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¿Por qué
el Proceso?
Queridos colegas
de La Stampa: en un editorial del 14 de septiembre habéis escrito
«el Proceso, ¿y luego qué?». Bien: si cuentan
los próximos diez años de nuestra vida (es decir, si son
historia), luego algo se sabrá. Si, por el contrario, cuentan los
próximos diez mil años (es decir, la vida del mundo), luego
todo es pleonástico y vano.
Yo, personalmente, tiendo a dar una importancia infinitamente mayor a los
próximos diez mil años que a los próximos diez; y
si me intereso por los próximos diez es por pura filosofía
de la virtud.
¿Qué es necesario saber, o mejor dicho, qué es lo
que los ciudadanos quieren saber para que los próximos diez años
de su vida no les sean sustraídos (como ha ocurrido con los diez
últimos)?
Repetiré una vez más la letanía, tal vez a costa de
hacer, con respecto a la virtud, un mero ejercicio académico.
Los ciudadanos italianos quieren saber conscientemente por qué en
estos diez años de denominado bienestar se ha gastado en todo salvo
en los servicios públicos de primera necesidad: hospitales, escuelas,
asilos, hospicios, espacios verdes, bienes naturales, es decir, culturales.
Los ciudadanos italianos quieren saber conscientemente por qué en
estos diez años de denominada tolerancia se ha hecho aún
más profunda la división entre la Italia septentrional y
la Italia meridional, convirtiendo cada vez más a los meridionales
en ciudadanos de segunda.
Los ciudadanos italianos quieren saber conscientemente por qué en
estos diez años de denominada civilización tecnológica
se han realizado desastres inmobiliarios, urbanísticos, paisajísticos
y ecológicos tan salvajes, abandonando el campo a sí mismo,
siempre salvajemente.
Los ciudadanos italianos quieren saber conscientemente por qué en
estos diez años de denominado progreso la «masa» se
ha depauperado y degradado tanto desde el punto de vista humano.
Los ciudadanos italianos quieren saber conscientemente por qué en
estos diez años de denominado laicismo el único discurso
laico ha sido ese discurso sucio de la televisión (que se ha unido
a la escuela en una obra quizá irreversible de deseducación
de la gente).
Los ciudadanos italianos quieren saber conscientemente por qué en
estos diez años de denominada democratización (resulta casi
cómico decirlo: ninguna «cultura» ha sido más
unificadora que la «cultura» de estos diez años) las
descentralizaciones únicamente han servido como cobertura cínica
de las maniobras de un viejo subgobierno clerical-fascista convertido en
meramente mafioso.
He dicho y repetido la palabra «por qué»: los italianos
no quieren saber conscientemente que estos fenómenos existen objetivamente
ni cuáles sean sus posibles remedios, sino que, ante todo, quieren
saber por qué existen.
Vosotros decís, queridos colegas de La Stampa, que de hacer saber
estas cosas a los italianos se encarga el juego democrático, o sea,
las críticas que los partidos se dirigen mutuamente —incluso violentamente—
y, en especial, las críticas que todos los partidos dirigen a la
Democracia Cristiana. No. No es así. Y precisamente por las razones
que vosotros mismos (contradiciéndoos) sostenéis: es decir,
por la razón de que, cada cual en diferente medida y de diferente
modo, todos los políticos y todos los partidos comparten
con la Democracia Cristiana la ceguera y la responsabilidad.
Así pues, ante todo, los otros partidos no pueden dirigir
críticas objetivas y convincentes a la Democracia Cristiana desde
el momento en que tampoco ellos han comprendido ciertos problemas o, peor
todavía, también ellos han compartido ciertas decisiones.
Además, sobre toda la vida democrática italiana se cierne
la sospecha de complicidad por una parte y de ignorancia por otra, por
lo cual nace -casi por sí mismo- un pacto natural con el poder:
una tácita diplomacia del silencio.
Un inventario, por sumario que sea, aunque en la medida de lo posible completo
y razonado de los fenómenos, es decir de las culpas, no se ha
hecho jamás. Quizás se considera insostenible hacerlo.
Porque, a las acusaciones que he inventariado aquí, siempre a propósito
de lo que los italianos quieren saber conscientemente, hay mucho que añadir.
Los italianos quieren saber conscientemente cuál ha sido el verdadero
papel del SIFAR .
Los italianos quieren saber conscientemente cuál ha sido el verdadero
papel del SID.
Los italianos quieren saber conscientemente cuál ha sido el verdadero
papel de la CIA.
Los italianos quieren saber conscientemente hasta qué punto la Mafia
ha participado en las decisiones del gobierno de Roma o ha colaborado con
él.
Los italianos quieren saber conscientemente cuál ha sido la realidad
de los llamados «golpes» fascistas.
Los italianos quieren saber conscientemente de qué cerebros y en
qué lugares surgió el proyecto de la «estrategia de
la tensión» (primero anticomunista y luego antifascista, indistintamente).
Los italianos quieren saber conscientemente quién creó el
caso Valpreda .
Los italianos quieren saber conscientemente quiénes son los ejecutores
materiales y los mandantes, nacionales, de los atentados de Milán,
Brescia y Bolonia.
Pero los italianos -y éste es el nudo de la cuestión- quieren
saber todas estas cosas juntas: y junto con los demás
delitos potenciales con cuyo inventario he empezado. Mientras no sepamos
todas estas cosas juntas —y mientras la lógica que las conecta y
las une en un todo único se abandone a la sola fantasía de
los moralistas— la consciencia política de los italianos no podrá
producir nueva consciencia. Es decir, Italia no podrá ser gobernada.
El Proceso Penal del que hablo tiene (en mi fantasía de moralista)
la figura, el sentido y el valor de una Síntesis. La exclusión
y el proceso (instruido -decía- aunque no celebrado) de Nixon debería
significar algo para vosotros, que creéis en este juego democrático.
Si en América se hubiese desarrollado contra Nixon el juego democrático,
tal como vosotros parecéis concebirlo, Nixon aún estaría
allí y América no sabría lo que sabe sobre sí
misma; o, al menos, no habría tenido la confirmación, por
formal que sea (y es importante), de la bondad de eso que considera bueno:
la democracia misma.
Pero si (como me parece evidente, con irremediable mortificación)
la opinión pública italiana —que también vosotros
representáis— no quiere saber —o se contenta con sospechar—, el
juego democrático no es formal: es falso.
Además, si la voluntad consciente de saber de los ciudadanos italianos
no tiene la fuerza de obligar al poder a autocriticarse y a desenmascararse
—aunque sólo fuera según el modelo americano— esto significa
que el nuestro es un país muy pobre; más aún: digamos,
incluso, un país miserable.
Hay cosas, además (y en este punto sigo más que nunca en
el puro espíritu de la Stoa), que los ciudadanos italianos quieren
saber, aunque sin haber formulado con la suficiente claridad su voluntad
de saber: eso se demuestra donde el juego democrático, precisamente,
es falso; donde todos juegan con el poder; donde la ceguera de los políticos
está hoy más consolidada.
Los italianos quieren saber también, por tanto, qué es con
precisión la «condición humana» -política
y social- en la que, casi como por una catástrofe natural, han sido
forzados a vivir: primero por las ilusiones nefastas y degradantes del
bienestar, y luego por las ilusiones frustrantes, no del retorno, a la
pobreza, ¡no!, sino del recorte del bienestar.
Los italianos quieren saber también qué es, qué límites
tiene, qué futuro prevé, la «nueva cultura» -en
sentido antropológico- en la que viven como en un sueño:
una cultura niveladora, degradante, vulgar (especialmente en la última
generación).
Los italianos quieren saber también qué es, y cómo
se define verdaderamente, el «nuevo tipo de poder» en el que
esa cultura se ha producido: pues el poder clerical-fascista está
en decadencia y hoy sólo obliga ya a «luchas retardadas»
(la condena a muerte de los antifranquistas, las relaciones entre la vieja
generación mafiosa y la nueva en el sur, etcétera).
Los italianos quieren saber también, sobre todo, qué es y
cómo se define el «nuevo modo de producción»
(del que ha nacido ese «nuevo poder» y, por consiguiente, esa
«nueva cultura»); y si por casualidad ese «nuevo modo
de producción» -introduciendo un nuevo tipo de mercancías
y por tanto un nuevo tipo de humanidad- no producirá por
vez primera en la historia «relaciones sociales inmodificables»,
es decir, sustraídas y negadas, de una vez para siempre, a cualquier
forma posible de «alteridad».
Sin saber qué es este «nuevo modo de producción»,
este «nuevo poder» y esta «nueva cultura» no se
puede gobernar; no se pueden tomar decisiones políticas (salvo las
que sólo sirven para aguantar hasta el día siguiente, como
hace Moro).
Los hombres de poder democristianos que nos han gobernado en estos últimos
diez años ni siquiera han sabido plantearse el problema de este
«nuevo modo de producción» y de esta «nueva cultura»,
salvo en los meandros de su Casa de locos, y siguen creyendo que sirven
al poder establecido, clerical-fascista. Esto les ha llevado a desequilibrios
trágicos que han reducido nuestro país a un estado tal que
muchas veces he comparado con las ruinas de 1945.
Este es el auténtico crimen político del que son culpables
los poderosos democristianos, por el que merecerían ser llevados
a la sala de un tribunal y procesados.
No digo con esto que otros políticos se hayan planteado los problemas
que no se han planteado los sacristanes en el poder o que, a diferencia
de ellos, hayan sabido resolverlos. También los comunistas, por
ejemplo, han confundido el nivel de vida del obrero con su vida, y el desarrollo
con el progreso. Pero los errores cometidos por los comunistas —si los
han cometido— han sido errores teóricos. No estaban en el gobierno;
no detentaban el poder. Ellos no robaban a los italianos. Los que asumían
las responsabilidades son los que deben pagar, queridos colegas de La Stampa,
y estoy convencido de que estáis completamente de acuerdo conmigo.
Una última observación que, por otra parte, me parece capital.
La investigación judicial sobre los «golpes»
(Tamburino, Vitalone,...), el sumario sobre la muerte de Pinelli, el proceso
Valpreda, el proceso Freda y Ventura, los varios procesos sobre los delitos
neo- fascistas, ¿por qué no avanzan lo más mínimo?
¿Por qué está todo inmóvil como en un cementerio?
Es espantosamente claro. Porque todas estas investigaciones y procesos,
una vez llevados a cabo, sólo conducirían al Proceso del
que estoy hablando. Así pues, en el centro y en el fondo de
todo esto está el problema de la Judicatura y de sus opciones políticas.
Pero mientras que todos nosotros, queridos colegas de La Stampa, tenemos
el valor de hablar contra los políticos, porque en el fondo los
políticos son cínicos, disponibles, pacientes, pícaros,
grandes encajadores y tienen cierto fair play, aunque sea provinciano
y grosero, a propósito de los Magistrados, en cambio, todos permanecemos
callados; cívica y seriamente callados. ¿Por qué?
Esta es la última atrocidad que hay que decir: porque tenemos
miedo.
«Il Corriere della
Sera», 28 de septiembre de 1975

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Perché il
Processo
Cari colleghi della
«Stampa», «il Processo» avete scritto in un fondo
del 14 settembre «e poi?». Bene, se i prossimi dieci anni della
nostra vita contano (sono, cioè storia) poi si sarà saputo
qualcosa. Se invece quelli che contano sono i prossimi diecimila anni (cioè
la vita del mondo), poi tutto è pleonastico e vano.
Io, per me, tendo a dare infinitamente maggiore importanza ai prossimi
diecimila anni che ai prossimi dieci: e, se mi interesso ai prossimi dieci,
è per pura filosofia della virtù.
Che cosa è necessario sapere, o meglio, che cosa i cittadini italiani
vogliono sapere, affinché i prossimi dieci anni della loro vita
non siano loro sottratti (come è stato per gli ultimi dieci )?
Ripeterò ancora una volta la litania magari a costo di fare, a dispetto
della virtù, del mero esercizio accademico.
I cittadini italiani vogliono consapevolmente sapere perché in questi
dieci anni di cosiddetto benessere si è speso in tutto fuorché
nei servizi pubblici di prima necessità: ospedali, scuole, asili,
ospizi, verde pubblico, beni naturali cioè culturali.
I cittadini italiani vogliono consapevolmente sapere perché in questi
dieci anni di cosiddetta tolleranza si è fatta ancora più
profonda la divisione tra Italia Settentrionale e Italia Meridionale, rendendo
sempre più, i meridionali, cittadini di seconda qualità.
I cittadini italiani vogliono consapevolmente sapere perché in questi
dieci anni di cosiddetta civiltà tecnologica si siano compiuti così
selvaggi disastri edilizi, urbanistici, paesaggistici, ecologici, abbandonando,
sempre selvaggiamente, a se stessa la campagna.
I cittadini italiani vogliono consapevolmente sapere perché in questi
dieci anni di cosiddetto progresso la «massa», dal punto di
vista umano, si sia così depauperata e degradata.
I cittadini italiani vogliono consapevolmente sapere perché in questi
dieci anni di cosiddetto laicismo l’unico discorso laico sia stato quello,
laido, della televisione (che si è unita alla scuola in una forse
irriducibile opera di diseducazione della gente).
I cittadini italiani vogliono consapevolmente sapere perché in questi
dieci anni di cosiddetta democratizzazione (è quasi comico il dirlo:
se mai «cultura» è stata più accentatrice che
la «cultura» di questi dieci anni) i decentramenti siano serviti
unicamente come cinica copertura alle manovre di un vecchio sottogoverno
clerico-fascista divenuto meramente mafioso.
Ho detto e ripetuto la parola «perché»: gli italiani
non vogliono infatti consapevolmente sapere che questi fenomeni oggettivamente
esistono, e quali siano gli eventuali rimedi: ma vogliono sapere, appunto,
e prima di tutto, perché esistono.
Voi dite, cari colleghi della «Stampa», che a far sapere tutte
queste cose agli italiani provvede il gioco democratico, ossia le critiche
che i partiti si muovono a vicenda - anche violentemente - e, in specie,
le critiche che tutti i partiti muovono alla Democrazia cristiana. No.
Non è così. E proprio per la ragione che voi stessi (contraddicendovi)
sostenete: e cioè per la ragione che, ognuno in diversa misura e
in diverso modo, tutti gli uomini politici e tutti i partiti
condividono con la Democrazia cristiana cecità e responsabilità.
Dunque, prima di tutto, gli altri partiti non possono muovere critiche
oggettive e convincenti alla Democrazia cristiana, dal momento che anch’essi
non hanno capito certi problemi o, peggio ancora, anch’essi hanno condiviso
certe decisioni.
Inoltre su tutta la vita democratica italiana incombe il sospetto di omertà
da una parte e di ignoranza dall’altra, per cui nasce - quasi da se stesso
- un naturale patto col potere: una tacita diplomazia del silenzio.
Un elenco, anche sommario, ma, per quanto é possibile, completo
e ragionato, dei fenomeni, cioè delle colpe, non è mai
stato fatto. Forse la cosa è considerata insostenibile.
Perché, ai capi di imputazione che ho qui sopra elencato, c’è
molto altro da aggiungere - sempre a proposito di ciò che gli italiani
vogliono consapevolmente sapere.
Gli italiani vogliono consapevolmente sapere quale sia stato il vero ruolo
del Sifar.
Gli italiani vogliono consapevolmente sapere quale sia stato il vero ruolo
del Sid.
Gli italiani vogliono consapevolmente sapere quale sia stato il vero ruolo
della Cia.
Gli italiani vogliono consapevolmente sapere fino a che punto la Mafia
abbia partecipato alle decisioni del governo di Roma o collaborato con
esso.
Gli italiani vogliono consapevolmente sapere quale sia la realtà
dei cosiddetti golpe fascisti.
Gli italiani vogliono consapevolmente sapere da quali menti e in quale
sede sia stato varato il progetto della «strategia della tensione»
(prima anticomunista e poi antifascista, indifferentemente).
Gli italiani vogliono consapevolmente sapere chi ha creato il caso Valpreda.
Gli italiani vogliono consapevolmente sapere chi sono gli esecutori materiali
e i mandanti, connazionali, delle stragi di Milano, di Brescia, di Bologna.
Ma gli italiani - e questo è il nodo della questione - vogliono
sapere tutte queste cose insieme: e insieme agli altri potenziali
reati col cui elenco ho esordito. Fin che non si sapranno tutte queste
cose insieme - e la logica che le connette e le lega in un tutto
unico non sarà lasciata alla sola fantasia dei moralisti - la coscienza
politica degli italiani non potrà produrre nuova coscienza. Cioè
l’Italia non potrà essere governata.
Il Processo Penale di cui parlo ha (nella mia fantasia di moralista) la
figura, il senso e il valore di una Sintesi. La cacciata e il processo
(istruito - dicevo - se non celebrato) di Nixon dovrebbe pur voler dire
qualcosa per voi, che credete in questo gioco democratico. Se contro
Nixon in America si fosse svolto un gioco democratico, quale sembra esser
da voi concepito, Nixon sarebbe ancora lì, e l’America non saprebbe
di sé ciò che sa: o almeno non avrebbe avuto la conferma,
sia pur formale (ed è importante) della bontà di ciò
che essa reputa buono: la propria democrazia.
Ma se (come mi pare evidente, con immedicabile mortificazione) l’opinione
pubblica italiana - che anche voi rappresentate - non vuole sapere - o
si accontenta di sospettare -, il gioco democratico non è formale:
è falso.
Inoltre
se la consapevole volontà di sapere dei cittadini italiani non ha
la forza di costringere il potere ad autocriticarsi e a smascherarsi -
se non altro secondo il modello americano -, ciò significa che il
nostro è un ben povero paese: anzi, diciamo pure, un paese miserabile.
Ci sono
inoltre delle cose (e a questo punto continuo, più che mai, nel
puro spirito della Stoà) che i cittadini italiani vogliono sapere,
pur senza aver formulato con la sufficiente chiarezza, io credo, la loro
volontà di sapere: fatto che si verifica là dove il gioco
democratico, appunto, è falso; dove tutti giocano con il potere;
e dove la cecità dei politici è ormai ben assodata.
Gli italiani
vogliono dunque sapere ancora cos’è con precisione la «condizione»
umana - politica e sociale - in cui sono stati e sono costretti a vivere
quasi come da un cataclisma naturale: prima, dalle illusioni nefaste e
degradanti del benessere e poi dalle illusioni frustranti, no, non del
ritorno della povertà, ma del rientro del benessere.
Gli italiani
vogliono ancora sapere che cos’è, che limiti ha, che futuro prevede,
la «nuova cultura» - in senso antropologico - in cui essi vivono
come in sogno: una cultura livellatrice, degradante, volgare (specie nell’ultima
generazione).
Gli italiani vogliono ancora sapere che cos’è, e come si definisce
veramente, il «nuovo tipo di potere» da cui tale cultura si
è prodotta: visto che il potere clerico-fascista è tramontato,
e ormai esso ad altro non costringe che a «lotte ritardate»
(la condanna a morte degli antifranchisti, i rapporti tra la vecchia e
la nuova generazione mafiosa nel Mezzogiorno ecc.).
Gli italiani vogliono ancora sapere, soprattutto, che cos’è e come
si definisce il «nuovo modo di produzione» (da cui sono nati
quel «nuovo potere» e, quindi, quella «nuova cultura»):
se per caso tale «nuovo modo di produzione» - introducendo
una nuova qualità di merce e perciò una nuova qualità
di umanità - non produca, per la prima volta nella storia, «rapporti
sociali immodificabili»: ossia sottratti e negati, una volta per
sempre, a ogni possibile forma di “alterità”.
Senza
sapere che cosa siano questo «nuovo modo di produzione», questo
“nuovo potere” e questa «nuova cultura», non si può
governare: non si possono prendere decisioni politiche (se non quelle che
servono a tirare avanti fino al giorno dopo, come fa Moro).
I potenti democristiani che ci hanno governato in questi ultimi dieci anni,
non hanno saputo neanche porsi il problema di tale «nuovo modo di
produzione», di tale «nuovo potere» e di tale «nuova
cultura», se non nei meandri del loro Palazzo di pazzi: e continuando
a credere di servire il potere istituito clerico-fascista. Ciò li
ha portati ai tragici scompensi che hanno ridotto il nostro paese in quello
stato, che più volte ho paragonato alle macerie del 1945.
È questo il vero reato politico di cui i potenti democristiani si
sono resi colpevoli: e per cui meriterebbero di essere trascinati in un’aula
di tribunale e processati.
Non dico, con questo, che anche altri uomini politici non si siano posti
i problemi che non si son posti i sacrestani al potere, o che, come loro,
non abbiano saputo risolverli. Anche i comunisti hanno per esempio confuso
il tenore di vita dell’operaio con la sua vita, e lo sviluppo col progresso.
Ma i comunisti hanno compiuto - se hanno compiuto - degli errori teorici.
Essi non erano al governo, non detenevano il potere. Essi non derubavano
gli italiani. Sono coloro che si sono assunti delle responsabilità
che devono pagare, cari colleghi della «Stampa», che, sono
certo, siete perfettamente d’accordo con me...
Un’ultima osservazione che mi sembra, del resto, capitale.
L’inchiesta sui golpe (Tamburino, Vitalone...), l’inchiesta sulla
morte di Pinelli, il processo Valpreda, il processo Freda e Ventura, i
vari processi contro i delitti neofascisti... Perché non va avanti
niente? Perché tutto è immobile come in un cimitero? È
spaventosamente chiaro. Perché tutte queste inchieste e questi processi,
una volta condotti a termine, ad altro non porterebbero che al Processo
di cui parlo io. Dunque, al centro e al fondo di tutto, c’é
il problema della Magistratura e delle sue scelte politiche.
Ma, mentre contro gli uomini politici, tutti noi, cari colleghi della «Stampa»,
abbiamo coraggio di parlare, perché in fondo gli uomini politici
sono cinici, disponibili, pazienti, furbi, grandi incassatori, e conoscono
un sia pur provinciale e grossolano fair play, a proposito dei Magistrati
tutti stiamo zitti, civicamente e seriamente zitti. Perché? Ecco
l’ultima atrocità da dire: perché abbiamo paura.
«Corriere della Sera»,
28 settembre 1975
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