.
Poeta
de las cenizas
.
Soy
uno
que
nació en una ciudad llena de pórticos en 1922.
Tengo
por tanto cuarenta y cuatro años, que llevo bien
(justo
ayer, dos o tres soldados, en un arbolado de putas,
me
atribuyeron veinticuatro – pobres chicos,
que
confundieron a un niño con un coetáneo);
mi
padre murió en el 59,
mi
madre está viva.
Todavía
lloro, cada vez que pienso
en
mi hermano Guido,
un
partisano asesinado por otros partisanos, comunistas
(pertenecía
al Partido de Acción, pero porque yo se lo consejé:
él
había empezado la Resistencia como comunista),
en
los montes, malditos, de una frontera
desierta
con leves colinas grises y cumbres prealpinas desconsoladas.
En
cuanto a la poesía, empecé a los siete años:
pero
no era precoz sino en la voluntad.
He
sido un “poeta de siete años”
-como
Rimbaud- pero solo en la vida.
Ahora,
en un pueblo entre el mar y la montaña
donde
se desatan fuertes temporales, en invierno llueve intensamente,
en
febrero las montañas se divisan claras como el cristal
apenas
más allá de las ramas desnudas, y luego nacen las prímulas
inodoras
en las zanjas, y en verano las parcelas, minúsculas, de maíz
intercaladas
con las verdescuras de alfalfa
se
recortan contra el cielo difuminado
como
un paisaje misteriosamente oriental –
ahora,
en aquel pueblo,
hay
un arquibanco lleno de manuscritos de uno los tantos chicos poetas.
Los
más importante en mi vida ha sido mi madre
-se
le ha sumado, sólo ahora, Ninetto.
En
el 42, en una ciudad en la que mi país es tan él mismo
que
parece un país de ensueño, con la gran poesía de lo
no-poético,
rebosante
de campesino y pequeñas industrias,
mucho
bienestar,
buen
vino, buena comida,
gente
educada y tosca, algo vulgar pero sensible,
en
aquella ciudad publiqué mi primer librito de versos,
bajo
el título, conformista por entonces, de “Poemas en Casarsa”,
dedicado,
por conformismo, a mi padre,
que
lo recibió en Kenia.
Estaba
prisionero allí, víctima ignorante y complaciente
de
la guerra fascista.
Le
produjo un placer inmenso recibirlo, lo sé:
éramos
grandes enemigos,
pero
nuestra enemistad formaba parte del destino, estaba más allá
de nosotros.
Y
la prueba de nuestro odio, prueba irrefutable,
Prueba
para una investigación científica que no falla
-que
no puede fallar-
¡aquel
libro dedicado a él
Estaba
escrito en dialecto friulano!
¡El
dialecto de mi madre!
El
dialecto de un mundo
pequeño,
que él sólo podía despreciar
-o
aceptar, en todo caso, con la paciencia de un padre…
Y
esto por una contradicción previa:
¡otra
de aquellas que no pueden engañar a los especialistas!
Allá
donde se hablaba aquel dialecto, él se había enamorado.
Enamorado
de mi madre.
Así,
por ella, ese mundo pequeño, inferior,
Campesino,
casi negro, que él despreciaba,
lo
había convertido en un esclavo:
pero
esta vez él tampoco lo sabía.
No
sabía que su amo era ese amor
que
a través de una mujer niña (¡mi madre!),
bella,
de cuello hermoso y un alma demasiado inocente
de
ángel incapaz de vivir fuera de un pueblo, o del campo,
había
frustrado todas sus certezas morales
de
hombre mísero hecho para ser él, el amo.
Por
lo que aquel dialecto
resultó
ser una cosa diabólica.
Era
el centro de miles de contradicciones más.
Siendo
la más acuciante de ellas la que no podía ser aceptada:
(porque)
había sido consagrada por la imprenta
y
las páginas candorosas de un libro de poesía
cuyo
Autor era el hijo de veinte años.
De
modo que ni siquiera resultaba posible comenzar el análisis,
dado
que no eran admisibles
semejantes
contradicciones: que fueron como nubes negras
con
truenos atroces, índice de derrota absoluta y de muerte,
en
el trasfondo del luminoso horizonte del orgullo de un padre prisionero.
Pues
bien, al finalizar la guerra
regresó
a Italia, con aquel librito de versos friulanos
en
la maleta.
Reliquia
sagrada, recuerdo de familia, declaración de grandeza
incluso
futura.
Debo
agregar que mi padre aprobaba el fascismo.
(Y
he aquí la segunda contradicción, la pública:
el
fascismo no toleraba los dialectos, signos
de
la unidad truncada de este país en el que nací,
realidades
inadmisibles y vergonzosas para el corazón de los nacionalistas.)
Por
eso no hubo reseñas de mi libro en las revistas oficiales.
Y
Gianfranco Contini tuvo que enviar su crítica
(la
mayor alegría literaria de mi vida)
a
un periódico de Lugano.
Con
el final del fascismo comenzó el final de mi padre.
Lo
del fascismo es una excusa, con la que también justifico mi odio,
injusto,
hacia ese pobre hombre: debo empero confesar que es un odio
horriblemente
mezclado con compasión.
Ahora
que tengo inmerecidamente cuarenta y cuatro años,
casi
la edad que tenía él en la época de mis primeras poesías,
le
veo fuera de mi historia,
en
un episodio que me es totalmente ajeno,
y
en el que soy un héroe objetivo culpable.
Porque
debo recordar
que,
junto con el amor inicial por mi madre
ha
habido también un amor por él: y de los sentidos.
Debo
recordar mis pasitos de niño de tres años,
en
una ciudad miserablemente perdida entre los montes,
con
un aire ya algo austriaco,
casi
en los manantiales de un río con nombre de museo y de guerra
y
de miseria,
un
río celeste entre gravas extensas al pie de las montañas,
mis
pasitos a la vera de una carretera
azotada
por un sol que no era de mi vida
sino
de la de mis padres,
hacia
el arcén donde mi padre, hombre joven,
orinaba…
Debo
agregar aún, para terminar esta historia
-muy
irregular en el conjunto de mi poema-
que
esos versos friulanos son mis versos más bellos
(junto
con los que escribí hasta los veintitrés o veinticuatro años,
publicados
más tarde bajo el título “La mejor juventud”,
y
junto con los versos italianos de la misma época,
nacidos
de aquella honda elegía friulana
de
masoquista, exhibicionista y masturbador,
entre
las moreras y los viñedos vistos por el ojo más puro del
mundo;
esos
versos se llaman “El Ruiseñor de la Iglesia Católica”,
y
su falsete suena aún como una música sutil
y
atroz que, desde allá abajo, me encanta y me atrae).
No
puedo deciros nada más
acerca
de estancia en aquel pueblo de temporales y prímulas,
un
destello de Oriente en la frontera pequeño-burguesa con Austria:
quizá
se encarguen de esto los periodistas fascistas italianos,
o
simplemente anticomunistas.
Huí
con mi madre y una maleta y algunas joyas que resultaron ser falsas,
en
un tren lento como un mercancías,
por
la llanura friulana cubierta con un manto de nieve delgado y duro.
Íbamos
hacia Roma.
Habíamos
abandonado a mi padre
junto
a una estufita de pobres,
con
su viejo abrigo militar
sus
iras horribles de cirrótico y sus síndromes paranoicos.
He
vivido (…)
esa
página de la novela, la única de mi vida:
por
lo demás
siempre
he vivido dentro de una lírica, como todo obseso.
Entre
mis manuscritos llevaba también mi primera novela:
era
la época de “Ladrones de bicicletas”
y
los literatos estaban descubriendo Italia.
(Ahora
yo ya no soy un literato,
evito
a los demás, no tengo nada que ver
con
sus premios y sus prensas.)
Llegamos
a Roma,
ayudados
por un lindo tío,
que
me dio un poco de su sangre:
yo
vivía como puede vivir un condenado a muerte
siempre
con esa inquietud como una cruz,
-deshonra,
paro, miseria-.
Mi
madre tuvo que rebajarse a trabajar de criada por un tiempo.
Y
ya nunca me curaré de este mal.
Porque
soy un pequeño-burgues y no sé sonreír…
como
Mozart…
En
una película -que titulé “Pajarracos y pajaritos”-
intenté,
es cierto, la ópera bufa, la ambición suprema de un escritor,
pero
sólo lo conseguí a medias,
porque
soy un pequeñoburgués
y
tiendo a dramatizarlo todo.
¿Cómo
me hice marxista?
Pues
bien… andaba yo entre florecitas cándidas y azuladas de primavera,
esas
que nacen enseguida después de las prímulas,
-y
poco antes de que las acacias se cubran de flores,
fragantes
como carne humana, que se descompone al calor sublime
de
la estación más bella-
y
escribía a la orilla de pequeños estanques
que
allá, en el pueblo de mi madre, con uno de esos nombres
intraducibles,
llaman “fondas”,
con
los chicos, hijos de campesinos,
que
se bañaban inocentes
(porque
eran impasibles ante sus vidas
mientras
yo los creía conscientes de lo que eran),
escribía
los poemas del “Ruiseñor de la Iglesia Católica”:
esto
ocurría en el 43:
en
el 45 todo fue diferente.
Esos
hijos de campesinos, ya algo crecidos,
se
ataron un día el pañuelo rojo al cuello
y
marcharon
hacia
la casa del gobierno del cantón, de puertas
y
palacetes venecianos.
Así
fue como supe que eran peones,
y
que por lo tanto había patronos.
Me
puse del lado de los peones, y leí a Marx.
[…]
¡Tu
espiritualismo es grande, América!
Pero
será mayor aún cuando su inocencia sea refutada.
Amo
a Ginsberg:
hacía
mucho que no leía poesías de un poeta hermano-
creo
que desde la época en el pueblo de temporales y prímulas,
cuando
leí los cantos griegos de Tommaseo y a Machado.
Ningún
artista, en ningún país, es libre.
Es
contestación viviente.
A
Pound lo encarcelaron como a Siniavsky y a Daniel,
y
el señor Lennon ha escandalizado a todos, creo que hasta a los rusos.
[…]
En
cuanto a mí,
a
un inocente no se le cree nunca
y
él, por otra parte, está demasiado ocupado pensando
en
un río celeste entre las gravas extensas al pie de las montañas,
que
corre bajo el sol de sus padres,
en
otras vidas,
en
vidas interpretadas de otro modo,
en
otro significado de la vida,
que
tampoco es el de los sueños,
si
nuestra vida no es más que una sombra
sobre
nuestra verdadera vida que no conocemos.)
En
Roma, desde el 50 hasta hoy, Agosto de 1966,
no
he hecho más que sufrir y trabajar vorazmente.
He
enseñado, después de aquel año de paro y agonía,
en
una escuelita privada por veintisiete dólares al mes:
entre
tanto mi padre
nos
había alcanzado
y
nunca hablamos de nuestra fuga, la de mi madre y la mía.
Fue
un hecho normal, un traslado en dos etapas.
Vivimos
en una casa sin techo y sin revoque,
una
casa de pobres, en el último arrabal, cerca de una prisión.
En
verano había un manto de polvo, y un pantano en invierno.
Pero
era Italia, una Italia desnuda y alborotada,
con
sus chicos, sus mujeres,
sus
“olores a jazmín y a sopas pobres”,
los
atardeceres sobre los campos del Aniene, las parvas de basura:
y,
en cuanto a mí,
mis
sueños íntegros de poesía.
Todo,
en la poesía, podía encontrar una solución.
Era
como si Italia, su descripción y su destino,
dependieran
de lo que yo escribía,
en
aquellos versos imbuidos de realidad inmediata,
ya
nada nostálgica, como si la hubiese conquistado con mi sudor.
<Por
cierto, qué importante es, aun en el sentido más miserable,
una
situación económica:>
no
importaba que fuera rico en cultura y amor,
importaba
mucho más que yo, ciertos días,
no
tuviera siquiera cien liras para un afeitado:
mi
situación económica, aunque inestable y disparatada,
era
por entonces, en distintos aspectos,
similar
a la de la gente entre la que vivía:
en
esto éramos verdaderos hermanos, o por lo menos iguales.
Por
eso, creo, pude comprenderlos muy bien.
Y
para comprender mis novelas intraducibles,
leed
el prólogo de Oscar Lewis a su novela grabada:
de
eso se trata.
[…]
También
la burguesía italiana puede, pues, ser racista.
Todavía
no había tenido la oportunidad,
la
primera ocasión mínima,
mis
novelas,
la
sublevaron.
Sentí
lo que puede sentir un negro en Chicago:
el
terror.
Pero
yo olvido pronto,
y
todos los terrores
se
transforman en una cosa
encima
de mí y en mi cuerpo: una cosa especial, esa cosa,
y
así, la he apartado y sufrido en mis entrañas:
me
ha salido una úlcera,
de
la que seguramente tarde o temprano moriré.
¡Qué
golpe terrible para el sueño interrumpido de mi juventud!
La
burguesía italiana que me rodea es una caterva de asesinos.
Y
desde luego no espero mejor recibimiento de la burguesía americana.
En
el mundo del capital la vida es una apuesta
a
ganar o perder:
es
la condición humana del laicismo burgués.
El
que se expone, o se confiesa, o no teme el ridículo,
acaba
mal: es la ley.
Querido
americanos, no pacifistas y no espiritualistas,
es
decir, enorme mayoría bienpensante,
vuestro
Dios es un idiota,
como
todo ciudadano medio
que
desea con todas sus fuerzas y de todo corazón
ser
como todos los demás:
y,
por este amor ciego a la igualdad, la odia.
¿Quién
de vosotros lloró
por
el chico griego condenado a muerte
por
objeción de conciencia?
Haced
un breve examen de conciencia:
quien
no derramó estas lágrimas es un cerdo.
Pero
yo sólo estoy haciendo un poema
bio-bibliográfico,
volvamos al tema:
“Ragazzi
di vita” y “Una vita violenta”
son
los títulos de esas dos novelas mías
que
generado el odio racista italiano.
Fueron
escritas en plenos años cincuenta.
Mientras
que los títulos de mis libros de poemas,
de
esa misma época, son:
“Las
cenizas de Gramsci”,
“La
religión de mi tiempo”,
“Poesía
en forma de rosa”.
Fue
en este último donde algo se rompió:
quizá
era la presencia, que yo aun no advertía directamente,
de
la nueva izquierda americana, <y el obrar lejano de Ginsberg.
Abjuré
falsamente del compromiso con ella,
pero
porque sé que el compromiso es inderogable,
y
hoy más que nunca.>
Y
hoy os diré que no hay sólo que comprometerse con la escritura,
sino
con la vida:
hay
que resistir en el escándalo
y
en la rabia, más que nunca,
ingenuos
como cabritos en el matadero,
enajenados
como víctimas, precisamente:
hay
que clamar más fuerte que nunca el desprecio
contra
la burguesía, gritar contra su vulgaridad,
escupir
contra la irrealidad que aquella ha elegido como realidad,
no
ceder ni en un acto ni en una palabra
en
el odio absoluto contra ellas sus policías,
sus
jueces, sus televisiones, sus periódicos:
y
aquí
yo,
pequeñoburgués que lo dramatiza todo,
tan
bien educado por una madre de dulce y tímida alma
de
la moral campesina,
quisiera
hacer un elogio
de
la inmundicia, la miseria, la droga y el suicidio:
yo,
poeta marxista privilegiado,
que
posee instrumentos y armas ideológicas para combatir,
y
suficiente moralismo para condenar el puro acto de escándalo,
yo,
hondamente respetable,
pronuncio
este elogio, porque la droga, el asco, la rabia
y
el suicidio
son,
junto con la religión, la única esperanza que queda:
contestación
pura y acción,
con
la que se mide la enorme sinrazón del mundo.
No
es necesario que una víctima sepa y hable.
Más
tarde, en los 60, rodé mi primera película que,
como
he dicho, se titula “Accattone”.
¿Por
qué me pasé de la literatura al cine?
De
las preguntas previsibles de una entrevista,
ésta
es inevitable, y lo ha sido.
Respondía
siempre que lo hice para cambiar de técnica,
que
necesitaba una técnica nueva para decir una cosa nueva,
o
bien, al contrario, que siempre decía lo mismo y que por eso
tenía
que cambiar de técnica: según las variantes de mi obsesión.
Pero
no era del todo sincero al responder así:
la
verdad se encontraba en lo que había hecho hasta entonces.
Después
me di cuenta
de
que no se trataba de una técnica literaria,
perteneciente
a la misma lengua con la que se escribe,
sino
que era ella misma una lengua…
Entonces
confesé las razones oscuras
que
presidieron mi elección:
¡cuántas
veces, rabiosa e intempestivamente,
declaré
querer renunciar a la ciudadanía italiana!
Pues
bien, al abandonar la lengua italiana, y con ella,
poco
a poco, la literatura,
yo
renunciaba a mi nacionalidad.
Decía
no a mis orígenes pequeñoburgueses,
huía
de todo lo que era italiano,
protestaba,
ingenuamente, y escenificaba una abjuración
que,
al humillarme y castrarme,
me
exaltaba. Pero no era del todo
sincero
aún.
Puesto
que el cine no sólo es una experiencia lingüística,
sino
que, al serlo, es una experiencia filosófica.
Andaba
yo un día, como un pez fuera de la red,
en
el aire seco,
por
los alrededores de un promontorio desierto de almas, enfermo
en
el azur,
y
ahora os diré lo que me sucedió y cómo realmente ocurrieron
las cosas.
Iba
aquel día por un carretera seca,
con
las manos y el cerebro igualmente secos – os diré
que
sólo el vientre estaba vivo, como aquel promontorio en el inútil
azor.
Todos
los mitos se habían desmoronado y disgregado, pero al menos en el
promontorio
alguien
vivía.
En
suma: impulsado por el vientre palpitante y mi miopía,
conduje
en el sol seco,
sobre
un poco de asfalto,
entre
algunos matorrales de otoño aún estivales,
hasta
un caserío solitario al sol,
con
dibujos vivaces de viejas paredes, y viejas estacas, y viejas
redes,
y viejas tranqueras, azul y blanco
-estamos
en Italia- donde el sol mezclado con la lluvia hedía dulcemente.
Allá
dentro había un muchacho torvo, con un delantal (creo recordar),
el pelo
denso
de mujer,
la
piel pálida y estirada, una cierta inocencia loca en los ojos,
de
santo obstinado, que se quiere igual a su buena madre.
<En
fin –lo noté enseguida- un pobre obseso
al
que la ignorancia daba tradicionales seguridades,
y
transformaba su cadavérica neurosis en rigor
de
hijo obediente identificado con los ancestros.>
Cómo
te llamas, qué haces, vas a bailar, tienes novia,
ganas
bastante,
fueron
los pretextos con lo que me retracté del primer arrebato
de
la vieja líbido canicular como un pez curado,
tomando
una Coca-Cola.
Vosotros
habéis visto mi Evangelio.
Habéis
visto los rostros de mi Evangelio.
No
podía equivocarme, porque a veces, cuando se rueda,
las
decisiones hay que tomarlas en pocos minutos:
no
me he equivocado nunca con los rostros,
con
los rostros <…>
porque
mi lujuria y mi timidez
me
han obligado a conocer bien a mis semejantes.
A
él también lo conocí de inmediato,
el
miserable endemoniado del caserío asediaso por el sol.
El
invierno venía
a
combatir el sol superviviente <…> a las aventuras,
y
el invierno venía,
y
estaba allí en su rostro,
con
sus tinieblas y sus casas silenciosas, su (…) castidad.
Me
retiré.
Pero
no a tiempo para que él no sintiera, como una mujer,
el
terror por el padre no semejante a los padres
que
habían constituido el mundo para su obediencia.
Pues
bien, primero no sé que modesta autoridad
de
aquel promontorio abandonado por los hombres y asaltado
por
los burgueses <llegados> de Roma, idiotas y consagrados a la norma,
le
creyó.
Luego
le creyó no sé que coronel
de
cara aplastada por un destino tristemente mundano.
Le
creyó un juez instructor
que
tenía en los ojos la misma expresión
de
macho cabrío blanco que la de los palacetes estilo 1900 de aquella
absurda aldea
en
la que trabajaba.
Le
creyó finalmente el Presidente del tribunal,
que
me condenó,
aunque
sólo a veinte o treinta días, formales.
El
chico con palidez de santo había contado
que,
aquel día de sol, había entrado en su tienda
un
maleante con un sombrero negro,
se
había puesto unos guantes negros,
había
cargado un revólver con una bala de oro,
le
había intimado a rendirse
y
había sacado de la caja unos tres dólares.
Que
después, al irse, le había amenazado,
Ya
que él, el agredido, había agarrado un cuchillo para defenderse.
Os
he contado esto
En
un estilo no poético
para
que tú no me leyeras como se lee a un poeta.
En
Italia también existía un tal Salvatore Pagliuca,
senador
de no sé qué partido,
vivía
por allá, en el Sur de Levi, entre pueblos
que
se secan al sol de aluviones,
donde
crecen olivos espléndidos
y
espléndidas ginestas.
En
ayunas de olivos y ginestas,
como
yo de su existencia,
este
señor Salvatore Pagliuca
vio
mi película Accattone, y oyó
que
un moro de dientes brillantes, como un lobo feroz
de
coz preciosa,
se
llamaba Salvatore Pagliuco.
Se
consideró ofendido, me presentó una querella, ganó
el juicio
y
obtuvo varios millones por daños.
Te
he contado esto
En
un estilo no poético
para
que no me leyeras como se lee a un poeta.
Un
día de principios de los años sesenta
(la
época en que todo esto aconteció),
entregué
a un reyezuelo del cine llamado Amato, y a su compadre Amoroso,
un
guión con el título agreste de: “Ricotta”.
Puede
que hayáis visto mi película
en
el festival de Nueva York, hace algunos años.
En
aquel guión,
escrito
a la manera de un escritor,
había
algunas palabras descomedidas,
y
escasa amabilidad con la religión de la burguesía católica
de mi país.
Por
una de las múltiples razones que tú, crítico cinematográfico,
bien conoces,
la
película naufragó, Amato murió,
y
Amoroso
me
llevó a juicio
acusando
a mi guión,
escabroso
para el público medio,
de
haberle impedido realizar su película.
Sería
como si el señor Crawther
entregara
al señor Levin, a petición del propio Levin,
un
manuscrito demasiado enternecedor, idóneo sólo para colegialas,
y
el señor Levin, considerándolo mediocre,
por
razones personales,
le
llevara a juicio porque el excesivo candor
del
guión de Crawther, del dulce Crawther,
le
ha impedido hacer la película deseada.
Perdí
también este juicio y no sé cuántos millones
tendré
que desembolsar a ese encantador señor Loving,
arruinado
por mi primera versión
de
un guión inadecuado para un italiano medio.
Esto
también te lo he contado
En
un estilo no poético
para
que no me leyeras como se lee a un poeta.
Así
decayó la estima por la poesía, típica
de
las infancias que creen en la eternidad; ilusión
que
no borra los nacionalismos, inconscientemente, creyendo
(con
pasión infantil) en lo absoluto
de
la lengua de una nación; en su uso de canto o de música
(algo
totalmente absurdo
una
vez pasada la frontera); ilusión
que
tampoco entierra la lógica y el clasicismo
(un
miserable filólogo puede reconstruir entre una palabra y otra
-aisladas
y arrumbadas en el silencio- el discurso cortado,
un
pobre discurso
sin
ideas, sin más religión que la del culto,
muy
poco religioso por lo demás, de la poesía en la literatura).
Pero
no sólo decayó
la
consideración por esta poesía
que
pertenece a la pequeña historia de mi tiempo
(en
el que estoy atrapado,
sin
poder rescatar un solo rostro, ni siquiera el más extraño,
ni
un solo libro, ni el más olvidado);
sino
por la poesía misma. No es ella pues la que cuenta, nunca.
Al
menos si es concebida como poesía.
La
lengua de la acción, de la vida que se representa,
¡es
tan infinitamente mucho más fascinante!
Es
ella la que se reconstituye –recién cerrado-
a
partir de un libro de poesía: ella es antes y después:
en
el medio hay un vehículo expresivo
que
la evoca, eso es todo. Obra de hechiceros.
Sólo
el amor por esta lengua del no-yo que se expresa
con
el mismo derecho, con la misma fuerza que el yo,
le
otorga al poeta
la
habilidad.
Pero
la profesión de poeta en cuanto tal
es
cada vez más insignificante. ¿Es realmente necesario
introducir
esa lengua viva en una lengua convencional,
para
que después se libere y vuelva a ser la que es, lengua viva, en
el lector?
¿No
sabe éste dialogar con la realidad?
¿Consiste
el humilde valor del poeta
en
volver a evocarla tal como la ve? ¿Pero es serio eso?
¿Por
qué no la contempla en silencio,
-santo,
y no literato?
Sin
embargo, ¿qué hacen
los
jóvenes en las noches
de
sus ciudades de provincia,
o
incluso en las grandes capitales,
sino
hablar de literatura?
¿Con
sus pasos sofisticados por las calles apenas descubiertas,
saturadas
de significados secretos y de historia?
¿Descubriendo
a los escritores, como a las putas o los misterios
de
un barrio, o las costumbres de una vida social
que
ya es de ellos, aunque todavía pertenezca a sus padres
(que
por eso preparan una guerra para mandarlos a morir)?
Mientras
me interrogo
a
la luz del sol de Agosto de un Manhattan desierto (como os decía),
descubro
que
yo
(que sólo a través de la literatura he podido ser poeta)
ya
no soy un literato.
Me
toca en suerte
evocar
leves colinas sobre un río
de
aguas azules muy transparentes sobre cantos pequeños,
entre
gravas como osarios, primero por los arrecifes,
tristemente
verdes, después entre viñedos
(locos
en verano, de húmedo, difuminado silencio casi oriental)
de
las colinas,
y
por último entre los campos labrados cuyo olor
desencadena,
en dos ojos salvajes
y
en un vientre salvajemente puro, el desfallecimiento que atenaza
y
da ganas de morir.
En
esas míseras colinas –verdaderos cementerios, sin flores-
se
luchó contra los fascistas y los Alemanes, y mi hermano,
como
os he dicho, dejó allí sus diecinueve años,
como
un halcón que apenas sabía volar, y lo hacía tan bien.
Eso
que vosotros, con un esbozo de sonrisa irónica pero antipática
(que
os demuda el rostro falsamente seguro, de enfermos),
llamáis,
con exagerado énfasis, el “compromiso”,
ha
vivido, durante casi quince años,
como
parásito de la gloria y del dolor de esos cementerios.
Es
decir, no ha existido.
Es
ahora cuando comienza a existir.
Ahora
que esos cementerios sin flores
han
florecido también.
<Hasta
mi amigo Moravia tiene miedo,
quizá
por temor a la impopularidad,
cuando
no quiere comprender esto. Y como él,
y
mucho peor que él (que misteriosamente se empecina
en
su imperturbable voluntad por comprender) todos los demás
que
en Italia
tienen
nombre y función de “literatos”.>
Todos
reniegan de ese compromiso con la tácita,
neurótica
voluntad de adularos: algunos con contrición,
otros
sacando pecho como un puta.
Yo
no quiero volver a esas colinas,
ni
como turista ni como visitante de tumbas, que quede claro.
Yo
también, yo también las he olvidado.
¡Y
con razón! En su acción y en la ideología
que
la dictaba, como una forma de catecismo sublime,
viví
mi rebelión de joven.
Quizá
también adquirí allí
hábitos
indelebles
de
moralismo y dignidad.
Pero
no volveré a esos lugares, que existen pero <no se ven>:
…
Llegados
a este punto, <¡halt!> No quiero conmoverme con mis razones
es
decir, con el hecho
de
que no sólo el “compromiso”
no
ha terminado, sino que, por el contrario, comienza.
Nunca
Italia fue tan odiosa.
Sobre
todo por la traición de los intelectuales,
por
este revisionismo del Partido Comunista, lobo
que
esta vez es realmente cordero – el <compañero>
Longo
en el Spiegel tenía la cara obsequiosa del literato
que
simula desesperadamente ser actual,
enterrando
así toda violencia palingenésica del comunismo:
sí,
también el comunista es burgués.
Esta
ya es la forma racial de la humanidad.)
Puede
que luchar contra todo esto
no
signifique escribir como comprometidos,
sino
vivir.
En
cuanto a mis obras futuras, …
verás
a un joven llegar un día
a
una casa hermosa
donde
un padre, una madre, un hijo y una hija
viven
como ricos, en un estado que desconoce la autocrítica,
casi
como si fuera un todo, la vida pura y simple;
hay
también una criada (de algún pueblo subproletario); llega,
el
joven,
hermoso
como un americano,
y
enseguida la primera, la criada, se enamora de él
y
se levanta las faldas. Él le ofrenda la dulce,
pesada
rabia de su miembro. Después se enamora
de
él el hijo; los dos duermen en la misma habitación
del
chico, con los vestigios de su infancia; y al hijo también
él
le ofrenda su sedoso miembro, más adulto y vigoroso;
y
el mismo don, complaciente y generoso,
porque
él es el que da, se lo concederá a la madre,
adoradora
de su ropa, los pantalones, la camiseta
y
los calzoncillos, abandonados en un chalet
un
caluroso día de verano, junto al Tirreno;
y
también concederá el mismo don al padre, convirtiéndose
en
padre del padre – pues éste, con ambigua dulzura maternal,
es
padre sólo de nombre -
al
padre despertado al alba
por
un dolor en el éstomago que le dobla,
que
descubre, al levantarse para ir al baño,
la
belleza muda de las cuatro de la mañana
con
un sol ya radiante… y descubrirá su amor
con
el mismo asombro
con
el que ha descubierto ese sol:
un
amor como el de Iván Ilitch por su criado
campesino
y joven; pero consciente, y dramático,
porque
él, el viejo industrial con la cara
de
Orson Welles, es un pequeñoburgués, y lo dramatiza todo.
El
mismo don del miembro, en las horas
de
la enfermedad del padre –y antes que al padre-
se
lo concederá a la hija de catorce años, enamorada
de
su padre, y que descubre al joven todo amor
a
través de los ojos enamorados del padre, precisamente. Después
el
joven se va:
la
calle por la que desaparece
queda
desierta para siempre.
Y
cada uno, en la espera, en el recuerdo,
como
apóstoles de un Cristo no crucificado mas perdido,
tiene
su destino.
Es
un teorema:
y
cada destino es una consecuencia.
Ya
conoces esos destinos,
son
los del mundo donde tú, con tu antipática
sonrisa
anticomunista, y yo con mi odio infantil
antiburgués,
somos hermanos:
¡los
conocemos a la perfección!
Sabemos
cómo llega una neurosis de ansiedad
y
cómo una pequeña víctima femenina de catorce años
acaba
en la cama de un hospital,
con
los puños tan apretados que ni siquiera un escalpelo
podría
abrirlos,
cómo
un chico habla solo como un loco,
pintando
e inventando nuevas técnicas,
hasta
convertirse
en
un Giacometti o un Bacon,
con
el espectáculo de sus espectros figurativos
símbolos
de la tragedia del mundo en una alma enferma,
que
apesta al mezquino rencor del mal; cómo
una
mujer de mediana edad, hermosa aún, y cuidada,
no
sabe olvidar al Cristo de la Iglesia,
y
al mismo tiempo, una vez perdida,
no
sabe resistirse al deseo de perderse todavía más,
y
vive así entre chicos de la vida y angustias cristianas;
y
por último, cómo un padre
que
había confundido la vida con la posesión,
una
vez poseído,
pierde
la vida, la arroja: es decir, regala su posesión
-una
fábrica en los suburbios de la gran ciudad-
a
sus operarios; y se pierde en el desierto,
como
los Hebreos.
Casos
de conciencia, todos ellos.
La
criada, en cambio, se convierte en una santa loca,
llega
al patio de su vieja barraca,
calla,
reza y hace milagros,
cura
a la gente,
sólo
se alimenta de ortigas hasta que el pelo se le pone verde,
y
al final, para morir,
se
hace enterrar, llorando, por una excavadora,
y
sus lágrimas, brotando del barro,
se
convierten en una fuente milagrosa.
Antes
que el Padre y la Madre,
en
el paraíso terrestre, había un Primer Padre,
en
cuya intimidad vivimos primero.
Pero
después lo importante fue el amor de la madre
con
el que nos hemos identificado
porque
no podemos vivir
sin
identificarnos con alguien. No podemos, por tanto,
concebir
un amor que no tenga la dulzura maternal.
Ese
primer Padre tiene pues dulzura de Madre.
Pero
en una familia burguesa
él
sólo es capaz
de
desencadenar dramas morales.
La
religión, la religión de la relación directa con Dios,
pertenece
aún al mundo anterior al de la burguesía.
Los
trabajadores observan.
…
No
te diré, amigo, lo que en estásimos y episodios,
y
coros en lugar de fundidos,
escribiré
sobre el silencio de Pílades
que
se tornará rebelión,
y
traición,
contra
el amigo de la adolescencia, de miembro erecto,
Orestes,
el príncipe socialista,
y
la decadencia de algunas Furias purificadas
y
recluidas en los montes festivos del cielo y en el cielo perdidos:
el
retorno de estas Furias retrocedidas al estado primigenio
en
la ciudad liberada, con ellas, de la monarquía;
la
regresión de Electra,
ella,
hija que amó al padre Rey, y ahora es fascista como
se
es fascista en la oscura añoranza de orígenes perdidos;
la
fuga de Pílades hacia los montes de las Furias convertidas en Euménides,
las
diosas de los partisanos
y
del amor repentino que une a un partisano con otro partisano;
la
preparación de la lucha,
y
el regreso a la cabeza de un ejército irregular,
-el
misterioso ejército de los montes;
la
alianza entre Electra, fascista, y Orestes, liberal
y
promotor de reformas,
en
la ciudad que se ha vuelto opulenta;
la
intervención de Atenas
que
protege a Electra y Orestes, hijos de la razón,
y
los une, acallando el aullido
de
las antiguas Furias que deambulan por la nueva ciudad;
el
vacilar de Pílades
frente
a la ciudad enriquecida
que
ya no le necesita;
su
encuentro
la
víspera de la batalla
con
el viejo amigo de la adolescencia,
que
sigue siendo joven
y
hermoso como en los tiempos de sus primeros amores
cuando
las mujeres eran algo desconocido;
y
el modo en que se abandonan a sus discursos sobre el amor y el alma
que
nada tienen que ver con la realidad presente,
y
que los mancomunan;
y,
por último, la soledad de Pílades,
quien
al final de la noche,
antes
del alba, tendrá que tomar una decisión.
Además,
¿acaso crees tú
posible
tener un sueño, olvidarlo,
y
cambiar de vida a causa de él?
¿Crees
que un padre puede tener un sueño
en
el que se ve amando a su hijo,
no
sé bajo que apariencia,
si
la del propio padre de joven o la de un extraño
que
es el padre del padre (de joven)
o
la identificación de él mismo con su propia madre… Nadie,
ni
siquiera yo, conocerá jamás ese sueño.
Pero
al padre le cambiará la vida por completo.
¿Recuerdas
a Heracles
que
le pide al hijo que llame a todos sus compañeros
más
fuertes para que lo lleven a hombros
hasta
la cima del monte cercano a la ciudad,
el
monte de la ciudad
que
es meta de peregrinajes y aventuras de chicos,
como
sucede en los mundos preindustriales?
Y,
una vez llegados a la cima, ¿deberían el hijo y sus compañeros
prepararle
la hoguera
y
dejarle morir?
Entra
en ese sueño, si eres padre.
Tú,
padre, que, acaso inocentemente, eres cómplice
de
los padres
que
quieren librarse de los hijos
enviándolos
a morir en guerras que se combaten
en
los lugares de la Coartada, el extremo Oriente de la historia.
Aquí,
por una vez,
el
padre no quiere la muerte del hijo, sino su amor.
Es
él quien se vuelve hijo, y en el hijo, joven, quizás vea
al padre,
y
lo ama, no quiere darle muerte, sino ser matado por él,
no
quiere poseerlo, sino ser poseído por él.
Sí,
pero ese padre es un hombre burgués de nuestro mundo,
tiene
una fábrica a los pies de los montes de Crianza (festivos en el
cielo
y
en el cielo perdidos):
¿cómo
podrá aceptar las consecuencias de ese sueño
que
además ni siquiera recuerda?
Las
aceptará tergiversándolas. Sabiendo y no sabiendo.
Hará
que el hijo lo sorprenda desnudo sobre la madre.
Buscará
pretextos para golpear al hijo,
y,
por tanto, hacerse golpear.
Agredirá
al hijo
para
atraerlo a sí,
para
ser el centro de su vida.
Hasta
que el hijo, el leve hijo mozartiano,
pacifista
y objetor de conciencia, abandone
la
casa rica,
tras
escuchar una declaración de amor del padre delirante.
El
chico –te lo aseguro- no le odiará
(es
uno de esos chicos de hoy tan mejores que nosotros),
y,
si hubiese podido hacerlo,
le
habría dado al padre mendigo todo su oro,
le
habría poseído como el chico de pueblo posee,
por
pocos dólares, a aquél que no tiene la fuerza de ser hombre
y
le invoca entonces como un salvador…
Se
va, por los caminos del mundo,
con
una chica,
tan
sólo una puta, y un amigo:
nunca
se sabrá a quien está dirigido su amor,
aunque
él, ciertamente, infunde su oro
en
el vientre de la chica.
Llega
el padre, espía, le encuentra, corrompe a la chica,
observa
desde detrás de la puerta el amor de ellos,
descubre
lo que el hijo
posee
sin misterio, como cualquiera,
y
sin embargo, es en él horrible e insoportablemente misterioso.
El
padre ya no puede vivir después de haber visto ese amor,
entra
y golpea mortalmente al hijo,
que
sale llorando y despidiéndose de la vida,
de
la habitación de uno de los mil coitos de su vida.
Muere.
Y, sobre él, muerto, el padre se agacha para abrochar
el
pantalón abierto sobre el fulgor inmaculado de la camiseta.
Muchos
años después, el padre, como en las novelas por entregas,
concluye
el largo sueño de su vida
soñando
en un andén de una estación
como
en un verso de Ginsberg.
Eso
es.
Estas
son las obras que quisiera hacer,
que
son mi vida futura -pero también pasada-
y
presente.
Bien
sabes –te lo he dicho, viejo amigo, padre
algo
intimidado por el hijo, poderoso
huésped
alógeno de humildes orígenes-
que
nada vale más que la vida.
Por
eso yo sólo quisiera vivir,
aún
siendo poeta,
porque
la vida se expresa también por sí misma.
Quisiera
expresarme con ejemplos.
Arrojar
mi cuerpo a la lucha.
Pero
si las acciones de la vida son expresivas,
también
la expresión es acción.
No
esta expresión mía, de poeta derrotista
que
sólo dice cosas
y
usa la lengua igual que tú, pobre, directo instrumento,
sino
la expresión apartada de las cosas,
los
signos trocados en música,
la
poesía cantada y oscura,
que
no expresa nada más que a sí misma,
por
una bárbara y exquisita idea de que sea misterioso sonido
en
los pobres signos orales de una lengua.
Yo
les he dejado a mis coetáneos y a los más jóvenes
tan
bárbara y exquisita ilusión: y te hablo brutalmente.
Y
ya que no puedo volver atrás
y
fingirme un joven bárbaro
que
considera su lengua la única lengua del mundo,
y
en sus sílabas oye misterios de música
que
sólo sus compatriotas, semejantes a él por carácter
y
literaria locura, pueden oír
-
como poeta seré poeta de cosas.
Las
acciones de la vida sólo serán comunicadas,
y
serán ellas la poesía,
pues,
te repito, no hay más poesía que la acción real
(tú
tiemblas sólo cuando la encuentras
en
los versos o en la prosa,
cuando
se evocación es perfecta).
No
haré esto con alegría.
Siempre
anhelaré aquella poesía
que
es acción en sí misma, en su desapego de las cosas,
en
su música que no expresa nada
más
que su propia árida y sublime pasión por sí misma.
Pues
bien, antes de dejarte te confesaré
que
me gustaría ser escritor de música,
vivir
rodeado de instrumentos
en
la torre de Viterbo que no consigo comprar,
en
el paisaje más hermoso del mundo, donde Ariosto
habría
enloquecido de dicha al verse recreado con tanta
inocencia
por robles, colinas, aguas y barrancos;
y
allí componer música,
la
única acción expresiva
quizá,
alta e indefinible como las acciones de la realidad.
1966-67
Poeta
delle ceneri
.
Sono
uno
che
è nato in una città piena di portici nel 1922.
Ho
dunque quarantaquattro anni, che porto molto bene
(soltanto
ieri due o tre soldati, in un boschetto di puttane,
me
ne hanno attribuiti ventiquattro – poveri ragazzi
che
hanno preso un bambino per un loro coetaneo);
mio
padre è morto nel ’59,
mia
madre è viva.
Piango
ancora, ogni volta che ci penso,
su
mio fratello Guido,
un
partigiano ucciso da altri partigiani, comunisti
(era
del Partito d’Azione, ma su mio consiglio;
lui,
aveva cominciato la Resistenza come comunista),
sui
monti, maledetti, di un confine
disboscato
con piccoli colli grigi e sconsolate prealpi.
Quanto
alla poesia, ho cominciato a sette anni:
ma
non ero precoce se non nella volontà.
Sono
stato un poeta di sette anni
come
Rimbaud – ma solo nella vita.
Ora,
in un paese tra il mare e la montagna,
dove
scoppiano grandi temporali, d’inverno piove molto,
in
Febbraio si vedono le montagne chiare come il vetro,
appena
al di là dei rami umidi, e poi nascono le primule sui fossi
inodore,
e d’estate gli appezzamenti, piccoli, di granoturco
alternati
a quelli verdecupo dell’erba medica
si
disegnano contro il cielo sfumato
come
un paesaggio misteriosamente orientale –
ora,
in quel paese, c’è una cassapanca piena dei manoscritti di uno dei
tanti
ragazzi poeti.
La
cosa più importante della mia vita è stata mia madre
(le
si è aggiunto, solo ora, Ninetto).
Nel
’42 in una città dove il mio paese è così se stesso
da
sembrare un paese di sogno, con la grande poesia dell’impoeticità,
formicolante
di gente contadina e piccole industrie,
molto
benessere,
buon
vino, buona tavola,
gente
educata e grossolana, un po’ volgare ma sensibile,
in
quella città ho pubblicato il primo libriccino di versi,
col
titolo, per allora, conformista di «Poesie a Casarsa»,
dedicato,
per conformismo, a mio padre,
che
l’ha ricevuto nel Kenia,
–
era là prigioniero, vittima ignara e senza critica
della
guerra fascista.
Gli
ha fatto un immenso piacere, lo so, riceverlo:
eravamo
grandi nemici,
ma
la nostra inimicizia faceva parte del destino, era fuori di noi.
E
segno di quel nostro odio, segno ineluttabile,
segno
per un’indagine scientifica che non sbaglia,
-
che
non può sbagliare -
quel
libro dedicato a lui
era
scritto in dialetto friulano!
Il
dialetto di mia madre!
Il
dialetto di un mondo
piccolo,
ch’egli non poteva non disprezzare,
–
o comunque accettare con la pazienza di un padre...
E
ciò per una precedente contraddizione:
una
di quelle, ancora, che non possono tradire gli scienziati!
Là
dove si parlava quel dialetto, egli si era infatti innamorato.
Innamorato
di mia madre.
Così,
attraverso lei, il mondo piccolo, inferiore,
contadino,
quasi negro, ch’egli disprezzava
l’aveva
reso schiavo:
ma
anche stavolta, lui non lo sapeva.
Non
sapeva che il suo padrone era quell’amore
che
attraverso una donna bambina (mia madre!)
bella,
dalla bella gola, dall’anima troppo innocente
di
angelo inadatto a vivere fuori dai paesi, appunto, dai campi,
aveva
vanificato tutte le sue certezze morali
di
misero uomo fatto per essere lui, il padrone.
Così,
ora quel dialetto,
era
una cosa diabolica.
Era
il centro di mille altre contraddizioni.
Di
cui la più cocente consisteva nel fatto che non poteva essere ammessa:
«perché»
era consacrata dalla stampa
e
dalle candide pagine di un libro di poesia
di
cui il figlio ventenne era l’Autore.
Dunque
non poteva nemmeno cominciare l’esame,
dato
che non erano ammissibili,
di
quelle contraddizioni, che furono così come nubi nere,
spaventosi
tuoni, indice di totale sconfitta e di morte,
in
fondo all’orizzonte luminoso dell’orgoglio di un padre prigioniero.
Bene,
alla fine della guerra
è
tornato in Italia, con quel libretto di versi friulani nella valigia.
Cimelio
sacro, ricordo di famiglia, attestato di grandezza anche futura.
Devo
aggiungere che mio padre approvava il fascismo.
«E
qui c’è la seconda contraddizione, quella pubblica:
il
fascismo non tollerava i dialetti, segni
dell’irrealizzata
unità di questo paese dove sono nato,
inammissibili
e spudorate realtà nel cuore dei nazionalisti.»
Per
questo quel mio libro non fu recensito nelle riviste ufficiali.
E
Gianfranco Contini dovette inviare la sua recensione
(la
gioia letteraria, quella, più grande della mia vita)
ad
un giornale di Lugano.
Con
la fine del fascismo, cominciò la fine di mio padre.
Questo
del fascismo è un alibi, con cui pure giustifico il mio odio,
ingiusto,
per quel povero uomo: e devo dire tuttavia ch’è un odio,
orrendamente
misto a compassione.
Ora
che ho immeritatamente quarantaquattro anni,
circa
l’età che lui aveva al tempo delle mie prime poesie,
lo
vedo fuori dalla mia storia,
in
una vicenda che mi è totalmente estranea,
in
cui io sono un colpevole eroe oggettivo.
Perché
devo
ricordare
che,
col mio amore iniziale per mia madre,
c’è
stato un amore anche per lui: e dei sensi.
Devo
ricordare i miei passetti di ragazzino di tre anni,
in
una città perduta miseramente tra i monti,
dall’aria
già un po’ austriaca,
quasi
alle sorgenti di un fiume dal nome di museo e di guerra e di miseria,
un
fiume celeste fra grandi ghiaie pedemontane –
i
miei passetti lungo il ciglio di una strada
colpita
da un sole che non era della mia vita
ma
di quella dei miei genitori,
verso
il ciglio dove mio padre, uomo giovane,
stava
orinando...
Devo
aggiungere, ancora, per finire questa storia –
molto
irregolare nell’insieme del mio poema –
che
quei miei versi friulani sono i miei più belli
(insieme
a quelli scritti fino a ventitré, ventiquattro anni,
pubblicati
più tardi col titolo «La meglio gioventù»,
e
insieme anche ai coevi versi italiani,
nati
da quella profonda elegia friulana
di
autolesionista, esibizionista e masturbatore,
tra
i gelsi e le vigne viste con l’occhio più puro del mondo;
si
chiamano, quei versi, «L’Usignolo della Chiesa Cattolica»,
e
il loro falsetto è ancora una musica atroce
e
sottile che, da laggiù, mi affascina e mi attira indietro.
Non
posso dirvi altre cose
del
mio soggiorno
in
quel paese di temporali e primule,
un
po’ d’Oriente ai confini piccolo borghesi con l’Austria:
s’incaricheranno
magari dei giornalisti italiani fascisti
o
semplicemente anticomunisti.
Fuggii
con mia madre e una valigia e un po’ di gioie che risultarono false,
su
un treno lento come un merci
per
la pianura friulana coperta da un leggero e duro strato di neve.
Andavamo
verso Roma.
Avevamo
dunque, abbandonato mio padre
accanto
a una stufetta di poveri,
col
suo vecchio pastrano militare
e
le sue orrende furie di malato di cirrosi e sindromi paranoidee.
Ho
vissuto [...] quella pagina di romanzo, l’unica della mia vita:
per
il resto, che volete,
son
vissuto dentro una lirica, come ogni ossesso.
Avevo
tra i miei manoscritti anche il mio primo romanzo:
erano
quelli i tempi di «Ladri di biciclette»
e
i letterati stavano scoprendo l’Italia.
(Ora
io non sono più un letterato,
evito
gli altri, non ho niente a che fare
coi
loro premi e le loro stampe.)
Arrivammo
a Roma,
aiutati
da un mio dolce zio,
che
mi ha dato un po’ del suo sangue:
io
vivevo come può vivere un condannato a morte
sempre
con quel pensiero come una cosa addosso,
–
disonore, disoccupazione, miseria.
Mia
madre si ridusse per qualche tempo a fare la serva.
E
io non guarirò mai più di questo male.
Perché
io sono un piccolo borghese, e non so sorridere...
come
Mozart...
In
un film – che ho chiamato «Uccellacci e uccellini» –
ho
tentato è vero l’opera buffa, suprema ambizione di uno scrittore,
–
ma ci sono riuscito solo in parte,
perché
io sono un piccolo borghese
e
tendo a drammatizzare tutto.
Come
sono diventato marxista?
Ebbene...
andavo tra fiorellini candidi e azzurrini di primavera,
quelli
che nascono subito dopo le primule,
–
e poco prima che le acacie si carichino di fiori,
odorosi
come carne umana che si decompone al calore sublime
della
più bella stagione –
e
scrivevo sulle rive di piccoli stagni
che
laggiù, nel paese di mia madre, con uno di quei nomi
intraducibili
si dicono « fonde»,
coi
ragazzi figli dei contadini
che
facevano il loro bagno innocente
(perché
erano impassibili di fronte alla loro vita
mentre
io li credevo consapevoli di ciò che erano)
scrivevo
le poesie dell’«Usignolo della Chiesa Cattolica»:
questo
avveniva nel ’43:
nel
’45 fu tutt’un’altra cosa.
Quei
figli di contadini, divenuti un poco più grandi,
si
erano messi un giorno un fazzoletto rosso al collo
ed
erano marciati
verso
il centro mandamentale, con le sue porte
e
i suoi palazzetti veneziani.
Fu
così che io seppi ch’erano braccianti,
e
che dunque c’erano i padroni.
Fui
dalla parte dei braccianti, e lessi Marx.
[...]
Grande
è il tuo spiritualismo, America!
Ma
sarà ancora più grande quando sarà sfatata la sua
innocenza!
Io
amo Ginsberg:
era
tanto che non leggevo poesie di un poeta fratello –
credo
dai tempi, in quel paese di temporali e di primule,
in
cui ho letto i canti greci di Tommaseo, e Machado.
Nessun
artista in nessun paese è libero.
Egli
è una vivente contestazione.
Pound
va in prigione come Siniavskij e Daniel,
e
il Sig. Lennon ha scandalizzato tutti, credo anche i Russi.
[...]
Quanto
a me,
un
innocente non è mai creduto,
ed
egli del resto è troppo occupato a pensare
a
un fiume celeste tra grandi ghiaie pedemontane,
che
scorre nel sole dei suoi genitori,
in
altre vite,
in
vite interpretate in altro modo,
in
un significato diverso della vita,
che
non è neanche quello dei sogni,
se
la nostra vita non è che un’ombra
sulla
nostra vera vita che non conosciamo.
A
Roma, dal ’50 a oggi, Agosto del 1966,
non
ho fatto altro che soffrire e lavorare voracemente.
Ho
insegnato, dopo quell’anno di disoccupazione e fine della vita,
in
una scuoletta privata, a ventisette dollari al mese:
frattanto
mio padre
ci
aveva raggiunto
e
non parlammo mai della nostra fuga, mia e di mia madre.
Fu
un fatto normale, un trasferimento in due tempi.
Abitammo
in una casa senza tetto e senza intonaco,
una
casa di poveri, all’estrema periferia, vicino a un carcere.
C’era
un palmo di polvere d’estate, e la palude d’inverno.
Ma
era l’Italia, l’Italia nuda e formicolante,
coi
suoi ragazzi, le sue donne,
i
suoi «odori di gelsomini e povere minestre»,
i
tramonti sui campi dell’Aniene, i mucchi di spazzature:
e,
quanto a me,
i
miei sogni integri di poesia.
Tutto
poteva, nella poesia, avere una soluzione.
Mi
pareva che l’Italia, la sua descrizione e il suo destino,
dipendesse
da quello che io ne scrivevo,
in
quei versi intrisi di realtà immediata,
non
più nostalgica, quasi l’avessi guadagnata col mio sudore.
Certo,
quanto conta, anche nel senso più misero
una
condizione economica:
non
aveva peso il fatto ch’io fossi ricco di cultura e amore,
aveva
molto più peso il fatto che io, certi giorni,
non
spendessi nemmeno le cento lire per farmi radere la barba dal barbiere:
la
mia figura economica, benché instabile e folle,
era
in quel momento, per molti aspetti,
simile
a quella della gente tra cui abitavo:
in
questo eravamo proprio fratelli, o almeno pari.
Perciò,
credo, ho molto potuto capirli.
E
per capire i miei romanzi intraducibili,
leggete
la prefazione di Oscar Lewis al suo romanzo registrato:
si
tratta di quello.
Anche
la borghesia italiana può essere, dunque, razzista.
Non
ne ha avuto finora occasione,
la
prima occasione minima,
i
miei romanzi,
l’hanno
scatenato.
Ho
provato quello che può provare un negro a Chicago,
il
terrore.
Ma
io dimentico presto,
e
tutti i terrori
non
sono divenuti che una cosa
sopra
e addosso a me, una cosa speciale, quella cosa,
e
così l’ho accantonata e sofferta nelle viscere:
mi
si è aperta un’ulcera,
di
cui certamente prima o poi morirò.
Brutto
colpo per il sogno interrotto della mia giovinezza!
La
borghesia italiana intorno a me è una torma di assassini.
Non
spero certo migliore accoglienza dalla borghesia americana.
Nel
mondo del capitale la vita è una scommessa
da
vincere o da perdere:
è
la condizione umana del laicismo borghese.
Chi
si scopre, o si confessa, o non teme il ridicolo,
finisce
male: è la legge.
Cari
Americani, non pacifisti e non spiritualisti,
ossia
enorme maggioranza benpensante,
il
vostro Dio è un idiota
come
ogni cittadino medio
che
desidera con tutte le sue forze e con tutto il suo spirito
di
essere come tutti gli altri:
ed
è per questo suo amore folle per l’uguaglianza, che la odia.
Chi
di voi ha pianto
per
il ragazzo greco condannato a morte
per
obiezione di coscienza?
Fate
un breve esame di coscienza:
chi
non ha versato queste lacrime è un porco.
[...]
Ma
io non sto facendo che un poema
bio-bibliografico,
torniamo all’argomento:
«Ragazzi
di vita» e «Una vita violenta»
sono
i titoli di quei miei due romanzi
che
hanno spiato l’odio razzista italiano.
Scritti
nel cuore degli Anni Cinquanta.
Mentre
i titoli dei miei libri di versi,
scritti
in gestione contemporanea, sono:
«Le
ceneri di Gramsci»,
«La
religione del mio tempo»,
«Poesia
in forma di rosa».
È
in quest’ultimo che qualcosa si è rotto:
forse
era la presenza, ancora a me non direttamente nota,
della
nuova sinistra americana, e l’operare lontano di Ginsberg.
Vi
ho falsamente abiurato dall’impegno,
ma
perché so che l’impegno è inderogabile,
e
oggi più che mai.
E
oggi, vi dirò, che non solo bisogna impegnarsi nello scrivere,
ma
nel vivere:
bisogna
resistere nello scandalo
e
nella rabbia, più che mai,
ingenui
come bestie al macello,
torbidi
come vittime, appunto:
bisogna
dire più alto che mai il disprezzo
verso
la borghesia, urlare contro la sua volgarità,
sputare
sopra la sua irrealtà che essa ha eletto a realtà,
non
cedere in un atto e in una parola
nell’odio
totale contro di esse, le sue polizie,
le
sue magistrature, le sue televisioni, i suoi giornali:
e
qui
io,
piccolo borghese che drammatizza tutto,
così
bene educato da una madre nella dolce e timida anima
[...]
della morale contadina,
vorrei
tessere un elogio
della
sporcizia, della miseria, della droga e del suicidio:
io
privilegiato poeta marxista
che
ha strumenti e armi ideologiche per combattere,
e
abbastanza moralismo per condannare il puro atto di scandalo,
io,
profondamente perbene,
faccio
questo elogio, perché, la droga, lo schifo, la rabbia,
il
suicidio
sono,
con la religione, la sola speranza rimasta:
contestazione
pura e azione
su
cui si misura l’enorme torto del mondo [...].
Non
è necessario che una vittima sappia e parli.
Nel
’60 ho poi girato il mio primo film, che,
come
ho detto, s’intitola «Accattone».
Perché
sono passato dalla letteratura al cinema?
Questa
è, nelle domande prevedibili in un’intervista,
una
domanda inevitabile, e lo è stata.
Rispondevo
dunque ch’era per cambiare tecnica,
che
io avevo bisogno di una nuova tecnica per dire una cosa nuova,
o,
il contrario, che dicevo la stessa cosa, sempre, e perciò
dovevo
cambiare tecnica: secondo le varianti dell’ossessione.
Ma
ero solo in parte sincero nel dare questa risposta:
il
vero di essa era in quello che avevo fatto fino allora.
Poi
mi accorsi
che
non si trattava di una tecnica letteraria, quasi
appartenente
alla stessa lingua con cui si scrive:
ma
era, essa stessa una lingua...
E
allora dissi le ragioni oscure
che
presiedettero alla mia scelta:
quante
volte rabbiosamente e avventatamente
avevo
detto di voler rinunciare alla mia cittadinanza italiana!
Ebbene,
abbandonando la lingua italiana, e con essa,
un
po’ alla volta, la letteratura,
io
rinunciavo alla mia nazionalità.
Dicevo
no alle mie origini piccolo borghesi,
voltavo
le spalle a tutto ciò che fa italiano,
protestavo,
ingenuamente, inscenando un’abiura
che,
nel momento di umiliarmi e castrarmi,
mi
esaltava. Ma non ero del tutto
sincero,
ancora.
Poiché
il cinema non è solo un’esperienza linguistica,
ma,
proprio in quanto ricerca linguistica, è un’esperienza filosofica.
Un
giorno andavo, come un pesce fuori dalla rete,
nell’aria
secca
nei
dintorni di un promontorio vacante d’anime, malato
nell’azzurro,
e
ora vi dirò cosa mi successe e come realmente andarono le cose.
Andavo,
quel giorno, per una strada secca,
con
le mani altrettanto secche e così il cervello – vi dirò
che
solo il ventre era vivo, come quel promontorio nell’inutile azzurro.
Tutti
i miti erano crollati e decomposti ma almeno nel promontorio
qualcuno
viveva.
Insomma,
spinto dal ventre vivente e dalla mia miopia,
mi
pilotai nel sole secco,
su
un po’ d’asfalto,
tra
alcuni cespugliacci d’autunno ancora estivi,
contro
un casale solo al sole,
con
disegni vivaci di vecchie pareti e vecchi paletti e vecchie
reti
e vecchie stecconate, azzurro e bianco,
–
siamo in Italia – dove il sole misto alla pioggia dolcemente puzzava.
Là
dentro c’era un ragazzo torvo, col grembiule (credo di ricordare), i capelli
fitti
da donna,
la
pelle pallida e tirata, una certa folle innocenza negli occhi,
di
santo ostinato, di figlio che si vuole uguale alla buona madre.
In
pratica – lo vidi subito – un povero ossesso:
cui
l’ignoranza dava tradizionali sicurezze,
trasformando
la sua cadaverica nevrosi di rigore
d’obbediente
figlio identificato coi padri.
Come
ti chiami, che fai, vai a ballare, hai la ragazza,
guadagni
abbastanza,
furono
gli argomenti con cui retrocessi dal primo impeto
della
vecchia libidine della controra come un pesce seccato,
prendendo
la coca cola.
Voi
avete visto il mio Vangelo,
avete
visto i volti del mio Vangelo.
Non
potevo sbagliare, perché talvolta, quando si gira, le decisioni
dovevano
avvenire
in
pochi minuti:
non
ho sbagliato mai, nei volti,
nei
volti [...]
perché
la mia libidine e la mia timidezza
mi
hanno costretto a conoscere bene i miei simili.
Conobbi
subito in pochi minuti anche lui,
il
misero indemoniato del casale assediato dal sole.
L’inverno
veniva,
a
contraddire il superstite sole [...] alle avventure,
e
l’inverno veniva
ed
era lì nel suo volto,
con
le sue tenebre le sue case silenziose, la sua [...] castità.
Mi
ritirai.
Ma
non in tempo perché egli non sentisse, come una donna,
il
terrore per il padre non simile ai padri
che
avevano costituito, per la sua obbedienza, il mondo.
Ebbene,
prima non so che piccola autorità
di
quel promontorio abbandonato dagli uomini e assalito
dai
borghesi calanti da Roma, idioti e consacrati alla norma,
gli
credette.
Gli
credette poi non so che comandante,
dal
viso pestato da un destino poveramente mondano.
Gli
credette un giudice istruttore
con
negli occhi la stessa espressione
di
bianco caprone dei palazzetti novecento di quel borgo assurdo,
dove
operava.
Gli
credette infine il Presidente del tribunale
che
mi condannò,
sia
pure a venti o trenta giorni, formali.
Il
ragazzo dal pallore di santo aveva raccontato
che
era entrato nella sua bottega, quel giorno di sole,
un
bandito, con un cappello nero,
il
quale si era infilato un paio di guanti neri,
aveva
caricato una pistola con una pallottola d’oro,
gli
aveva intimato la resa
e
aveva sottratto dal suo cassetto circa tre dollari.
Andandosene,
poi, lo aveva minacciato,
poiché
lui, l’aggredito, aveva afferrato, per difendersi, un coltello.
Vi
ho raccontato queste cose
in
uno stile non poetico
perché
tu non mi leggessi come si legge un poeta.
Esisteva
poi in Italia un certo Salvatore Pagliuca,
senatore
di non so che partito,
esisteva
giù, nel sud di Levi, tra villaggi
secchi
al sole delle alluvioni,
dove
crescono splendidi ulivi
e
splendide ginestre.
A
digiuno di ulivi e di ginestre,
come
io ero a digiuno della sua esistenza,
questo
Signor Salvatore Pagliuca,
vide
la mia storia sopra Accattone, e sentì
che
un moro dai denti scintillanti, come un lupo feroce
dal
calcio prezioso,
si
chiamava Salvatore Pagliuco.
Si
ritenne offeso, mi fece querela, vinse il processo
e
ottenne molti milioni di danni.
Ti
ho raccontato questa cosa
in
uno stile non poetico
perché
tu non mi leggessi come si legge un poeta.
Un
giorno dei primi Anni Sessanta
(il
periodo in cui tutto questo accadde)
consegnai
a un piccolo re del cinema di nome Amato e al suo compare Amoroso
una
sceneggiatura che porta l’agreste titolo di: «Ricotta».
Forse
avrete visto questo mio film
al
Festival di New York di qualche anno fa.
In
quello scenario
scritto
come scrive uno scrittore,
c’era
qualche parola non lieve,
e
poca grazia verso la religione della borghesia cattolica
del
mio paese.
Per
una delle tante ragioni che tu, critico cinematografico conosci bene,
il
film andò a monte, Loved morì,
e
Loving,
mi
intentò un processo accusando il mio copione
scabroso
per il pubblico medio
di
avergli impedito di fare il suo film.
Sarebbe
come se il Sig. Crawther
consegnasse
a Levin, per richiesta dello stesso Levin,
un
manoscritto troppo roseo, buono solo per educande,
e
il Sig. Levin, non trovandolo buono,
per
ragioni sue,
gli
facesse un processo perché l’eccessivo color roseo
del
copione di Crawther, del dolce Crawther,
gli
aveva impedito di realizzare il film ch’egli voleva.
Ho
perso anche questo processo e non so quante decine di milioni
dovrei
sborsare al signor Loving
rovinato
da quella mia prima stesura
di
un copione inadatto agli italiani medi.
Anche
questa cosa te l’ho raccontata
in
uno stile non poetico
perché
tu non mi leggessi come si legge un poeta.
Così
è decaduta la stima per la poesia, tipica
delle
infanzie che credono nell’eterno; illusione
che
non affossa i nazionalismi, inconsciamente, credendo
(con
infantile passione) nell’assolutezza
della
lingua di una nazione; nel suo uso di canto o musica
(ch’è
assolutamente assurda
appena
passata la dogana); illusione
che
non affossa neanche la logica e il classicismo
(un
misero filologo può ricostruire tra parola e parola
–
isolata e confitta nel silenzio – il discorso tagliato,
un
povero discorso
senza
idee, senza religione se non il culto
assai
poco religioso, infine, della poesia nella letteratura).
Ma
non solo è caduta
la
stima per questa poesia
che
è della storia piccola del mio tempo
(in
cui mi trovo incastrato,
senza
potervi sfilare un solo volto, anche il più estraneo,
un
solo libro, anche il più dimenticato),
ma
per la poesia stessa. Non è essa, dunque, che conta, mai.
Almeno
se concepita come poesia.
La
lingua dell’azione, della vita che si rappresenta
è
così infinitamente più affascinante!
È
essa che si ricostituisce – appena chiuso –
da
un libro di versi: essa è prima e dopo:
in
mezzo c’è un veicolo espressivo
che
la evoca, ecco tutto. Opera di stregoni.
Solo
l’amore per quella lingua del non-io che si esprime
con
pari diritto, pari forza dell’io,
dà
al poeta
l’abilità.
Ma
la professione di poeta in quanto poeta
è
sempre più insignificante. È proprio necessario
immettere
quella lingua vivente in una lingua di convenzione,
perché
poi si liberi, tornando quella che è, vivente, nel lettore?
Non
sa, egli, dialogare con la realtà?
L’umile
valore del poeta
è
rievocarla così come egli la vede? Ma ciò è serio?
Perché
non la contempla in silenzio,
–
santo,
e non letterato?
Tuttavia
i giovani cosa fanno,
nelle
sere delle loro città di provincia,
o
anche nelle grandi metropoli,
se
non parlare di letteratura?
Coi
loro passi faziosi, lungo le vie appena scoperte
cariche
di sensi segreti e di storia?
Scoprendo
i letterati, come le puttane o i misteri
di
un quartiere, o le abitudini di una vita sociale
ch’è
ormai loro, mentre è ancora dei padri
(che
perciò preparano una guerra per mandarli a morire)?
Interrogandomi
alla
luce del sole di Agosto a Manhattan deserto (come vi dicevo),
vengo
a sapere che io
(che
solo attraverso la letteratura ho potuto essere poeta)
non
sono più un letterato.
Io
ho in sorte
di
ricordare brevi colli, su un fiume anch’esso
con
acque blu molto trasparenti sui piccoli sassi,
tra
ghiaie come ossari prima tra i magredi,
tristemente
verdi, poi tra i vigneti
(folli
d’estate, di umido, sfumato silenzio quasi orientale)
dei
colli,
e
infine tra bonifiche il cui odore
basta
a scatenare, per due occhi selvaggi
e
un grembo selvaggiamente puro, lo sfinimento che attanaglia
e
fa venir voglia di morire.
Su
quei grami colli – veri cimiteri, senza fiori –
si
lottò contro i fascisti e i tedeschi, e mio fratello,
come
vi ho detto, vi ha lasciato i suoi diciannove anni,
come
un falco che sapeva appena volare, e volava così bene.
Quello
che voi, con una piega di ironico ma antipatico sorriso
(che
vi sforma il volto falsamente sicuro, di malati)
chiamate,
vistosamente sottolineandolo, l’«impegno»,
è,
per una quindicina d’anni,
vissuto
da parassita sulla gloria e il dolore di quei cimiteri.
Cioè,
non è stato.
È
ora, che esso comincia a essere.
Ora
che quei cimiteri senza fiori
hanno
anch’essi la loro fioritura.
Anche
il mio amico Moravia ha paura,
per
un’ansia d’impopolarità forse,
quando
non vuol comprendere questo. E con lui,
e
molto peggio di lui (che arcanamente è teso
in
una imperterrita volontà di capire) tutti gli altri
che
in Italia
hanno
il nome e la funzione di «letterati».
Tutti
rinnegano quell’impegno con la taciuta,
nevrotica
volontà di adularvi: chi lo fa con contrizione,
chi
gonfiando il petto come una puttana.
Io
non voglio ritornare a quei colli,
né
come turista né come visitatore di tombe, sia chiaro.
Anch’io,
anch’io li ho dimenticati.
E
a ragione! Nella loro azione e nell’ideologia
che
la dettava, come una forma di sublime catechismo,
ebbi
la mia ribellione di giovane.
Vi
ho preso forse
anche
abitudini indelebili
di
moralismo e dignità.
Ma
non ci torno, in quei luoghi che ci sono ma sono invisibili.
...
A
questo punto, non voglio commuovermi sulle mie ragioni,
cioè
sul fatto
che
non solo, l’«impegno»,
non
è finito, ma che anzi, incomincia.
Mai
l’Italia fu più odiosa.
Oltretutto
con il tradimento degli intellettuali,
con
questo revisionismo del Partito Comunista, lupo
che
stavolta veramente è agnello, – il compagno
Longo
allo Spiegel aveva una faccia adulatrice di letterato
che
si finge disperatamente in pari coi tempi,
respingendo
così ogni violenza palingenetica del comunismo:
sì,
anche il comunista è un borghese.
Questa
è ormai la forma razziale dell’umanità.
Forse,
impegnarsi contro tutto questo
non
vuol dire scrivere, da impegnati,
direi,
ma vivere.
Quanto
alle mie opere future, ...
vedrai
... un giovane arrivare un giorno
in
una bella casa
dove
un padre, una madre, un figlio e una figlia,
vivono
da ricchi, in uno stato che non critica se stesso,
quasi
fosse un tutto, la vita pura e semplice;
c’è
anche una serva (di paesi sottoproletari); viene,
il
giovane, bello come un americano,
e
subito, per prima, la serva si innamora di lui,
e
si tira su le sottane. Egli le dà la dolce
pesante
rabbia del suo membro. S’innamora, poi,
di
lui, il figlio; dormono i due, nella stessa camera
del
ragazzo, coi resti dell’infanzia; ed anche al figlio
egli
dona il suo membro di seta, più adulto e potente;
e
lo stesso dono, accondiscendente e generoso,
perché
egli è colui che dà, egli farà alla madre,
adoratrice
delle sue vesti, i calzoni, la maglietta,
gli
slip, lasciati in uno chalet
in
un caldo giorno d’estate, sul Tirreno;
e
ancora lo stesso dono egli farà al padre, divenendo
padre
del padre – poiché egli, con ambigua dolcezza materna,
e,
per nome, padre –
al
padre svegliato all’alba
da
un dolore che lo taglia a metà,
alla
pancia, e scopre, alzandosi per andare in bagno
la
bellezza muta delle quattro del mattino
col
sole già folgorante... e scoprirà il suo amore
con
la stessa meraviglia
con
cui ha scoperto quel sole:
un
amore come quello di Ilja Ilic per il suo servo
contadino
e ragazzo; ma cosciente, e drammatico
perché
egli il vecchio industriale con la faccia
di
Orson Welles, è un piccolo borghese, e drammatizza tutto.
Lo
stesso dono del membro, durante le ore
della
malattia del padre – e prima che al padre –
egli
farà alla figlia quattordicenne, innamorata
di
suo padre, e che lo scopre, il giovane tutto amore,
attraverso
gli occhi innamorati, appunto, del padre. Poi
il
giovane se ne va:
la
strada in fondo a cui scompare
resta
deserta per sempre.
E
ognuno, nell’attesa, nel ricordo,
come
apostolo di un Cristo non crocefisso ma perduto,
ha
la sua sorte.
E
un teorema:
e
ogni sorte è un corollario.
Le
sorti sono quelle che sai,
quelle
del mondo dove tu col tuo antipatico
sorriso
anticomunista, e io col mio infantile odio
antiborghese,
siamo fratelli:
ne
sappiamo tutto!
Come
prende una nevrosi d’ansia
e
come una piccola vittima femmina di quattordici anni,
finisca
nel letto di una clinica, coi pugni così stretti che nemmeno uno
scalpello
potrebbe
scalzarli, come un ragazzo parli tra sé come un matto
dipingendo
e inventando nuove tecniche,
fino
a diventare
un
Giacometti, un Bacon,
con
lo spettacolo dei suoi spettri figurativi
simboli
della tragedia del mondo in un’anima malata
maleodorante
del livore meschino del male; come
una
donna di mezza età, bella ancora, e curata
non
sappia dimenticare il Cristo della Chiesa
e
insieme, una volta perduta,
non
sappia resistere al desiderio di perdersi, ancora,
e
così viva tra ragazzi facili e angoscie cristiane;
e
come infine un padre
che
aveva confuso la vita col possesso,
una
volta posseduto,
perda
la vita, la butti via: doni cioè il suo possesso
–
una fabbrica alla periferia della grande città –
ai
suoi operai; e si perda nel deserto,
come
gli Ebrei.
Casi
di coscienza, tutti questi.
Ma
la serva diventa, invece, una santa matta,
va
nel cortile della sua vecchia casa sottoproletaria,
tace,
prega, e fa miracoli,
guarisce
gente,
mangia
ortiche soltanto, finché i capelli le divengono verdi,
e
infine, per morire,
si
fa seppellire piangendo da una scavatrice,
e
le sue lacrime rampollando dal fango
divengono
una fonte miracolosa.
Prima
del Padre e della Madre,
nel
paradiso terrestre, c’era un Primo Padre,
è
nella sua intimità che, primamente, siamo vissuti.
Ma
poi, l’importante è stato l’amore della madre
con
cui ci siamo identificati
perché
non possiamo vivere
se
non identificandoci con qualcuno. Non possiamo, quindi,
concepire
amore che non abbia la dolcezza materna.
Quel
primo Padre ha così dolcezza di Madre.
Ma
in una famiglia borghese
egli
non è più in grado
che
di scatenare drammi morali.
La
religione, la religione del rapporto diretto con Dio
è
ancora nel mondo anteriore a quello borghese.
Gli
operai stanno a guardare.
...
Ti
tacerò, amico, quello che, in stasimi e episodi,
e
cori al luogo delle dissolvenze
scriverò
sul silenzio di Pilade,
che
diverrà rivolta,
e
tradimento,
contro
l’amico della sensuale adolescenza, dal membro eretto,
Oreste,
il principe socialista,
e
il degenerare di alcune delle Furie purificate
e
segregate sui monti festosi nel cielo e nel cielo perduti:
il
ritorno di queste Furie regredite al vecchio stato
nella
città liberata, con loro, dalla monarchia;
la
regressione di Elettra,
lei
figlia, che amò il padre Re, e ora è fascista come
si
è fascisti nel cupo rimpianto di errate origini;
la
fuga di Pilade nei monti delle furie divenute Eumenidi,
le
dee dei partigiani
e
dell’amore improvviso che lega un partigiano a un altro partigiano;
la
preparazione della lotta,
e
il ritorno a capo di un esercito irregolare.
–
il misterioso esercito dei monti;
l’alleanza
tra Elettra fascista e Oreste liberale
e
fautore di riforme,
nella
città divenuta opulenta;
l’intervento
di Atena
che
protegge Elettra e Oreste figli della ragione
e
li unisce, mettendo a tacere l’ululato
delle
Furie antiche che vagano per la nuova città;
l’incertezza
di Pilade
di
fronte alla città arricchita
che
non ha più bisogno di lui;
il
suo incontro
nella
notte della vigilia che precede la battaglia
col
vecchio amico dell’adolescenza,
rimasto
giovane,
bello
come ai tempi dei loro primi amori
quando
le donne erano sconosciute;
e
il loro abbandonarsi a discorsi sull’amore e sull’anima
che
nulla hanno a che fare con la realtà presente,
e
che li accomuna;
e,
infine, la solitudine di Pilade,
alla
fine della notte,
che,
prima dell’alba, dovrà pur prendere una decisione.
E
poi, tu credi,
che
si possa fare un sogno, non ricordarlo,
e
avere da questo sogno, mutata la vita?
Tu
credi che un padre possa fare un sogno, in cui
veda
se stesso amare suo figlio,
non
so sotto che vesti,
se
del padre stesso ragazzo, o di un estraneo
che
è il padre del padre (ragazzo)
o
l’identificazione a sé della propria madre... Nessuno,
neanche
io, saprà mai quel sogno.
Ma
il padre ne avrà mutata tutta la vita.
Ricordi
Eracle
che
chiede al figlio di chiamare tutti i suoi compagni
più
forti, e di portarlo sulle spalle,
in
cima al monte vicino alla città,
il
monte della città
quello
ch’è meta di pellegrinaggi e di avventure di ragazzi
come
succede nei mondi preindustriali?
E
giunti lì in cima, il figlio e gli altri ragazzi,
avrebbero
dovuto preparargli il rogo,
e
farlo morire?
Entra
in quel sogno, se sei padre.
Tu,
padre, che magari innocentemente, sei complice
dei
padri
che
vogliono liberarsi dei figli
mandandoli
a morire in guerre che si combattono
nei
luoghi dell’Alibi, l’estremo Oriente della storia.
Qui,
per una volta,
il
padre non vuole la morte del figlio, ma il suo amore.
Diviene
lui il figlio, e nel figlio, ragazzo, vede forse il padre,
e
lo ama, non vuole ucciderlo, ma esserne ucciso,
non
possederlo, ma esserne posseduto.
Si,
ma quel padre è un uomo borghese del nostro mondo,
ha
un’industria sotto i monti della Brianza (festosi nel cielo
e
nel cielo perduti):
come
potrà accettare le conseguenze di quel sogno, del resto,
non
ricordato?
Le
accetterà stravolgendole. Sapendo e non sapendo.
Si
farà cogliere dal figlio nudo sopra la madre.
Cercherà
dei pretesti per colpire il figlio,
e,
quindi, farsi colpire.
Aggredirà
il figlio
per
attirarlo su lui,
per
essere il centro della sua vita.
Finché
il figlio, il lieve figlio mozartiano,
pacifista
e obiettore di coscienza, se ne andrà
dalla
casa ricca,
avendo
ascoltato dal padre delirante una dichiarazione d’amore.
Non
lo odierà – ti dico – il ragazzo
(uno
di quei ragazzi nuovi, tanto migliori di noi),
e,
se avesse potuto farlo,
avrebbe
dato al padre mendicante tutto il suo oro,
l’avrebbe
posseduto come il ragazzo del popolo
possiede,
per pochi dollari, colui che non ha forza d’essere uomo
e
lo invoca dunque come un salvatore...
Se
ne va, per le vie del mondo,
con
una ragazza,
nient’altro
che una puttana, e un amico:
né
si saprà mai a chi vada il suo amore
benché
egli, certamente, profonda il suo oro
sul
grembo della ragazza.
Viene
il padre, spia, lo trova, corrompe la ragazza,
sta
a guardare dietro alla porta il loro amore,
scopre
quello che il figlio
ha
senza mistero, come ognuno ha,
eppure
è in lui orrendamente insopportabilmente misterioso.
Non
può il padre, vivere dopo aver visto quell’amore,
entra
e colpisce a morte il figlio,
che
esce piangendo e salutando la vita
dalla
stanza di uno dei mille coiti della sua vita.
Muore.
E su lui morto il padre si china ad abbottonare
i
calzoni aperti sul fulgore immacolato della canottiera.
Il
padre, dopo tanti anni, come nei romanzi d’appendice,
conclude
il lungo sogno della sua vita
sognando
sul terrapieno di una stazione
come
in un verso di Ginsberg.
Ecco.
Ecco,
queste sono le opere che vorrei fare,
che
sono la mia vita futura – ma anche passata
–
e presente.
Tu
sai, tuttavia te l’ho detto, anziano amico, padre
un
po’ intimidito dal figlio, ospite
alloglotta
potente dalle umili origini,
che
nulla vale la vita.
Perciò
io vorrei soltanto vivere
pur
essendo poeta
perché
la vita si esprime anche solo con se stessa.
Vorrei
esprimermi con gli esempi.
Gettare
il mio corpo nella lotta.
Ma
se le azioni della vita sono espressive,
anche
l’espressione è azione.
Non
questa mia espressione di poeta rinunciatario,
che
dice solo cose,
e
usa la lingua come te, povero, diretto strumento;
ma
l’espressione staccata dalle cose,
i
segni fatti musica,
la
poesia cantata e oscura,
che
non esprime nulla se non se stessa,
per
una barbara e squisita idea ch’essa sia misterioso suono
nei
poveri segni orali di una lingua.
Io
ho abbandonato ai miei coetanei e anche ai più giovani
tale
barbara e squisita illusione: e ti parlo brutalmente.
E,
poiché non posso tornare indietro,
a
fingermi un ragazzo barbaro,
che
crede la sua lingua l’unica lingua del mondo,
e
nelle sue sillabe sente misteri di musica
che
solo i suoi connazionali, simili a lui per carattere
e
letteraria follia, possono sentire
–
in quanto poeta sarò poeta di cose.
Le
azioni della vita saranno solo comunicate,
e
saranno esse, la poesia,
poiché,
ti ripeto, non c’è altra poesia che l’azione reale
(tu
tremi solo quando la ritrovi
nei
versi, o nelle pagine in prosa,
quando
la loro evocazione è perfetta).
Non
farò questo con gioia.
Avrò
sempre il rimpianto di quella poesia
che
è azione essa stessa, nel suo distacco dalle cose,
nella
sua musica che non esprime nulla
se
non la propria arida e sublime passione per se stessa.
Ebbene,
ti confiderò, prima di lasciarti,
che
io vorrei essere scrittore di musica,
vivere
con degli strumenti
dentro
la torre di Viterbo che non riesco a comprare,
nel
paesaggio più bello del mondo, dove l’Ariosto
sarebbe
impazzito di gioia nel vedersi ricreato con tanta
innocenza
di querce, colli, acque e botri,
e
lì comporre musica
l’unica
azione espressiva
forse,
alta, e indefinibile come le azioni della realtà.
[1966-67]
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