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Giulio Andreotti
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Carlo Donat
Cattin
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Amintore Fanfani
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Flaminio Piccoli
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Habría que
procesar a los jerarcas democristianos
Querido Ghirelli:
creo que durante mucho tiempo quedará impresa en mi memoria la primera
página de Il Giorno del 21 de julio de 1975. Era una página
especial incluso desde el punto de vista tipográfico: simétrica
y cuadrangular como el bloque de texto de un manifiesto, con una única
imagen en el centro también completamente regular formada por los
recuadros unidos de cuatro fotografías de cuatro hombres de poder
democristianos. Cuatro: el número de Sade. En realidad parecían
las fotografías de cuatro ajusticiados, escogidas entre las mejores
por sus familiares para ponerlas en sus lápidas. Pero no se trataba
en absoluto de un acontecimiento fúnebre, sino de un relanzamiento,
de una resurrección. Esas fotografías en el centro de la
monolítica página de Il Giorno en realidad parecían
querer decirle al aturdido lector que ahí estaba la auténtica
realidad física y humana de los cuatro hombres de poder democristianos.
Que la broma había terminado. Que las radiantes sonrisas de quien
detenta el poder ya no desfiguraban sus caras. Ni las desfiguraba ya la
picaresca conciliadora. Que la pesadilla se había desvanecido con
la clara luz de la mañana. Y helos ahí, en su autenticidad.
Serios, dignos, sin guiños, sin sonrisa burlona, sin demagogia,
sin la fealdad de la culpa, sin la vergüenza del servilismo, sin la
ignorancia provinciana. Se habían vuelto a poner el chaleco, y el
futuro de las personas serias les besaba en la frente.
Sería injusto, no obstante, si no añadiera que Il Giorno
no ha sido el único que en este momento ha asumido el papel de tranquilizar
a la nación y de ungir la solución del cuadrumvirato (y luego
la del «respetable» Zaccagnini ) con el carisma del apaciguamiento
general. También II Corriere della Sera, por ejemplo, ha manifestado
el mismo sentimiento de alivio. Y la prensa italiana en general: incluida
la prensa burguesa situada en la más despectiva oposición.
De eso se infiere que todo el mundo político italiano estaba y sigue
estando substancialmente dispuesto a aceptar la continuidad del poder democristiano:
a aceptarlo bien con «sobrenatural» confianza disfrazada de
seriedad profesional, bien con desdeñosa satisfacción.
Pero cuando se sepa, o, mejor, cuando se diga toda la verdad del poder
de estos años también quedará clara la demencia de
los comentaristas políticos italianos y de las élites
cultas de Italia. Y, por consiguiente, su complicidad.
Por lo demás, esa «verdad del poder» es ya sabida, pero
es sabida como es sabida la «realidad del País»: se
conoce a través de una interpretación que «compartimenta
los fenómenos» y por medio de la decisión irrevocable,
en la consciencia de todos, de no relacionarlos entre sí.
Dejar de practicar la «compartimentación de los fenómenos»,
y devolverles así su lógica al formar un todo único,
significaría romper -peligrosamente, es cierto- una continuidad.
Pero no nos adelantemos...
Tú, querido Ghirelli, te has aprestado a dirigir desde hace unas
semanas una revista político-cultural. Una empresa de este tipo
nunca ha sido tan difícil como en estos años porque nunca
ha sido tan grande la distancia entre el poder (al que en un artículo
he llamado «el Palacio») y el País. Se trata (decía)
de una auténtica diacronía histórica según
la cual en Palacio se reacciona a estímulos que ya no tienen causas
reales en el País. La mecánica de las decisiones políticas
de Palacio está como enloquecida: obedece a unas reglas cuya «alma»
(Moro) ha muerto.
Pero, como apuntaba, hay algo más. Los fenómenos (enloquecidos
y corruptos) de Palacio se producen en compartimentos estancos; se diría
que cada uno de ellos está dentro de la infranqueable área
de poder de uno de los miembros de la mafia oligárquica que, venida
de las profundidades del más ignorante provincianismo, gobierna
Italia desde hace décadas.
Cada uno de estos hombres de poder asume sus propias responsabilidades
(pero hasta ahora sin responder por ellas); y gracias a esta separación
de las responsabilidades se salva el poder en su conjunto. De lo que es
culpable Andreotti no es culpable Fanfani; de lo que ha sido culpable Gronchi
no ha sido culpable Segni y así sucesivamente y viceversa.
Hasta ahora nadie ha tenido el valor de abarcar el Conjunto en una mirada
única.
Al mismo tiempo, fuera de Palacio, un País de cincuenta millones
de habitantes está experimentando la mutación cultural más
profunda de su historia (coincidiendo con su primera unificación
real): una mutación que, por ahora, lo degrada y lo echa a perder.
Pero también aquí nuestras consciencias de observadores se
han manchado, como decía, con la falta imperdonable de haber “separado
los fenómenos” de esa degradación y empeoramiento: de no
habernos atrevido nunca a abarcar el Conjunto en una sola mirada.
Te pondré dos ejemplos menores pero característicos.
I) A propósito de la «separación de los fenómenos»
de Palacio, he aquí una anécdota divertida. Tras la famosa
noche en que fue reducido, por otra parte injustamente, a chivo expiatorio,
Fanfani despotricó contra un ingrato protegido suyo, uno de esos
(no recuerdo su nombre) de lo que vulgarmente se llama el «pesebre»
del poder. Ese hombre (según Fanfani) se había venido prosternando
desde hacía tiempo ante el poderoso secretario de la DC para obtener
no sé qué cargo ministerial; le había adulado del
modo más obsceno («poniendo la chaqueta a mis pies»,
dice literalmente Fanfaní). En resumen: Fanfani le dio a su adulador
el cargo tan ardientemente deseado. Sabemos así cómo se asigna
en Italia un cargo público a nivel de gobierno. Ahora bien: si sucede
todo esto, eso significa o bien que el régimen parlamentario no
funciona (y entonces los extraparlamentarios tienen razón) o bien
que es necesario hacerlo funcionar... Sin embargo, una vez más,
no nos adelantemos. Incluso los observadores mejor informados, al no perder
la compostura ante la impúdica confesión de Fanfani (tal
vez por exceso de aristocrático desprecio), se han convertido a
su vez en cómplices suyos; y lo que es peor: han seguido sin querer
tomar en consideración esta generosa donación de cargos públicos
como una de las tantas piezas que forman un mosaico. No han querido ver
el mosaico.
II) A propósito de la «separación de los fenómenos»
del País, me viene a la memoria, entre muchas, una noticia que apareció
hace algún tiempo en los diarios a propósito de un congreso
sobre la delincuencia de menores en Italia. Los datos sobre delincuencia
juvenil que resumía el informe periodístico eran terroríficos:
como para revolucionar por completo la idea que en Italia se tiene del
«menor». También en este caso ocurrió lo mismo:
en nuestra consciencia la «delincuencia juvenil» no es más
que una de las piezas (o más bien la fórmula de una de las
piezas) que componen el mosaico de la realidad italiana. Que no se puede
mirar en su conjunto sin quedarse de piedra.
Por consiguiente, en lo que respecta a un observador o a un lugar de observación
como es una revista (por ejemplo la que tú diriges): a) lo
que ocurre en Palacio y lo que ocurre en el País son dos realidades
separadas, cuyas coincidencias son sólo mecánicas o formales,
ya que cada realidad va por su lado; b) en estas dos realidades
distintas la misma diacronía que las separa se repite en los fenómenos
que tienen lugar en su interior.
La causa principal de esa separación entre el Palacio y el País,
y de la consiguiente compartimentación de los fenómenos en
el interior de Palacio y en el interior del País, consiste en la
radical mutación del «modo de producción» (cantidades
enormes, transnacionalidad, función hedonista); el nuevo poder real
que ha nacido de ahí se ha deshecho de los hombres que hasta ese
momento habían servido al viejo poder clerical-fascista, convirtiéndolos
en solitarios bufones de Palacio, y se ha precipitado sobre el País
para consumar «por anticipado» sus genocidios.
Me dirás: «Esta
carta tuya me parece un poco torpe y repetitiva. Quandoquidem et Cato
dormitat?» Y tienes razón, pero con esto termino la primera
parte, laboriosa, de la presente carta. Y paso a la conclusión,
que pese a ser perfectamente lógica resulta también perturbadora.
En el mecanismo que te he descrito (Palacio, País, Nuevo Poder),
también intervienen otras fuerzas, el PSI y el PCI, que estarían
al margen de esa mecánica. Y tendrían que estarlo precisamente
porque su interpretación de la realidad debería ser cultural
y no pragmática: al politizarlo todo se debería ver el conjunto;
y por tanto el principio, el lugar por donde se podría, justamente,
volver a empezar.
¿Por qué, pues, tanto el PSI como el PCI aplazan cualquier
forma de interpretación, por tímida que sea, del Conjunto,
adaptándose también ellos a la primera regla a que se atienen
todos los observadores políticos italianos, de cualquier clase y
partido, esto es, la regla de intervenir sólo de fenómeno
en fenómeno?
Las hipótesis
son dos:
I) El PSI y el PCI ya no tienen una interpretación cultural de la
realidad, y se han identificado ya, en la práctica y con sentido
común, con la DC: han aceptado el Desarrollo, con todo lo que (en
mi opinión falsamente) conlleva de democrático, de tolerante
y de progresista. En esta hipótesis ciertamente tienen sentido las
enloquecidas presiones, que vienen ya de todas partes, para que la DC “aprenda”
algo del PCI, en particular de su relación real con las masas. Y,
efectivamente, en ese caso el PCI tendría algo que enseñarle
a la DC; algo indiscutiblemente fundamental: la honradez.
II) El PSI y el PCI, por el contrario, conservan todavía su visión
ya clásica de interpretación «alternativa» de
la realidad, pero no la usan. Y no la usan porque si lo hicieran
tendrían que recurrir, lógicamente, a soluciones extremas.
¿Cuáles
serían esas soluciones extremas? ¿Acaso las de los extremistas?
En absoluto; eso no
tendría nada que ver con el método, muy consolidado a estas
alturas, del PSI y especialmente del PCI: esas soluciones extremas se mantendrían
dentro del marco de la Constitución y del parlamentarismo; consistirían
incluso -siguiendo si acaso un estilo de carácter radical- en la
exaltación de la Constitución y del sistema parlamentario.
En conclusión: lo primero que deberían hacer el PSI y el
PCI (si esta hipótesis es correcta) es llevar ante un tribunal a
los democristianos que han gobernado Italia durante estos treinta años
(especialmente durante los diez últimos). Me refiero en concreto
a un proceso penal, ante un tribunal. Andreotti, Fanfani, Rumor y
al menos una docena más de hombres de poder democristianos (quizá
incluyendo por corrección a algún presidente de la República)
deberían ser llevados, como Nixon, al banquillo de los acusados.
O mejor no, no como Nixon, por guardar las debidas proporciones: como Papadopulos.
Visto, entre otras cosas, que Ford ha salvado a Nixon del verdadero proceso.
Al banquillo de los acusados como Papadopulos. Y acusados allí de
una cantidad inmensa de crímenes, que yo enuncio sólo en
términos morales (confiando en la posibibilídad de que tarde
o temprano se reúna un «tribunal Russell» por fin comprometido,
y no conformista y triunfalista como de costumbre): deshonestidad; desprecio
por los ciudadanos; defraudación de fondos públicos; cohecho
con las gentes del petróleo, con los industriales, con los banqueros;
connivencia con la mafia; alta traición en favor de una potencia
extranjera; colaboración con la CIA; uso ilegal de entes como el
SID responsabilidad por los atentados de Milán, Brescia y
Bolonia (al menos por su culpable incapacidad para castigar a los
ejecutores); destrucción paisajística y urbanística
de Italia; responsabilidad por la degradación antropólógica
de los italianos (responsabilidad, ésta, agravada por su total inconsciencia);
responsabilidad por la situación espantosa, como suele decirse,
de las escuelas, de los hospitales y de toda obra pública básica;
responsabilidad por el abandono «salvaje» del campo; responsabilidad
por la explosión «salvaje» de la cultura de masas y
de los massmedia; responsabilidad por la estupidez delictiva de la televisión;
responsabilidad por la decadencia de la Iglesia; y, por último,
además de todo lo anterior, quizá, reparto borbónico
de cargos públicos a aduladores.
Sin un proceso penal así es inútil esperar que haya algo
que hacer por nuestro País. Está claro además que
la respetabilidad de algunos democristianos (Moro, Zaccagnini) o la moralidad
de los comunistas no sirven para nada.
«Il Mondo», 28
de agosto de 1975» .
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Mariano Rumor
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Mario Scelba
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Giovanni Gronchi
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Giovanni Leone
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Bisognerebbe processare
i gerarchi Dc
Caro Ghirelli, credo
che mi resterà a lungo impressa nella memoria la prima pagina del
«Giorno» del 21 luglio 1975. Era una pagina anche tipograficamente
particolare: simmetrica e squadrata come il blocco di scrittura di un manifesto,
e, al centro, un’unica immagine anch’essa perfettamente regolare, formata
dai riquadri uniti di quattro fotografie di quattro potenti democristiani.
Quattro: il numero di De Sade. Parevano infatti le fotografie di
quattro giustiziati, scelte dai familiari tra le loro migliori, per essere
messe sulla lapide. Ma, al contrario, non si trattava di un avvenimento
funebre, bensì di un rilancio, di una resurrezione. Quelle fotografie
al centro della monolitica pagina del «Giorno» parevano infatti
voler dire allo sbalordito lettore, che quella lì era la vera realtà
fisica e umana dei quattro potenti democristiani. Che gli scherzi erano
finiti. Che le raggianti risate di chi detiene il potere non sfiguravano
più le loro facce. Né le sfigurava più l’ammiccante
furbizia. Il brutto sogno si era dissolto nella chiara luce del mattino.
Ed eccoli lì, veri. Seri, dignitosi, senza smorfie, senza ghigno,
senza demagogia, senza la bruttura della colpevolezza, senza la vergogna
della servilità, senza l’ignoranza provinciale. Si erano rinfilati
il doppiopetto e li baciava in fronte il futuro delle persone serie.
Sarei però ingiusto se non aggiungessi che il «Giorno»
non è stato il solo ad assumersi il ruolo di rassicurare, in quel
momento, la nazione, e di dare il crisma della pacificazione generale alla
soluzione del quadrumvirato (e poi a quella del «rispettabile»
Zaccagnini). Anche il “Corriere della Sera” ha manifestato, per esempio,
lo stesso sentimento di sollievo. E del resto tutta la stampa italiana:
anche quella borghese più sprezzantemente all’opposizione.
Ciò che se ne desume è questo: tutto il mondo politico italiano
era, ed è, pronto ad accettare sostanzialmente la continuità
del potere democristiano, o con fiducia «miracolistica», mascherata
da serietà professionale, o con gratificante disprezzo.
Ora, quando si saprà, o, meglio, si dirà, tutta intera la
verità del potere di questi anni, sarà chiara anche la follia
dei commentatori politici italiani e delle élites colte italiane.
E quindi la loro omertà.
Del resto tale «verità del potere» è già
nota, ma è nota come è nota la «realtà del Paese»:
è nota cioè attraverso un’interpretazione che «divide
i fenomeni», e attraverso la decisione irrevocabile, nelle coscienze
di tutti, di non concatenarli.
Non praticare più la «divisione dei fenomeni», rendendoli,
così, logici in un tutto unico, significherebbe rompere - e certo
pericolosamente - una continuità. Ma non anticipiamo...
Tu, caro Ghirelli, ti sei accinto da qualche settimana all’impresa di dirigere
una rivista politico-culturale. Mai una simile impresa è stata più
difficile che in questi anni, perché mai la distanza tra il potere
(quello che in un articolo di varietà ho chiamato il «Palazzo»)
e il Paese è stata più grande. Si tratta (dicevo) di una
vera e propria diacronia storica: per cui nel Palazzo si reagisce a stimoli
ai quali non corrispondono più cause reali nel Paese. La meccanica
delle decisioni politiche del Palazzo è come impazzita: essa obbedisce
a regole la cui «anima» (Moro) è morta.
Ma c’è di più, come accennavo. I fenomeni (impazziti e marcescenti)
del Palazzo avvengono in comparti stagni, ognuno, si direbbe, dentro l’invalicabile
area di potere di uno degli appartenenti alla mafia oligarchica, che, provenuta
dal fondo della provincia più ignorante, governa da qualche decennio
l’Italia.
Ognuno di tali potenti si assume le sue responsabilità (mai però,
finora, pagate): e grazie a questa separazione delle responsabilità,
salva l’insieme del potere. Ciò di cui è colpevole Andreotti
non è colpevole Fanfani, ciò di cui è stato colpevole
Gronchi non è stato colpevole Segni, e così via e viceversa.
Nessuno ha mai avuto il coraggio di abbracciare con un solo sguardo l’Insieme.
Nel tempo stesso, fuori dal Palazzo, un Paese di cinquanta milioni di abitanti
sta subendo la più profonda mutazione culturale della sua storia
(coincidendo con la sua prima vera unificazione): mutazione che, per ora,
lo degrada e lo deturpa. Ma anche qui le nostre coscienze di osservatori
si sono macchiate dell’imperdonabile colpa di avere, come dicevo, «separato
i fenomeni» di tale degradazione e deterioramento: di non averne
mai osato abbracciare con un solo sguardo l’Insieme.
Ti faccio du esempi minimi ma tipici.
I) A proposito della «separazione dei fenomeni» di Palazzo,
ecco un divertente aneddoto. Dopo la famosa notte in cui è stato,
peraltro ingiustamente, ridotto a capro espiatorio, Fanfani si è
sfogato contro un suo protetto ingrato, uno (non ricordo come si chiami)
di quella che, del resto volgarmente, si definisce «greppia»
del potere. Costui (è Fanfani a parlare) si era a lungo prosternato
davanti al potente segretario della Dc per ottenere non so che carica ministeriale:
l’aveva adulato nel modo più osceno («gettando la sua giacca
sotto i miei piedi» dice esattamente Fanfani). In conclusione, Fanfani
ha concesso quella carica, tanto ardentemente desiderata, al suo adulatore.
Sappiamo, così, come in Italia viene concessa una carica pubblica
a
livello di governo. Ora, se tutto ciò accade, vuol dire o che un
regime parlamentare non funziona (e allora hanno ragione gli extraparlamentari),
oppure che bisogna farlo funzionare... Ma, ancora, non anticipiamo. Anche
gli osservatori più informati, non scomponendosi (sia pure per eccesso
di aristocratico disprezzo) di fronte a questa impudente confessione di
Fanfani, si sono resi, intanto, suoi complici: ma, quel che è peggio,
hanno appunto continuato a non voler considerare questa elargizione di
cariche pubbliche come una delle tante tessere che formano un mosaico:
non hanno voluto vedere il mosaico.
II) A proposito della «separazione dei fenomeni» del Paese,
mi viene in mente, fra le tante, la notizia apparsa qualche tempo fa sui
giornali a proposito di un convegno sulla criminalità minorile in
Italia. I dati che in quella notizia giornalistica si riassumevano, in
merito alla criminalità minorile, erano terrificanti: tali da rivoluzionare
del tutto l’idea che si ha del «minore» in Italia. Ma anche
qui: la «criminalità minorile» non è nella nostra
coscienza che una delle tessere (anzi, la formula di una delle tessere)
che compongono il mosaico della realtà italiana. Che non si può
guardare nel suo insieme se non a costo di restare impietriti.
Dunque, per quanto riguarda un osservatore, o un luogo di osservazione
com’è una rivista (per esempio quella che tu dirigi): a)
ciò che succede nel Palazzo e ciò che succede nel Paese sono
due realtà separate, le cui coincidenze sono solo meccaniche o formali:
ognuna in effetti va per conto suo; b) in queste due diverse realtà,
la stessa diacronia che le separa si ripete nei fenomeni che avvengono
nel loro interno.
La causa prima di tale separazione tra il Palazzo e il Paese, e della conseguente
separazione dei fenomeni all’interno del Palazzo e del Paese, consiste
nella radicale mutazione del «modo di produzione» (enorme quantità,
transnazionalità, funzione edonistica): il nuovo potere reale che
ne è nato ha scavalcato gli uomini che fino a quel momento avevano
servito il vecchio potere clerico-fascista, lasciandoli soli a fare i buffoni
nel Palazzo, e si è gettato nel Paese a compiere «anticipatamente»
i suoi genocidi.
Tu mi dirai: «Questa tua lettera mi sembra un pochino goffa e ripetitiva.
Quandoquidem
et Cato dormitat?». Si, è vero, ma qui è finita
la prima parte, diligente, della presente mia lettera. E vengo alla conclusione
che, essendo perfettamente logica, è anche sconvolgente.
Nel meccanismo (Palazzo, Paese, Nuovo Potere) che ti ho descritto, intervengono
anche altre forze: il Psi, il Pci, che da tale meccanica sarebbero libere.
E sarebbero libere precisamente perché la loro interpretazione della
realtà dovrebbe essere culturale e non pragmatica: politicizzando
il tutto, se ne dovrebbe vedere l’insieme: e quindi il principio: per cui
si potrebbe, appunto, ricomincare.
Perché allora sia il Psi che il Pci sospendono ogni forma, sia pur
timida, di interpretazione dell’Insieme, adeguandosi anch’essi alla regola
prima cui si attengono tutti gli osservatori politici italiani, di ogni
classe e partito, la regola cioè di intervenire solo fenomeno per
fenomeno?
Le ipotesi sono due:
I) Il Psi e il Pci non possiedono più una interpretazione culturale
della realtà, essendosi ormai identificati, nel pragma e nel buon
senso, con la Dc: accettazione dello Sviluppo, con quanto di democratico,
tollerante, progressista esso (falsamente, io sostengo) comporta. In tale
ipotesi valgono certamente le pazzesche sollecitazioni, che si levano ormai
da ogni parte, alla Dc di «imparare» qualcosa dal Pci, specie
nel suo rapporto reale con le masse. Ed effettivamente in tal caso il Pci
avrebbe qualcosa da insegnare alla Dc, qualcosa di indubbiamente fondamentale:
l’onestà.
II) Il Psi e il Pci possiedono invece, ancora, la loro visione ormai classica
di interpretazione «altra» della realtà, ma non ne
fanno uso. E non ne fanno uso perché, se ne facessero uso, essi
dovrebbero ricorrere, logicamente, a soluzioni estreme.
E quali sarebbero queste soluzioni estreme? Forse quelle degli estremisti?
Non proprio: ciò non rientrerebbe nel metodo, ormai ben stabilizzato,
del Psi e specialmente del Pci: tali soluzioni estreme si manterrebbero
nell’ambito della Costituzione e del parlamentarismo: anzi, sarebbero -
secondo uno stile semmai di carattere radicale - l’esaltazione della Costituzione
e del parlamentarismo.
In conclusione, il Psi e il Pci dovrebbero per prima cosa (se vale questa
ipotesi) giungere ad un processo degli esponenti democristiani che hanno
governato in questi trent’anni (specialmente gli ultimi dieci) l‘Italia.
Parlo proprio di un processo penale, dentro un tribunale. Andreotti, Fanfani,
Rumor, e almeno una dozzina di altri potenti democristiani (compreso forse
per correttezza qualche presidente della Repubblica) dovrebbero essere
trascinati, come Nixon, sul banco degli imputati. Anzi, no, non come Nixon,
restiamo alle giuste proporzioni: come Papadopulos. Visto fra l’altro che
Nixon è stato salvato da Ford dal processo vero e proprio. Nel banco
degli imputati come Papadopulos. E quivi accusati di una quantità
sterminata di reati, che io enuncio solo moralmente (sperando nell’eventualità
che, almeno, venga prima o poi celebrato un «processo Russell»
finalmente impegnato e non conformistico e trionfalistico com’è
di solito): indegnità, disprezzo per i cittadini, manipolazione
del denaro pubblico, intrallazzo con i petrolieri, con gli industriali,
con i banchieri, connivenza con la mafia, alto tradimento in favore di
una nazione straniera, collaborazione con la Cia, uso illecito di enti
come il Sid, responsabilità nelle stragi di Milano, Brescia e Bologna
(almeno in quanto colpevole incapacità di punirne gli esecutori),
distruzione paesaggistica e urbanistica dell’Italia, responsabilità
della degradazione antropologica degli italiani (responsabilità,
questa, aggravata dalla sua totale inconsapevolezza), responsabilità
della condizione, come suol dirsi, paurosa, delle scuole, degli ospedali
e di ogni opera pubblica primaria, responsabilità dell’abbandono
«selvaggio» delle campagne, responsabilità dell‘esplosione
«selvaggia» della cultura di massa e dei mass media, responsabilità
della stupidità delittuosa della televisione, responsabilità
del decadimento della Chiesa, e infine, oltre a tutto il resto, magari,
distribuzione borbonica di cariche pubbliche ad adulatori.
Senza un simile processo penale, è inutile sperare che ci sia qualcosa
da fare per il nostro Paese. È chiaro infatti che la rispettabilità
di alcuni democristiani (Moro, Zaccagnini) o la moralità dei comunisti
non servono a nulla.
«Il Mondo», 28
agosto 1975
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