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Recensión de Pasolini
a Pasolini

Pasolini recensisce
Pasolini
Saggi sulla letteratura e sull'arte, Tomo II, Meridiani Mondadori, Milano 1999
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Recensión de Pasolini a Pasolini

Esta obra de Pier Paolo Pasolini que corre el riesgo de pasar menos observada de lo justo, porque no es «instrumentalizable» por nadie (como horriblemente se dice), está constituida en realidad al menos por tres libros. El primero es un diario privado, en el que Pasolini habla de sus jornadas, en su mayoría negras, mezclando las angustias -¡y también los placeres, claro!- con los problemas «metalingüísticos» y sociales del hacer poesía: Pequeños Poemas Políticos y Personales (P.P.P.P.) es el título de una subsección del Apéndice en cursiva; todas estas poesías, por ejemplo, son imaginariamente pertenecientes a ese primer libro del que hablaba: entre ellas, las más bonitas son aquéllas sobre Ninetto, en especial Uno dei tanti epiloghi. En conjunto, la mezcla entre situaciones cotidianas particulares y problemas generales, sale bien misteriosamente, precisamente por el descarado recurso a la habilidad literaria. No es cuestión de sinceridad o insinceridad. Pongamos: él dice haber llorado en Recife ante los carteles con las fotografías de los «bandidos» condenados en contumacia a muerte, y buscados por la policía fascista. ¿Son sinceras sus lágrimas? ¿Son debidas realmente a las razones que él dice? En realidad, el llanto tiene sus tiempos y sus vencimientos casi matemáticos debidos a acumulaciones que ningún psicólogo podría calcular jamás. Pero Pasolini no es ignaro de su situación «esquizoide», y él mismo, con amarga ironía, por otra parte no difícil, llama su llanto gimoteo («El gimoteo del que hablaba Marx»).
     Pero he aquí que yo mismo cometo ese fatal error de la crítica encallecida que puede «hablar» sólo de los puntos donde la poesía no sale bien, o de los problemas metalingüísticos o sociales, tomados hábilmente como pretextos: es la torpe deformación profesional del crítico. Que se guarda bien de mandar al diablo todos los «gimoteos», para ocuparse, en cambio, digamos, de la sonrisa de Ninetto.
     El segundo libro de que se compone, Trasumanar e organizzar es un cancionero para una mujer, que (en dos vocativos) resulta llamarse «María» y ser muy famosa: tan famosa que eso constituye un trauma para ella misma, y se convierte objetivamente en un problema para quien mantenga, como la nuestra, una relación con ella. También aquí se tienen unos resultados de real poesía, o al menos de conmoción: de aquí el crítico huye como el demonio del agua bendita. Tal poesía nace de un fatigoso triunfo de una muy especial e indudablemente anormal especie de «altruismo» sobre el narcisismo característico del autor. Esta «María» se convierte, aunque fatigosamente y a ratos, en un personaje objetivo: cuyos problemas son suyos, y no del poeta, que por tanto los vive, si podemos decirlo así, de manera que no suene ni a ironía ni a cumplido, generosamente. La piedad y la agudeza crítica se mezclan, quizá de manera un poco absurda, para crear el espacio objetivo del libro, donde viva con luz propia esta «María», «cuyos sentimientos son siempre verdaderos, grandes sentimientos», cuyo paso es imparable, cuyo ímpetu la lleva hacia la autodestrucción y el dolor, como un marinero hacia el mar, que es niña y madre a la antigua de sí misma, que existe con poderío regio, de «gran muchacha», y que teme siempre no existir más: porque su ser es un esse est percipi desesperado, pero coronado siempre por gloriosas victorias de un día, etcétera.
     En el interior de esta sección objetiva (por decirlo así) serpentea la tentación continua del retorno a sí mismo, por parte del autor que se ha lanzado fuera de sí, quizá con gran desgarro. Así, en el libro de esta «María» se leen algunas cosas interesantes acerca de la figura de Pasolini, no sólo presente, sino también visto retrospectivamente. Me refiero sobre todo a la sección La Ciudad Santa, allí donde Pasolini habla de un «vacío en el cosmos», que es un vacío para él, no para los demás: porque, precisamente en ese vacío, surge la Ciudad; la cual Ciudad está fundada por el Padre. Por tanto, el vacío del cosmos significa para Pasolini su total inexperiencia del Padre. Toda su cultura le proviene, en consecuencia, de Ella, la Reprimida, la Madre tenida en el campo, o en las afueras de la Ciudad. Ciertamente, todo esto es fragmentario: pero existe. Carlo Bo tiene razón cuando habla, a propósito de este libro, de muchas renuncias: sin embargo, como es bien sabido, el problema es estar o no estar, no estar poco o estar mucho. Los fragmentos están: los motivos están. Y son decenas y decenas, aunque se trate de una obra, en sustancia, cerrada, como no puede serlo más que una obra.
     El tercer libro de Trasumanar e organizzar es un libro enteramente político. Quizá, al menos cuantitativamente, es el que tiene mayor peso. Es el que puede fascinar más (y puede ser más detestado). Pero la ingenuidad con la que Pasolini afronta los dramas políticos más vulgarizados por el dominio público, es ciertamente la cosa más conmovedora y original de su libro (véase, por ejemplo, el oratorio sobre la matanza de Milán). Los temas de este libro político son sustancialmente dos: el PCI y la nueva generación «revolucionaria». Todos pensarán en el PCI ai giovani!!  (lo sé, ese título no dice nada a nadie, porque todos han leído esta poesía con el título que le pusieron los redactores del «Espresso», es decir, Vi odio, cari studenti o algo parecido). Sí: pensar en tal poesía es lícito (por otra parte, no está recogida aquí, probablemente porque el autor, como ha repetido muchas veces, la considera una fea poesía. Fea, en cambio, no es, con esa mezcla expresionista de prosa periodística y tópicos, arrastrados por un ímpetu histérico). Es partiendo de ella cuando las poesías dedicadas a los jóvenes (trágicamente desilusionados) desarrollan ciertos motivos «heréticos»: sólo que la histeria es totalmente suplantada por la razón y por la piedad. Y no sin razón Pasolini indica, en la anteportada del libro, la Poesia della tradizione como la que se ha de leer (por quien tenga tiempo de leer sólo una de ellas - aunque quizá no sea la más bella).
     La nostalgia por una manera de ser que pertenece al pasado (y que a veces da a Pasolini casi un tímido y desgarbado furor reaccionario) y que no se restablecerá nunca más, por una definitiva victoria del mal, se transforma en una especie de piedad cósmica por esos jóvenes hermanos destinados a vivir existencialmente, desde ahora, de los nuevos valores que a Pasolini le parecen intolerables. Y parece que él se augure que de la tragedia debida al malogro del Movimiento Estudiantil vaya a nacer una nueva figura de «hijo», que vuelva a tener milagrosamente las antiguas características de la humildad, de la obediencia, de la rebeldía no agresiva, del ansia de saber, de la gracia ligada a la juventud quizá también como pecado de resignación o sensualidad o inconsciencia, de la fuerza revolucionaria pero no triunfalista, etcétera. Pero éste no es más que uno de los mil motivos que el lector podrá encontrar, aunque sólo sea esbozados o fragmentarios, en el curso de la lectura de Trasumanar e organizzar. Mas desearía esbozar también otro: es decir, la idea, que serpentea en todo el libro, de que el hombre -sobre todo joven- no pueda, y por eso no quiera, vivir la libertad, y, por tanto, se invente mil pretextos y deberes para no vivirla, posponiéndola eternamente al mañana.
     Éste es, por lo tanto, un libro claramente sin esperanza. Es más, la palabra «esperanza» es una palabra definitivamente borrada del léxico y de la cabeza de Pasolini (por eso decía al principio que nadie podrá jamás instrumentalizar este libro, cuyos destinatarios no pueden ser más que como el autor, «desgraciados y fuertes, hermanos de los perros»).
     En un año que es el año de la poesía, el sublime libro de Penna, el, estupendo, de Bertolucci, el, ciertamente hermoso, de Montale, el impresionante de Bellezza (y Luzi, Ottieri, etc.), es natural preguntarse: ¿cuál es la relación entre esta obra de Pasolini y la literatura? ¿Cuál es su actualidad? (¡Preguntas, como se ve, de viejo crítico respetable; preguntas cuya necesidad no pondría en duda nadie!)
     Pasolini hace aquí literatura más que en otros lugares. En una poesía dice querer adoptar, con fines prácticos, unos módulos literarios corrientes; en otra dice poner aposta en las poesías un poco de oscuridad, y viceversa. En fin, todo el libro está invadido obsesivamente de la idea metalingüística de sí. Pero precisamente en el momento en que Pasolini se hace más voluntariamente literario, es cuando puede concederse un «desprecio» por la literatura nunca tenido hasta ahora. Y a ello se debe la regeneración lexicológica, que es prácticamente total respecto a los volúmenes anteriores; y así la regeneración métrica y sintáctica. Pero la continuidad es debida a la persistencia del oxymoron, es decir, al definir las cosas por oposición. Esto es importante, porque deduciendo, aunque sea esquemáticamente, la vida del estilo, se puede afirmar que Pasolini vive históricamente por acumulación, y que su conocer, no dialéctico, es debido a la eterna coexistencia de los opuestos. Y esto, precisamente, vale también para la idea metalingüística de Trasumanar e organizzar: aceptación total de la literatura - rechazo total de la literatura.
     En eso reside la actualidad del libro (si se quiere llamar así, porque la historia después aplasta las perspectivas, y adiós actualidad): éste, a causa de su naturaleza «opositora» y por tanto sin esperanza, subsiste únicamente en una explosión (más o menos generosa, más o menos afortunada) de vitalidad. Completamente desnudo, rudo, con conmociones y exquisiteces siempre demasiado explícitas, este libro no se asemeja a ningún otro (mientras que, de algún modo, los libros que he mencionado anteriormente se parecen todos entre sí).
     Pero más allá de la actualidad que este libro representa como objeto -y más allá también de la actualidad que no teme afrontar y aventurar-, ¿qué se puede decir de él, por último, entre lectores no abyectamente vinculados por complicidades de «tiempos» históricos?
    Trasumanar e organizzar vive en un estrato de la realidad donde la realidad está a punto de perderse y disolverse, pero no se ha perdido y disuelto todavía: todas sus exigencias, sus pretextos, sus pasiones, están ahí, físicamente presentes: un paso más, y, como un cadáver en descomposición, resultarían irreconocibles. Quizá en el libro haya alguna falsedad, alguna insinceridad, alguna necedad (puede que más que alguna): sin embargo, no es nunca irreal, es decir, culturalmente, arbitrario. Hablando genéricamente (y dando confianza al lector), se podría decir que Pasolini ama la realidad: pero, hablando siempre genéricamente, tal vez se podría decir también que Pasolini no ama -con un amor igualmente completo y profundo- la verdad; porque quizá, como él dice, «el amor por la verdad acaba destruyéndolo todo, porque no hay nada verdadero». ¿Entonces podríamos concluir afirmando que este rechazo a conocer, a buscar, a querer la verdad, una verdad cualquiera (no relativa, porque, por verdades parciales, Pasolini se bate continua y quijotescamente), este terror edípico a llegar a saber, a admitir, es lo que determina la extraña e infeliz fortuna de este libro y, probablemente, de toda la obra de Pasolini?


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Pasolini recensisce Pasolini

Quest’opera di Pier Paolo Pasolini che rischia di passare meno osservata del giusto, perché non «strumentalizzabile» da nessuno (come orribilmente si dice), è in realtà constituita almeno da tre libri. Il primo è un diario privato, in cui Pasolini parla delle sue giornate, per lo più nere, mescolando alle angosce - ma anche ai piaceri, andiamo! - i problemi «metailinguistici» e sociali del fare poesia: Piccoli Poemi Politici e Personali (P.P.P.P.) è il titolo di una sottosezione dell’Appendice in corsivo: tutte queste poesie, per esempio, sono idealmente appartenenti a quel primo libro che dicevo: tra esse le più belle son quelle su Ninetto, specie Uno dei tanti epiloghi. Nell’insieme, l’impasto tra situazioni quotidiane particolari e problemi generali, riesce misteriosamente, proprio per lo sfacciato ricorso all’abilità letteraria. Non è questione di sincerità o insincerità. Mettiamo: egli dice di aver pianto a Recife davanti ai manifesti con le fotografie dei «banditi» condannati in contumacia a morte, e ricercati dalla polizia fascista. Sono sincere le sue lacrime? Sono dovute realmente alle ragioni che egli dice? In realtà il pianto ha i suoi tempi e le sue scadenze quasi matematiche dovute ad accumulazioni che nessuno psicologo potrebbe mai calcolare. Ma Pasolini non è ignaro della sua situazione «schizoide», ed egli stesso con amara ironia, del resto non difficile, chiama il suo pianto piagnisteo («il piagnisteo di cui parlava Marx»).
     Ma ecco, che io stesso compio quel fatale errore della critica incallita che può «parlare» solo dei punti dove la poesia non riesce, oppure dei problemi metalinguistici o sociali, presi abilmente come pretesti: è la turpe deformazione professionale del critico. Che si guarda bene dal mandare al diavolo tutti i «piagnistei», per occuparsi invece, mettiamo, del sorriso di Ninetto. 
     Il secondo libro di cui è composto Trasumanar e Organizzar è un canzoniere per una donna, che (in due vocativi) risulta chiamarsi «Maria» ed essere molto famosa: così famosa che ciò costituisce un trauma per lei stessa, e diventa oggettivamente un problema per chi, come il nostro, abbia un rapporto con lei. Anche qui si hanno dei risultati di reale poesia, o almeno di commozione: da cui il critico fugge come il diavolo dall’acqua santa. Tale poesia nasce da un faticoso trionfo di una sorta molto particolare e certo abnorme di «altruismo» sul narcisismo caratteristico dell’autore. Questa «Maria» diventa, sia pure faticosamente, e a tratti, un personaggio oggettivo: i cui problemi sono suoi, e non del poeta, che dunque li vive, se possiamo dirlo, in modo che non suoni né come ironia né come complimento, generosamente. La pietà e l’acume critico si mescolano, magari in modo un po’ assurdo, per creare lo spazio oggettivo del libro, dove viva di luce propria questa «Maria», «i cui sentimenti son sempre dei veri, grandi sentimenti», il cui passo è inarrestabile, il cui impero la porta verso l’autodistruzione e il dolore, come un marinaio verso il mare, che è bambina e madre all’antica di se stessa, che esiste con potenza regale, di «grande fanciulla», e che teme sempre di non esistere più: perché il suo essere è un esse est percipi disperato, ma coronato sempre da gloriose vittorie di un giorno, ecc. ecc. 
     All’interno di questa sezione oggettiva (per modo di dire) serpeggia la tentazione continua del ritorno a se stesso, da parte dell’autore che si è slanciato fuori di sé, forse con grande strazio. Così è nel libro di questa «Maria» che si leggono alcune cose interessanti riguardo la figura di Pasolini, non solo presente, ma anche visto retrospettivamente. Mi riferisco soprattutto alla sezione La Città Santa, laddove Pasolini parla di un «vuoto nel cosmo», che è un vuoto per lui, non per gli altri: ché anzi, proprio in quel vuoto sorge la Città; la quale Città è fondata dal Padre. Il vuoto del cosmo significa dunque per Pasolini la sua totale inesperienza del Padre. La sua cultura gli proviene, di conseguenza, tutta da Lei, la Repressa, la Madre tenuta in campagna, o ai margini della Città. Certo, tutto ciò è frammentario: ma c’è. Carlo Bo ha ragione di parlare, a proposito di questo libro, di molte rinunce: tuttavia, com’è ben noto, il problema è essere o non essere, non essere poco o essere molto. I frammenti ci sono: i motivi ci sono. E sono decine e decine, anche se si tratta di un’opera, in sostanza, chiusa, come non può che essere un’opera. 
    Il terzo libro di Trasumanar e organizzar è un libro interamente politico. Forse, almeno quantitativamente, è quello che ha maggior peso. È esso che può più affascinare (e può più essere detestato). Ma l’ingenuità con cui Pasolini affronta i drammi politici più involgariti dal dominio pubblico, è certo la cosa più commovente e originale del suo libro (si veda se non altro l’oratorio sulla strage di Milano). I temi di questo libro politico sono sostanzialmente due: il Pci e la nuova generazione «rivoluzionaria». Tutti penseranno al Pci ai giovani!! (lo so, tale titolo non dice niente a nessuno, perché tutti hanno letto questa poesia col titolo datole dai redattori dell’«Espresso», cioè Vi odio, cari studenti o qualcosa di simile). Sì: pensare a tale poesia è lecito (del resto essa non è qui raccolta, probabilmente perché l’autore, come molte volte ha ripetuto, la considera una brutta poesia. Brutta, invece, non è con quell’impasto espressionistico di prosa giornalistica e luoghi comuni, trascinati da un impeto isterico). È partendo da essa che le poesie dedicate ai giovani (tragicamente delusi) sviluppano certi motivi «eretici»: solo che l’isteria è totalmente soppiantata dalla ragione e dalla pietà. Non a torto Pasolini indica, nel risguardo del libro la Poesía della tradizione come quella che va letta (per chi abbia tempo di leggerne solo una - anche se non è forse proprio la più bella). 
     La nostalgia per un modo di essere che appartiene ai passato (e che talvolta dà a Pasolini quasi un timido e sgraziato furore reazionario) e che non si restaurerà mai più, per una definitiva vittoria del male, si trasforma in una specie di pietà cosmica per quei giovani fratelli destinati a vivere esistenzialmente, fin da ora, dei valori nuovi che a Pasolini sembrano intollerabili. E pare che egli si auguri che dalla tragedia dovuta al fallimento del Movimento Studentesco nasca una nuova figura di «figlio», che riabbia miracolosamente le antiche caratteristiche dell’umiltà, dell’ubbidienza, della ribellione non aggressiva, dell’ansia di sapere, della grazia legata alla gioventù magari anche come peccato di rassegnazione o sensualità o spensieratezza, della forza rivoluzionaria ma non trionfalistica, ecc. ecc. Ma questo non è che uno dei mille motivi che il lettore potrà incontrare, sia pure solo accennati o frammentari, nel corso della lettura di Trasumanar e organizzar. Vorrei però accennarne anche un altro: cioè l’idea, serpeggiante in tutto il libro, che l’uomo - soprattutto giovane - non possa, e perciò non voglia, vivere la libertà, e dunque si inventi mille pretesti e doveri per non viverla, rimandandola eternamente al domani. 
     Questo è dunque un libro decisamente senza speranza. Anzi, la parola «speranza» è una parola definitivamente cancellata dal lessico e dalla testa di Pasolini (per questo dicevo in principio, che nessuno potrà mai strumentalizzare questo libro, i cui destinatari non possono essere che, come l’autore, «disgraziati e forti, fratelli dei cani»). 
     In un’annata che è l’annata della poesia, il sublime libro di Penna, quello, stupendo, di Bertolucci, quello, certamete bello, di Montale, quello impressionante di Bellezza (e Luzi, Ottieri, ecc.), viene naturale di chiedersi: qual è il rapporto tra quest’opera di Pasolini e la letteratura? Qual è la sua attualità? (Domande, come si vede, da vecchio critico rispettabile; domande la cui necessità nessuno metterebbe in dubbio!) 
     Pasolini fa qui della letteratura più che altrove. In una poesia dice di voler adottare, a fini pratici, dei moduli letterari correnti; in un’altra dice di mettere apposta nelle poesie un po’ di oscurità, e viceversa. Insomma, tutto il libro è pervaso ossessivamente dall’idea metalinguistica di sé. Ma proprio nel momento in cui Pasolini si fa più volontariamente letterario, ecco che egli può concedersi uno «sprezzo» per la letteratura mai avuto finora. È a ciò che si deve la rigenerazione lessicale, che è pressoché totale rispetto ai volumi precedenti; e così la rigenerazione metrica e sintattica. Ma la continuità è dovuta al persistere dell’oxymoron, cioè al definire le cose per opposizione. Ciò è importante, perché deducendo, sia pur schematicamente, la vita dallo stile, si può affermare che Pasolini vive storicamente per accumulazione, e che il suo conoscere, non dialettico, è dovuto all’eterna coesistenza degli opposti. E ciò vale appunto anche per l’idea metalinguistica di Trasumanar e organizzar: accettazione totale della letteratura - rifiuto totale della letteratura. 
     In ciò consiste l’attualità del libro (se proprio la si vuole, dato che la storia poi schiaccia le prospettive, e addio attualità): esso, a causa della sua natura «oppositiva» e quindi senza speranza, sussiste unicamente in una esplosione (più o meno generosa, più o meno felice) di vitalità. Completamente nudo, spigoloso, con commozioni o squisitezze sempre troppo esplicite, questo libro non assomiglia a nessun altro (mentre, in qualche modo, i libri che ho più sopra elencati si assomigliano tutti fra loro). 
     Ma, al di fuori dell’attualità che questo libro rappresenta come oggetto - e al di fuori anche dell’attualità che esso non teme di affrontare e di rischiare - che cosa se ne può dire, infine, tra lettori non abbiettamente legati da complicità di «tempi» storici? 
    Trasumanar e organizzar vive in uno strato della realtà dove la realtà sta per perdersi e dissolversi, ma non si è ancora persa e dissolta: tutte le sue esigenze, i suoi pretesti, le sue passioni, sono lì, fisicamente presenti: ancora un passo, e, come un cadavere in decomposizione, diverrebbero irriconoscibili. Forse nel libro ci sarà qualche falsità , qualche insincerità, qualche goffaggine (anzi, più che qualche): tuttavia esso non è mai irreale, e cioè, culturalmente, arbitrario. Parlando genericamente (e dando fiducia al lettore) si potrebbe quindi dire che Pasolini ama la realtà: ma, parlando sempre genericamente, si potrebbe forse anche dire che Pasolini non ama - di un amore altrettanto completo e profondo - la verità: perché forse, come egli dice, «l’amore per la verità fínisce col distruggere tutto, perché non c’è niente di vero». Potremmo allora concludere affermando che questo rifiuto a conoscere, a cercare, a volere la verità, una qualsiasi verità (non relativa, ché, per verità parziali, Pasolini continuamente e donchisciottescamente si batte), questo terrore edipico di venire a sapere, di ammettere, è ciò che determina la strana e infelice fortuna di questo libro, e probabilmente di tutta l’opera di Pasolini? 

 

Pier Paolo Pasolini. Palabra de corsario - Madrid 2005

Madrid 2005: Exposición - Ensayos: Indice - Pagine corsare: Sumario