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¿Por qué el Proceso? 
Perché il Processo
Saggi sulla politica e sulla società, Meridiani Mondadori, Milano 1999
(“Corriere della Sera”, 28 settembre 1975; poi in Lettere luterane)
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¿Por qué el Proceso?
Queridos colegas de La Stampa: en un editorial del 14 de septiembre habéis escrito «el Proceso, ¿y luego qué?». Bien: si cuentan los próximos diez años de nuestra vida (es decir, si son historia), luego algo se sabrá. Si, por el contrario, cuentan los próximos diez mil años (es decir, la vida del mundo), luego todo es pleonástico y vano. 
     Yo, personalmente, tiendo a dar una importancia infinitamente mayor a los próximos diez mil años que a los próximos diez; y si me intereso por los próximos diez es por pura filosofía de la virtud. 
     ¿Qué es necesario saber, o mejor dicho, qué es lo que los ciudadanos quieren saber para que los próximos diez años de su vida no les sean sustraídos (como ha ocurrido con los diez últimos)? 
     Repetiré una vez más la letanía, tal vez a costa de hacer, con respecto a la virtud, un mero ejercicio académico. 
     Los ciudadanos italianos quieren saber conscientemente por qué en estos diez años de denominado bienestar se ha gastado en todo salvo en los servicios públicos de primera necesidad: hospitales, escuelas, asilos, hospicios, espacios verdes, bienes naturales, es decir, culturales. 
     Los ciudadanos italianos quieren saber conscientemente por qué en estos diez años de denominada tolerancia se ha hecho aún más profunda la división entre la Italia septentrional y la Italia meridional, convirtiendo cada vez más a los meridionales en ciudadanos de segunda. 
     Los ciudadanos italianos quieren saber conscientemente por qué en estos diez años de denominada civilización tecnológica se han realizado desastres inmobiliarios, urbanísticos, paisajísticos y ecológicos tan salvajes, abandonando el campo a sí mismo, siempre salvajemente.
     Los ciudadanos italianos quieren saber conscientemente por qué en estos diez años de denominado progreso la «masa» se ha depauperado y degradado tanto desde el punto de vista humano. 
     Los ciudadanos italianos quieren saber conscientemente por qué en estos diez años de denominado laicismo el único discurso laico ha sido ese discurso sucio de la televisión (que se ha unido a la escuela en una obra quizá irreversible de deseducación de la gente). 
     Los ciudadanos italianos quieren saber conscientemente por qué en estos diez años de denominada democratización (resulta casi cómico decirlo: ninguna «cultura» ha sido más unificadora que la «cultura» de estos diez años) las descentralizaciones únicamente han servido como cobertura cínica de las maniobras de un viejo subgobierno clerical-fascista convertido en meramente mafioso. 
     He dicho y repetido la palabra «por qué»: los italianos no quieren saber conscientemente que estos fenómenos existen objetivamente ni cuáles sean sus posibles remedios, sino que, ante todo, quieren saber por qué existen. 
     Vosotros decís, queridos colegas de La Stampa, que de hacer saber estas cosas a los italianos se encarga el juego democrático, o sea, las críticas que los partidos se dirigen mutuamente —incluso violentamente— y, en especial, las críticas que todos los partidos dirigen a la Democracia Cristiana. No. No es así. Y precisamente por las razones que vosotros mismos (contradiciéndoos) sostenéis: es decir, por la razón de que, cada cual en diferente medida y de diferente modo, todos los políticos y todos los partidos comparten con la Democracia Cristiana la ceguera y la responsabilidad. 
     Así pues, ante todo, los otros partidos no pueden dirigir críticas objetivas y convincentes a la Democracia Cristiana desde el momento en que tampoco ellos han comprendido ciertos problemas o, peor todavía, también ellos han compartido ciertas decisiones. 
     Además, sobre toda la vida democrática italiana se cierne la sospecha de complicidad por una parte y de ignorancia por otra, por lo cual nace -casi por sí mismo- un pacto natural con el poder: una tácita diplomacia del silencio. 
     Un inventario, por sumario que sea, aunque en la medida de lo posible completo y razonado de los fenómenos, es decir de las culpas, no se ha hecho jamás. Quizás se considera insostenible hacerlo. 
     Porque, a las acusaciones que he inventariado aquí, siempre a propósito de lo que los italianos quieren saber conscientemente, hay mucho que añadir. 
     Los italianos quieren saber conscientemente cuál ha sido el verdadero papel del SIFAR . 
     Los italianos quieren saber conscientemente cuál ha sido el verdadero papel del SID. 
     Los italianos quieren saber conscientemente cuál ha sido el verdadero papel de la CIA. 
     Los italianos quieren saber conscientemente hasta qué punto la Mafia ha participado en las decisiones del gobierno de Roma o ha colaborado con él. 
     Los italianos quieren saber conscientemente cuál ha sido la realidad de los llamados «golpes» fascistas. 
     Los italianos quieren saber conscientemente de qué cerebros y en qué lugares surgió el proyecto de la «estrategia de la tensión» (primero anticomunista y luego antifascista, indistintamente). 
     Los italianos quieren saber conscientemente quién creó el caso Valpreda . 
     Los italianos quieren saber conscientemente quiénes son los ejecutores materiales y los mandantes, nacionales, de los atentados de Milán, Brescia y Bolonia. 
     Pero los italianos -y éste es el nudo de la cuestión- quieren saber todas estas cosas juntas: y junto con los demás delitos potenciales con cuyo inventario he empezado. Mientras no sepamos todas estas cosas juntas —y mientras la lógica que las conecta y las une en un todo único se abandone a la sola fantasía de los moralistas— la consciencia política de los italianos no podrá producir nueva consciencia. Es decir, Italia no podrá ser gobernada. 
     El Proceso Penal del que hablo tiene (en mi fantasía de moralista) la figura, el sentido y el valor de una Síntesis. La exclusión y el proceso (instruido -decía- aunque no celebrado) de Nixon debería significar algo para vosotros, que creéis en este juego democrático. Si en América se hubiese desarrollado contra Nixon el juego democrático, tal como vosotros parecéis concebirlo, Nixon aún estaría allí y América no sabría lo que sabe sobre sí misma; o, al menos, no habría tenido la confirmación, por formal que sea (y es importante), de la bondad de eso que considera bueno: la democracia misma. 
     Pero si (como me parece evidente, con irremediable mortificación) la opinión pública italiana —que también vosotros representáis— no quiere saber —o se contenta con sospechar—, el juego democrático no es formal: es falso. 
     Además, si la voluntad consciente de saber de los ciudadanos italianos no tiene la fuerza de obligar al poder a autocriticarse y a desenmascararse —aunque sólo fuera según el modelo americano— esto significa que el nuestro es un país muy pobre; más aún: digamos, incluso, un país miserable. 
     Hay cosas, además (y en este punto sigo más que nunca en el puro espíritu de la Stoa), que los ciudadanos italianos quieren saber, aunque sin haber formulado con la suficiente claridad su voluntad de saber: eso se demuestra donde el juego democrático, precisamente, es falso; donde todos juegan con el poder; donde la ceguera de los políticos está hoy más consolidada. 
     Los italianos quieren saber también, por tanto, qué es con precisión la «condición humana» -política y social- en la que, casi como por una catástrofe natural, han sido forzados a vivir: primero por las ilusiones nefastas y degradantes del bienestar, y luego por las ilusiones frustrantes, no del retorno, a la pobreza, ¡no!, sino del recorte del bienestar. 
     Los italianos quieren saber también qué es, qué límites tiene, qué futuro prevé, la «nueva cultura» -en sentido antropológico- en la que viven como en un sueño: una cultura niveladora, degradante, vulgar (especialmente en la última generación). 
     Los italianos quieren saber también qué es, y cómo se define verdaderamente, el «nuevo tipo de poder» en el que esa cultura se ha producido: pues el poder clerical-fascista está en decadencia y hoy sólo obliga ya a «luchas retardadas» (la condena a muerte de los antifranquistas, las relaciones entre la vieja generación mafiosa y la nueva en el sur, etcétera). 
     Los italianos quieren saber también, sobre todo, qué es y cómo se define el «nuevo modo de producción» (del que ha nacido ese «nuevo poder» y, por consiguiente, esa «nueva cultura»); y si por casualidad ese «nuevo modo de producción» -introduciendo un nuevo tipo de mercancías y por tanto un nuevo tipo de humanidad- no producirá por vez primera en la historia «relaciones sociales inmodificables», es decir, sustraídas y negadas, de una vez para siempre, a cualquier forma posible de «alteridad». 
     Sin saber qué es este «nuevo modo de producción», este «nuevo poder» y esta «nueva cultura» no se puede gobernar; no se pueden tomar decisiones políticas (salvo las que sólo sirven para aguantar hasta el día siguiente, como hace Moro). 
     Los hombres de poder democristianos que nos han gobernado en estos últimos diez años ni siquiera han sabido plantearse el problema de este «nuevo modo de producción» y de esta «nueva cultura», salvo en los meandros de su Casa de locos, y siguen creyendo que sirven al poder establecido, clerical-fascista. Esto les ha llevado a desequilibrios trágicos que han reducido nuestro país a un estado tal que muchas veces he comparado con las ruinas de 1945. 
     Este es el auténtico crimen político del que son culpables los poderosos democristianos, por el que merecerían ser llevados a la sala de un tribunal y procesados. 
     No digo con esto que otros políticos se hayan planteado los problemas que no se han planteado los sacristanes en el poder o que, a diferencia de ellos, hayan sabido resolverlos. También los comunistas, por ejemplo, han confundido el nivel de vida del obrero con su vida, y el desarrollo con el progreso. Pero los errores cometidos por los comunistas —si los han cometido— han sido errores teóricos. No estaban en el gobierno; no detentaban el poder. Ellos no robaban a los italianos. Los que asumían las responsabilidades son los que deben pagar, queridos colegas de La Stampa, y estoy convencido de que estáis completamente de acuerdo conmigo. 
     Una última observación que, por otra parte, me parece capital. 
     La investigación judicial sobre los «golpes» (Tamburino, Vitalone,...), el sumario sobre la muerte de Pinelli, el proceso Valpreda, el proceso Freda y Ventura, los varios procesos sobre los delitos neo- fascistas, ¿por qué no avanzan lo más mínimo? ¿Por qué está todo inmóvil como en un cementerio? Es espantosamente claro. Porque todas estas investigaciones y procesos, una vez llevados a cabo, sólo conducirían al Proceso del que estoy hablando. Así pues, en el centro y en el fondo de todo esto está el problema de la Judicatura y de sus opciones políticas. 
     Pero mientras que todos nosotros, queridos colegas de La Stampa, tenemos el valor de hablar contra los políticos, porque en el fondo los políticos son cínicos, disponibles, pacientes, pícaros, grandes encajadores y tienen cierto fair play, aunque sea provinciano y grosero, a propósito de los Magistrados, en cambio, todos permanecemos callados; cívica y seriamente callados. ¿Por qué? Esta es la última atrocidad que hay que decir: porque tenemos miedo

«Il Corriere della Sera», 28 de septiembre de 1975 


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Perché il Processo 
Cari colleghi della «Stampa», «il Processo» avete scritto in un fondo del 14 settembre «e poi?». Bene, se i prossimi dieci anni della nostra vita contano (sono, cioè storia) poi si sarà saputo qualcosa. Se invece quelli che contano sono i prossimi diecimila anni (cioè la vita del mondo), poi tutto è pleonastico e vano.
     Io, per me, tendo a dare infinitamente maggiore importanza ai prossimi diecimila anni che ai prossimi dieci: e, se mi interesso ai prossimi dieci, è per pura filosofia della virtù. 
     Che cosa è necessario sapere, o meglio, che cosa i cittadini italiani vogliono sapere, affinché i prossimi dieci anni della loro vita non siano loro sottratti (come è stato per gli ultimi dieci )? 
     Ripeterò ancora una volta la litania magari a costo di fare, a dispetto della virtù, del mero esercizio accademico. 
     I cittadini italiani vogliono consapevolmente sapere perché in questi dieci anni di  cosiddetto benessere si è speso in tutto fuorché nei servizi pubblici di prima necessità: ospedali, scuole, asili, ospizi, verde pubblico, beni naturali cioè culturali. 
     I cittadini italiani vogliono consapevolmente sapere perché in questi dieci anni di cosiddetta tolleranza si è fatta ancora più profonda la divisione tra Italia Settentrionale e Italia Meridionale, rendendo sempre più, i meridionali, cittadini di seconda qualità. 
     I cittadini italiani vogliono consapevolmente sapere perché in questi dieci anni di cosiddetta civiltà tecnologica si siano compiuti così selvaggi disastri edilizi, urbanistici, paesaggistici, ecologici, abbandonando, sempre selvaggiamente, a se stessa la campagna. 
     I cittadini italiani vogliono consapevolmente sapere perché in questi dieci anni di cosiddetto progresso la «massa», dal punto di vista umano, si sia così depauperata e degradata. 
     I cittadini italiani vogliono consapevolmente sapere perché in questi dieci anni di cosiddetto laicismo l’unico discorso laico sia stato quello, laido, della televisione (che si è unita alla scuola in una forse irriducibile opera di diseducazione della gente). 
     I cittadini italiani vogliono consapevolmente sapere perché in questi dieci anni di cosiddetta democratizzazione (è quasi comico il dirlo: se mai «cultura» è stata più accentatrice che la «cultura» di questi dieci anni) i decentramenti siano serviti unicamente come cinica copertura alle manovre di un vecchio sottogoverno clerico-fascista divenuto meramente mafioso. 
     Ho detto e ripetuto la parola «perché»: gli italiani non vogliono infatti consapevolmente sapere che questi fenomeni oggettivamente esistono, e quali siano gli eventuali rimedi: ma vogliono sapere, appunto, e prima di tutto, perché esistono. 
     Voi dite, cari colleghi della «Stampa», che a far sapere tutte queste cose agli italiani provvede il gioco democratico, ossia le critiche che i partiti si muovono a vicenda - anche violentemente - e, in specie, le critiche che tutti i partiti muovono alla Democrazia cristiana. No. Non è così. E proprio per la ragione che voi stessi (contraddicendovi) sostenete: e cioè per la ragione che, ognuno in diversa misura e in diverso modo, tutti gli uomini politici e tutti i partiti condividono con la Democrazia cristiana cecità e responsabilità. 
     Dunque, prima di tutto, gli altri partiti non possono muovere critiche oggettive e convincenti alla Democrazia cristiana, dal momento che anch’essi non hanno capito certi problemi o, peggio ancora, anch’essi hanno condiviso certe decisioni.
     Inoltre su tutta la vita democratica italiana incombe il sospetto di omertà da una parte e di ignoranza dall’altra, per cui nasce - quasi da se stesso - un naturale patto col potere: una tacita diplomazia del silenzio.
     Un elenco, anche sommario, ma, per quanto é possibile, completo e ragionato, dei fenomeni, cioè delle colpe, non è mai stato fatto. Forse la cosa è considerata insostenibile. 
     Perché, ai capi di imputazione che ho qui sopra elencato, c’è molto altro da aggiungere - sempre a proposito di ciò che gli italiani vogliono consapevolmente sapere. 
     Gli italiani vogliono consapevolmente sapere quale sia stato il vero ruolo del Sifar. 
     Gli italiani vogliono consapevolmente sapere quale sia stato il vero ruolo del Sid. 
     Gli italiani vogliono consapevolmente sapere quale sia stato il vero ruolo della Cia. 
     Gli italiani vogliono consapevolmente sapere fino a che punto la Mafia abbia partecipato alle decisioni del governo di Roma o collaborato con esso. 
     Gli italiani vogliono consapevolmente sapere quale sia la realtà dei cosiddetti golpe fascisti. 
     Gli italiani vogliono consapevolmente sapere da quali menti e in quale sede sia stato varato il progetto della «strategia della tensione» (prima anticomunista e poi antifascista, indifferentemente).
     Gli italiani vogliono consapevolmente sapere chi ha creato il caso Valpreda. 
     Gli italiani vogliono consapevolmente sapere chi sono gli esecutori materiali e i mandanti, connazionali, delle stragi di Milano, di Brescia, di Bologna.
     Ma gli italiani - e questo è il nodo della questione - vogliono sapere tutte queste cose insieme: e insieme agli altri potenziali reati col cui elenco ho esordito. Fin che non si sapranno tutte queste cose insieme - e la logica che le connette e le lega in un tutto unico non sarà lasciata alla sola fantasia dei moralisti - la coscienza politica degli italiani non potrà produrre nuova coscienza. Cioè l’Italia non potrà essere governata. 
     Il Processo Penale di cui parlo ha (nella mia fantasia di moralista) la figura, il senso e il valore di una Sintesi. La cacciata e il processo (istruito - dicevo - se non celebrato) di Nixon dovrebbe pur voler dire qualcosa per voi, che credete in questo gioco democratico. Se contro Nixon in America si fosse svolto un gioco democratico, quale sembra esser da voi concepito, Nixon sarebbe ancora lì, e l’America non saprebbe di sé ciò che sa: o almeno non avrebbe avuto la conferma, sia pur formale (ed è importante) della bontà di ciò che essa reputa buono: la propria democrazia. 
     Ma se (come mi pare evidente, con immedicabile mortificazione) l’opinione pubblica italiana - che anche voi rappresentate - non vuole sapere - o si accontenta di sospettare -, il gioco democratico non è formale: è falso.
    Inoltre se la consapevole volontà di sapere dei cittadini italiani non ha la forza di costringere il potere ad autocriticarsi e a smascherarsi - se non altro secondo il modello americano -, ciò significa che il nostro è un ben povero paese: anzi, diciamo pure, un paese miserabile. 
    Ci sono inoltre delle cose (e a questo punto continuo, più che mai, nel puro spirito della Stoà) che i cittadini italiani vogliono sapere, pur senza aver formulato con la sufficiente chiarezza, io credo, la loro volontà di sapere: fatto che si verifica là dove il gioco democratico, appunto, è falso; dove tutti giocano con il potere; e dove la cecità dei politici è ormai ben assodata.
    Gli italiani vogliono dunque sapere ancora cos’è con precisione la «condizione» umana - politica e sociale - in cui sono stati e sono costretti a vivere quasi come da un cataclisma naturale: prima, dalle illusioni nefaste e degradanti del benessere e poi dalle illusioni frustranti, no, non del ritorno della povertà, ma del rientro del benessere. 
    Gli italiani vogliono ancora sapere che cos’è, che limiti ha, che futuro prevede, la «nuova cultura» - in senso antropologico - in cui essi vivono come in sogno: una cultura livellatrice, degradante, volgare (specie nell’ultima generazione). 
     Gli italiani vogliono ancora sapere che cos’è, e come si definisce veramente, il «nuovo tipo di potere» da cui tale cultura si è prodotta: visto che il potere clerico-fascista è tramontato, e ormai esso ad altro non costringe che a «lotte ritardate» (la condanna a morte degli antifranchisti, i rapporti tra la vecchia e la nuova generazione mafiosa nel Mezzogiorno ecc.). 
     Gli italiani vogliono ancora sapere, soprattutto, che cos’è e come si definisce il «nuovo modo di produzione» (da cui sono nati quel «nuovo potere» e, quindi, quella «nuova cultura»): se per caso tale «nuovo modo di produzione» - introducendo una nuova qualità di merce e perciò una nuova qualità di umanità - non produca, per la prima volta nella storia, «rapporti sociali immodificabili»: ossia sottratti e negati, una volta per sempre, a ogni possibile forma di “alterità”.
    Senza sapere che cosa siano questo «nuovo modo di produzione», questo “nuovo potere” e questa «nuova cultura», non si può governare: non si possono prendere decisioni politiche (se non quelle che servono a tirare avanti fino al giorno dopo, come fa Moro). 
     I potenti democristiani che ci hanno governato in questi ultimi dieci anni, non hanno saputo neanche porsi il problema di tale «nuovo modo di produzione», di tale «nuovo potere» e di tale «nuova cultura», se non nei meandri del loro Palazzo di pazzi: e continuando a credere di servire il potere istituito clerico-fascista. Ciò li ha portati ai tragici scompensi che hanno ridotto il nostro paese in quello stato, che più volte ho paragonato alle macerie del 1945. 
     È questo il vero reato politico di cui i potenti democristiani si sono resi colpevoli: e per cui meriterebbero di essere trascinati in un’aula di tribunale e processati. 
     Non dico, con questo, che anche altri uomini politici non si siano posti i problemi che non si son posti i sacrestani al potere, o che, come loro, non abbiano saputo risolverli. Anche i comunisti hanno per esempio confuso il tenore di vita dell’operaio con la sua vita, e lo sviluppo col progresso. Ma i comunisti hanno compiuto - se hanno compiuto - degli errori teorici. Essi non erano al governo, non detenevano il potere. Essi non derubavano gli italiani. Sono coloro che si sono assunti delle responsabilità che devono pagare, cari colleghi della «Stampa», che, sono certo, siete perfettamente d’accordo con me... 
     Un’ultima osservazione che mi sembra, del resto, capitale. 
     L’inchiesta sui golpe (Tamburino, Vitalone...), l’inchiesta sulla morte di Pinelli, il processo Valpreda, il processo Freda e Ventura, i vari processi contro i delitti neofascisti... Perché non va avanti niente? Perché tutto è immobile come in un cimitero? È spaventosamente chiaro. Perché tutte queste inchieste e questi processi, una volta condotti a termine, ad altro non porterebbero che al Processo di cui parlo io. Dunque, al centro e al fondo di tutto, c’é il problema della Magistratura e delle sue scelte politiche. 
     Ma, mentre contro gli uomini politici, tutti noi, cari colleghi della «Stampa», abbiamo coraggio di parlare, perché in fondo gli uomini politici sono cinici, disponibili, pazienti, furbi, grandi incassatori, e conoscono un sia pur provinciale e grossolano fair play, a proposito dei Magistrati tutti stiamo zitti, civicamente e seriamente zitti. Perché? Ecco l’ultima atrocità da dire: perché abbiamo paura. 

«Corriere della Sera», 28 settembre 1975 

 

Pier Paolo Pasolini. Palabra de corsario - Madrid 2005

Madrid 2005: Exposición - Ensayos: Indice - Pagine corsare: Sumario