
por
los mitos de las religiones industriales,
para
aterrorizados?
Esta
Tierra ¿no fue Tierra Prometida
cuando
estaba en el centro del mundo?
Ahora
está a sus márgenes: y vosotros ¿creéis
que
es siempre la misma, elegida por Dios
para
vosotros?
¿Cómo
podéis vosotros, laicos más que cada laico,
fundar
el más laico de los Estados
sobre
una promesa de Dios?
Pero
yo soy de vuestra absurda patria
como
uno de vuestros conciudadanos.
Agotada
la primera mirada
Agotada
la primera mirada, Tel Aviv
no
es más que una ciudad con su vida.
Con
la vida de una mayoría.
Con
su destino que puede no interesar,
que
puede no conmover. La vida
que
sigue adelante, adelante siempre
de
los demás, como en todo el mundo.
Una
ciudad cerrada, perdida en sí misma,
huraña,
carente de aquella ternura,
aquella
necesidad de ayuda, aquella necesidad
de
liberarse vehementemente, para regalar,
su
propia historia.
Mis
ojos, inconscientemente, culpablemente,
son
para los pocos árabes - que reconozco
no
tanto por el paso como por los ojos.
Muchos
Hebreos se asemejan a ellos (venidos
de
Marruecos, del Yemen pastoral): pero
se
distinguen enseguida, como por elección.
En
los ojos de los Hebreos, se lee, en efecto,
la
lucha contra el deseo de no ser,
en
los de los árabes en cambio se lee la estúpida,
la
cara voracidad de ser.
El
desierto
El
desierto (conquistado metro a metro,
por
arbolitos alineados), la aparición
de
Berseva, el Desert Inn, la llegada a Sodoma,
el
encuentro con alguna tribu de beduinos...
La
historia de los caros a Dios ¿cuál es?
¿Ésta
de los Hebreos que ahora aquí
tiene
la enormidad de locos esqueletos industriales,
o
la de los beduinos, solos con sus ojos
de
alegres serpientes entre los harapos?
Terminado
mi día
Terminado
mi día de fiesta, cansado
petulante
turista (investigador
neurótico
por un panel capitalista,
finalmente)
me doy cuenta de que ninguno de los chicos
vistos
en las turbias orillas de Tiberíades
-
pasando su día de fiesta,
en
los autoestop, en la pesca, en el esquí acuático,
centroeuropeos
rechazados al sol de las colonias –
ha
levantado nunca la voz o sonreído.
Venido
quizá de Córdoba
Venido
quizá de Cordoba, de Sevilla,
donde
la sangre árabe y la latina
le
dan a un muchacho hebreo la absurdidad
de
una belleza cocida por tres soles,
se
finge aquí perdido tocando un instrumento,
guitarra
o banjo, patiabierto en vilo
sobre
la acera, la entrepierna del pantalón
americano
que parece reventar, consumido
por
suprema elegancia, como es. Loca
por
él, una muchachita le llama,
vuelve
a llamarle, finge no querer saber nada de él,
y
tener otras rabias en su alma.
Él
no sabe lo que significa ser amados,
niño
salvaje, con hombros de atleta,
o
lo sabe... y arrecia su timidez,
en
la payasada del canto, y si por azar
le
hace caso a ella, ya es un padre, o una tierna
madre:
viene de los paises en los que el hijo
sabe
que debe ser un rey. Y los compañeros
inquietos
sobre la acera mellada
delante
de un nuevo cine de Jerusalén,
sobre
la calle color de las vísceras, del polvo
de
las pestes, ellos también tienen para el juego del amigo
ojos
risueños y consternados – deshechos
por
aquel regazo donde reina el pudor
ahora
locamente tenso como el de los héroes
griegos
cuando se batían los muslos riendo.
Son
tan puros
porque
en Jerusalén habrá nuevas matanzas,
su
sangre ya corre, su carne
ya
está martirizada, su ceniza recogida,
víctimas,
que sin embargo ríen de una elección
que
los ve libres sólo de ser futuros muertos.
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Israele
So
che il vecchio Ben Gurion
So
che il vecchio Ben Gurion
(corridore
di corse campestri
che
ha fatto a piedi per l’ultima volta
la
strada del Parlamento)
è
nel suo kibutz, in esilio,
come
un bambino scappato di casa.
I feriti
non sono intimiditi dai feriti.
Anzi,
li possono accusare: «Dite, voi, nell’intimo
feriti
da una gloriosa, milenaria timidezza...
perché
siete evasi dal mondo,
per
ricostruirlo secondo i vecchi amori
che
tanto vi hanno intimiditi?
Come
potete sopportare, minoranza
di
vittime antiche,
di
essere ora, nei kibutz, nelle città,
una
maggioranza piena della dignità di essere?
Voi,
che avete vinto con la Ragione
la
Non-Ragione, al cui mito tanto, peraltro,
avevate
contribuito, perché
perché
vi lasciate oggi vincere dalle sue fiabe
più
sfiorite — questo ritorno alla terra?
Ho
visto in una strada dei dipartimenti
del
Nord, tra rimboschimenti e giacenze
di
un mondo nudo, ancora, come una colonia,
ma
già profondamente lavorato, un piccolo
vostro
ebreo sottoproletario, non più
che
un cupo pastorello lucano... o siriano...
Cosa
vi spinge all’esperienza della povertà?
Ho
visto, con bianche mani di intellettuale
un
ebreo adoperare arnesi d’agricoltore.
Che
senso ha fare questa esperienza
ora
che proprio il mondo contadino muore,
da
preistoria fatto storia (con tutto
cià
che voi, con Greci, Fiorentini,
Europei
avete
dato,
perché fosse storia dell’uomo)
-
per cedere fi posto a una Nuova Preistoria?
È
forse una soluzione esorcizzare
il
covo famigliare - l’istituto
della
povertà e del terrore?
Per
un covo collettivo consacrato
dai
miti delle religioni industriali,
per
terrorizzati?
Qesta
Terra non fu Terra Promessa
quando
era al centro del mondo?
Ora
ne è ai margini: e voi credete
che
sia sempre la stessa, scelta da Dio
per
voi?
Come
potete voi, laici più di ogni laico,
fondare
il più laico degli Stati
su
una promessa di Dio?
Ma
sono nella vostra assurda patria
come
un vostro concittadino».
Esaurito
il primo sguardo
Esaurito
il primo sguardo, Tel Aviv
non
è che una città con la sua vita.
Con
la vita di una maggioranza.
Col
suo destino che può non interessare,
che
può non commuovere. La vita
che
va avanti, avanti, sempre
degli
altri, come in tutto il mondo.
Una
città chiusa, perduta in sé,
scostante,
senza più quella tenerezza,
quel
bisogno di aiuto, quel bisogno
di
liberarsi struggentemente, per farne dono,
della
propria storia...
I miei
occhi, inconsapevolmente, colpevolmente,
sono
per i pochi arabi - che riconosco
non
tanto dal passo quanto dagli occhi.
Molti
Ebrei gli assomigliano (venuti
dal
Marocco, dall’Yemen pastorale): ma
se
ne distinguono subito, come per elezione.
Negli
occhi degli Ebrei, si legge, infatti,
la
lotta contro il desiderio di non essere,
in
quelli degli arabi invece si legge la stupida,
la
cara voracità di essere.
Il
deserto
Il
deserto (conquistato metro per metro,
da
alberelli allineati), l’apparizione
di
Berseva, il Desert Inn, l’arrivo a Sodoma,
l’incontro
con qualche tribù di beduini...
La
storia dei cari a Dio qual è?
Questa
degli Ebrei che ora qui
ha
l’enormità di pazzi scheletri industriali,
o
quella dei beduini, soli coi loro occhi
di
allegri serpenti tra gil stracci?
Finito
il mio giorno
Finito
il mio giorno di festa, stanco
petulante
turista (ricercatore
nevrotico
per un pannello capitalistico,
infine)
mi accorgo che nessuno dei ragazzi
visti
sulle rive torbide di Tiberiade
—
a passare il loro giorno di festa,
agli
autostop, alla pesca, agli sci d’acqua,
centroeuropei
respinti nel sole delle colonie —
ha
mai alzato la voce o sorriso.
Venuto
forse da Cordova
Venuto
forse da Cordova, da Siviglia,
dove
il sangue arabo e quello latino
danno
a un ragazzo ebreo l’assurdità
d’una
bellezza cotta da tre soli,
si
finge qui perduto a suonare uno strumento,
chitarra,
o banjo, a gambe larghe in bilico
sul
marciapiede, il cavallo dei calzoni
americani
che pare spaccarsi, consunto
per
suprema eleganza, com’è. Pazza
di
lui, una ragazzetta lo chiama,
lo
richiama, finge di non volerne sapere,
di
avere altre rabbie nella sua anima.
Lui
non sa cosa vuol dire essere amati,
bambino
selvaggio, con spalle di atleta,
o
lo sa... e infuria la sua timidezza,
nella
buffonata del canto, e se per caso
dà
retta a lei, è già un padre, o una tenera
madre:
viene dai paesi in cui il figlio
sa
che deve essere un re. E i compagni
inquieti
sul marciapiede slabbrato
davanti
a un nuovo cinema di Gerusalemme,
sulla
strada color delle viscere, della polvere
delle
pesti, hanno anche loro al gioco dell’amico
occhi
ridenti e sgomenti — sgominati
da
quel grembo dove regna il pudore
ora
follemente teso come quello degli eroi
greci
quando si battevano le coscie ridendo.
Sono
così puri
perché
a Gerusalemme ci saranno nuove stragi,
il
loro sangue già scorre, la loro carne
è
già martoriata, la loro cenere raccolta,
vittime,
che pure ridono, di una scelta
che
li vede liberi solo d’essere futuri morti.
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