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Pasolini y los grupos
políticos de su tiempo
de Antonio Giménez Merino
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La obra madura de
Pasolini se ha convertido en objeto de apropiación múltiple,
una vez que la historia ha dado la razón a su pesimismo en torno
a la modernización consumista. Sin embargo conviene recordar, primero,
que dicha obra va enteramente asociada a una reflexión social compleja
y atenta a la realidad de su tiempo, lo que explica la relación
de Pasolini con distintos grupos sociales y políticos. Y al mismo
tiempo, que su discurso crítico (y su pesimismo) tenían que
ver con un comunismo emparentado con la cultura de la resistencia antifascista
que la aceleración industrial fue dejando atrás.
Pasolini vivió hasta el final como comunista, dentro y fuera del
Partido Comunista Italiano. Su adhesión a la cultura emancipatoria
germinó durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra
Mundial y cristalizó con su afiliación en el PCI en 1947,
cuando ya estaba involucrado activamente en las revueltas de los braceros
del Friuli contra los terratenientes de la región y los curas que
les apoyaban (puede verse Il sogno di una cosa). Poco después
vino la denuncia homófoba contra Pasolini, su expulsión del
partido en 1949 y el consiguiente traslado a Roma. Aunque estos sucesos
volvieron difícil su relación con el Partido, Pasolini no
dejó de apoyarlo, haciendo públicas sus diferencias en el
terreno del análisis cultural al tiempo que adoptaba al lumpen romano
como objeto de su pasión popular (vid. Le ceneri di Gramsci
y Una vita violenta). Ello motivó críticas desde el
Partido, pero también una atenta escucha desde él hacia Pasolini
y los problemas planteados en su obra.
Pasolini osciló entre la aceptación de las instituciones
y el reconocimiento de su inutilidad, con una actitud polémica frente
a cualquier actitud negadora de lo ambigüo y pluriforme de la realidad
individual y social. Éste es el aspecto nuclear de su diálogo
con los lectores del semanario comunista «Vie Nuove» entre
1960 a 1965 (Le belle bandiere) y luego de su trabajo al frente
de la influyente revista «Nuovi Argomenti». En 1965 Pasolini
afirmó su comunismo y su antidogmatismo en el film Uccellacci
e uccellini y diez años más tarde aún pensaba
que el P.C.I. era “la única fuerza organizada que puede contraponerse
a la nivelación cultural, la única fuerza del pasado capaz
de reencontrar en la tradición obrera y campesina los medios necesarios
para la diferenciación y a la vez para la unificación de
la cultura nacional” (Il sogno del centauro). Pasolini no ignoraba
que el P.C.I. fue el único gran partido de masas que no participó
en el “saqueo general” del estado italiano gobernado irresponsablemente
por la Democracia Cristiana. Por otro lado, en 1975 los dirigentes de la
Federación juvenil del PCI, sensibles al proceso de vaciamiento
de la cultura italiana, se convirtieron en sus interlocutores privilegiados.
El 24 de septiembre Pasolini participó en una manifestación
convocada por la federación romana, donde se discutió sobre
la tolerancia y la droga. En noviembre dejó escrita su “Intervención
en el Congreso del Partido Radical“ (Lettere luterane), al que había
accedido a ir por su simpatía hacia la “sincera inquietud democrática”
de Marco Pannella pero en el que se presentaba como “comunista que vota
por el PCI y espera mucho de las nuevas generaciones de comunistas”.
Más allá de su relación con el PCI, Pasolini prestó
su apoyo puntual a sectores sociales contestatarios que hoy llamaríamos
“antisistémicos”. Durante su breve estancia en EE.UU., en 1966,
se interesó por la lucha de los afro-norteamericanos por la conquista
de derechos civiles, en la que entraban en juego motivaciones pacifistas,
religiosas y raciales, y participó en reuniones de grupos radicales
negros. En 1968, a pesar de su manifiesta asintonía cultural e ideal
con los estudiantes italianos (“Il PCI ai giovani!!”, en Empirismo Eretico),
no rehuyó la confrontación dialéctica con ellos, consciente
de que también portaban un área nueva de democratización
enfrentada a la cultura patriarcal dominante. Además, entre finales
de 1970 y 1972, colaboró con algunos jóvenes obreros del
grupo de extrema izquierda “Lotta Continua” en el documental 12 dicembre,
basado en la masacre terrorista de Piazza Fontana y la “estrategia de la
tensión”.
Por otro lado, Pasolini intervino activamente en el «diálogo»
entre comunistas y cristianos en torno al Concilio Vaticano II, al que
dedicó su Il Vangelo secondo Matteo. Su interés por
el catolicismo se debía a su carácter de religión
desplegada a través de dos milenios de cultura, mientras que su
lado institucional -coherentemente con el comunismo de Pasolini y con su
condición de perseguido por la derecha católica de su país-
es rechazado explícitamente en obras como la mencionada.
La obra de Pasolini, finalmente, no puede emparentarse con la cultura gay.
La formulación pasoliniana de la homosexualidad procede de una experiencia
personal muy vinculada a la marginalidad y sus penetrantes reflexiones
sobre la falsa tolerancia social en torno al sexo se han de enmarcar, en
todo caso, en el ámbito de la denuncia de un sistema social que
persigue aquellos comportamientos privados no coincidentes con la moral
hegemónica.
La desilusión de Pasolini tras el desvanecimiento de la cultura
de la Resistencia no implicó, pues, una abdicación del lado
emancipador del marxismo, de su aspecto político-moral. Buscó
comprender una realidad superadora de las previsiones antiguas y esto explica
su atención hacia las razones de los grupos sociales de su tiempo
portadores de alguna forma de alteridad.
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Raíces profundas
de Bernardo Bertolucci
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Ah, lo que
tú quieres saber, jovencito,
quedará como no preguntado,
se perderá como no dicho.
No
puedo comenzar este breve recuerdo sin citar los dos últimos versos
de la poesía titulada A
un muchacho que Pasolini escribió en 1956-57. El jovencito era
yo, y las palabras de Pier Paolo, releídas hoy, suenan como una
afectuosa, melancólica profecía. Durante los años
de nuestra amistad el significado de aquellos versos había sufrido
varios cambios, siguiendo la evolución de nuestra relación,
de la que había acabado por convertirse en el corazón secreto,
el logo, el lema. Dos versos que, en el fascinante y peligroso terrain
vague de lo inexpresable entre dos amigos de edades distintas, de cuando
en cuando eran susurrados, gritados, echados en cara, reivindicados, manipulados,
según las necesidades in progress de nuestra complicidad. Hasta
rozar el inquietante intercambio de papeles entre «el jovencito»
que quiere saber pero no consigue preguntar y «el poeta» que
sabe pero no consigue decir nada.
Todo había comenzado poco después de la llegada de mi familia
a Roma, a principios de los años cincuenta. Un domingo de finales
de primavera, después de comer, voy a abrir la puerta de nuestra
casa de via Carini 45. Hay un joven con gafas negras, el pelo un
poco alborotado, traje oscuro de día de fiesta, camisa blanca y
corbata. Con tono firme y dulce me dice que tiene una cita con mi padre.
La suavidad de su tono de voz, y, sobre todo, lo que me parece un disfraz
casi demasiado dominical, me ponen en estado de alerta. Mi padre está
descansando, quién es usted, me llamo Pasolini, voy a ver. Cierro,
dejándole fuera en el descansillo. Mi padre se está levantando,
le cuento todo, él dice llamarse Pasolini pero yo creo que es un
ladrón, le he dejado fuera. ¡Cómo se ríe mi
padre! Pasolini es un excelente poeta, ve a abrir la puerta. Tremendamente
intimidado y con las mejillas enrojecidas le hice entrar. Él me
miró con una ternura que nadie habría podido jamás
contar. Él sabía, yo no, que «no hay plan de
un verdugo que no sea sugerido por la mirada de la víctima»,
como escribió muchos años después. Aquella noche soñé
que dentro del joven poeta se escondía en realidad el cow-boy
de negro de Raíces profundas: en el sueño, Pasolini
y Jack Palance se fundían en una única, reluciente calavera.
Tendrían que pasar muchos años antes de que comprendiese
que en aquel momento, en aquellas escaleras, yo había evocado y
materializado la esencia del mito, para confiarle la esencia de mi alma
y de mi corazón, ciegamente, como sólo puede permitirse un
chico de catorce años.
Nadie sabrá contar jamás los que quiero llamar mis momentos
privilegiados. Desde que aprendí a escribir escribía poesía.
Mi padre era el primero (y único) lector y mi generoso e implacable
crítico. Hacia los dieciséis años mi producción
poética se estaba empobreciendo mucho. Te estás estancando…
me pinchaba mi padre. Lo cierto es que durante el verano había rodado
mi primera película, El teleférico, diez minutos en
dieciséis milímetros, la adecuada iniciación de un
director de dieciséis años. Pero fue también el primer
desconcertante descubrimiento de que existía una alternativa a la
poesía, una viscosa trampa para el hijo de un poeta.
En 1959 la familia Pasolini (Pier Paolo, Susanna y Graziella Chiarcossi)
se traslada a via Carini 45. Nosotros vivimos en el quinto piso, ellos
en el primero. Volví a escribir poesías para poder llamar
a la puerta de Pier Paolo y hacérselas leer. Nada más escribir
una bajaba las escaleras a grandes saltos con la hoja en la mano. Él
era rapidísimo en la lectura y en el juicio. Todo ello no duraba
más de cinco minutos. Aquellos encuentros empecé a llamarlos,
para mis adentros, momentos privilegiados. Salió un montoncito de
poemas que Pier Paolo, tres años más tarde, me animó
a publicar. Quién sabe qué pensó mi padre, degradado
sin explicación a lector número dos.
Llega la primavera de 1961 y Pasolini, al que me encuentro en el portal,
me anuncia que va a dirigir una película. Siempre me dices que el
cine te gusta mucho, serás mi ayudante de dirección. No sé
si seré capaz, nunca he hecho de ayudante. Tampoco yo he hecho una
película jamás, cortó por lo sano.
La película era Accattone, y los momentos privilegiados empezaron
a intensificarse, a amontonarse, a envolverme, provocándome una
sensación de vértigo. Comenzaban a las siete y media de la
mañana en el garaje que había debajo de casa. Yo le esperaba
somnoliento. Puntual en su ligero retraso, una sombra se movía entre
los coches. Era Pier Paolo, con su sonrisa dolorida y afable. Partíamos
en la Giulietta hacia Torpignattara, el Mandrione, la Borgata Gordiani,
en el otro lado del mundo.
Hablábamos. A veces casi en seguida, a veces después de un
puñado de minutos, a veces llegábamos al set sin que ninguno
de los dos hubiese abierto la boca, como ocurre en los análisis.
Y como en un análisis mi sensación era que sus palabras me
revelarían secretos que nadie habría sabido jamás.
A menudo me contaba sus sueños de aquella noche y me sorprendía
que el tema recurrente, detrás de las pantallas que le protegían,
fuese el miedo a la castración. Yo le incitaba ingenuamente a usar
el material onírico en la escena que iba a rodar aquel día,
de manera que en la película se diseminaran los residuos nocturnos,
al igual que en los sueños están diseminados los residuos
diurnos.
Me di cuenta de que los arcos de los puentes, los arcos de los acueductos
romanos, los arcos de los túneles, los arcos que cerraban los vagones
de los nómadas, todos los arcos que nos encontrábamos por
el camino, le arrancaban infaliblemente un suspiro. De aquellos suspiros
nació mi curiosidad por su homosexualidad y por el universo homosexual
en general. Me hablaba con júbilo pero con cierta cautela. Mis veinte
años, hechos de desvergonzada ignorancia, eran un reto y una amenaza,
dos cosas que le volvían alegre y vital. Fue así como conocí
las orillas del Tagliamento, a sus amigos bajo el cálido sol de
Friul, a pandillas de chicos que vagan de pueblo en pueblo, los fonemas
vénetos, a su madre Susanna eternamente joven... un mundo de criaturas,
exquisito, casi religioso, que salía de las poesías que yo
había leído y releído para regresar como un viento
que atormentaba por su demasiada felicidad. Momentos privilegiados. La
Giulietta sabía de colillas, aunque yo nunca había visto
fumar a Pier Paolo. Parábamos en el bar del Pigneto rodeados por
la troupe y, sobre todo, por sus amigos, los que le llamaban «a Pa’».
…ponga, ponga, Tonino,
el cincuenta, no tenga miedo
de que la luz se hunda -
¡hagamos
este carrito contra natura!
Accattone
fue una experiencia atosigante y dramática. De mi primera vez en
un verdadero set de una película verdadera me esperaba de todo,
pero no asistir al nacimiento del cine. Como es sabido, Pasolini provenía
de la literatura, de la poesía, de la crítica, de la filología,
de la historia del arte. Sus nexos con el cine habían sido, sobre
todo, como escritor: había firmado algún bello guión,
pero era una relación esporádica, promiscua. Decía
que le encantaban las películas de Chaplin y La pasión
de Juana de Arco de Dreyer, vistas en los primeros cine-clubs de la
posguerra, y una vez yo observé sus lágrimas en la oscuridad
al final de El intendente Sansho de Mizoguchi. Pero ya iba al cine,
especialmente el domingo en las afueras, para pagar la entrada a sus amigos.
Desde el primer día vi a Pier Paolo transformarse: de cuando en
cuando se convertía en Griffith, Dovzhenko, Lumière… Su referencia
no era el cine, que conocía poco, sino, como declaró multitud
de veces, los primitivos sieneses y los retablos de los altares. Clavaba
la cámara de cine delante de las caras, de los cuerpos, de las barracas,
de los perros vagabundos a la luz de un sol que a mí me parecía
enfermizo y a él le recordaba los fondos dorados: cada encuadre
era construido frontalmente y acababa por convertirse en un pequeño
tabernáculo de la gloria subproletaria. Y sin embargo, día
tras día, rodando su primera película, Pasolini se descubrió
inventando el cine, con la furia y la naturalidad de quien, teniendo entre
sus manos un nuevo instrumento expresivo, no puede no adueñarse
de él totalmente, anular su historia, darle nuevos orígenes,
beber de su esencia como en un sacrificio. Yo era su testigo.
Uno de mis cometidos era controlar que los actores se aprendiesen de memoria
los diálogos. Los actores eran casi todos hampones, “papponi”
se decía en romanesco, y pronto me volví su confidente. Algunos
de ellos, misteriosamente los que me parecían de corazón
más tierno, protegían hasta tres o cuatro prostitutas. Sus
noches eran agitadas, y acababan haciéndome partícipe de
la ansiedad que les asaltaba al amanecer: si las chicas llegan a casa cansadas
y no encuentran preparada y humeante la salsa para la pasta, son capaces
de denunciarme mañana por explotación. Partícipe de
su drama, yo permitía que se alejaran a escondidas del set nocturno,
sin que nadie se diese cuenta. Excepto Pier Paolo, que lo veía todo
y aprobaba mi compasión.
Pier Paolo continuaba con el descubrimiento del cine, día tras día.
Una mañana dijo que quería hacer un travelling. Mi
corazón latía cada vez más rápido a medida
que los tramoyistas dejaban caer alguna pieza de vía en la tierra
batida del pueblo levantando nubes de polvo. El travelling tenía
que preceder a Accattone mientras caminaba hacia una barraca, manteniendo
el primer plano siempre a la misma distancia. Naturalmente, para mí,
aquél fue el primer travelling de la historia del cine.
Más allá de aquel travelling, y en el espacio que
se abría tras los hombros de Accattone, en los prados accidentados
e inmundos de detrás de las últimas barracas de Roma Sud,
más allá de Matera, al sur del Sud, hacia Ouersazad, Sana’a,
Baktapour, Pasolini, una vez inventado el cine, siguió inventando
su historia del cine y por esa senda fue cada vez más el enigmático
cow-boy de Raíces profundas. Sus metamorfosis no conocieron
pausa alguna. Del cine consiguió vivirlo todo. Pasó de la
sagrada frontalidad de su estilo primitivo al manierismo desgarrado y docto
de su propio lenguaje, a las visiones atroces y sublimes de Salò.
En los quince años que transcurrieron veloces desde Accattone
hasta la noche del 2 de noviembre de 1975, Pier Paolo se inventó
como director de cine. Pero eso sólo fue posible porque era mucho
más que un director ese hombre que supo pedir a Tonino Delli Colli
el primero y milagroso «carrito contra natura».
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Agonía de Franco
y muerte de Pasolini
de Carlos García Santa Cecilia
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En la madrugada
del domingo 1 de noviembre de 1975, mientras Pier Paolo Pasolini era brutalmente
asesinado en Ostia, Franco entraba en estado crítico. Su ya larga
enfermedad se complicó con una hemorragia gástrica masiva
que requirió una operación de urgencia en un quirófano
improvisado en el cuartel del regimiento de guardia del palacio del Pardo.
La úlcera gástrica que trató de contener el doctor
Hidalgo Huerta durante más de tres horas provocó alteraciones
cardiacas “severas”. Al terminar, preguntaron al exhausto cirujano por
las posibilidades de supervivencia. “Una entre cien”, contestó.
Pero Franco despertó de la anestesia de “forma milagrosa” y arrastró
su agonía durante veinte días más en los que Marruecos
invadió España con la llamada ‘marcha verde’.
No hubo, sin embargo, resurrección para Pier Paolo Pasolini, cuya
muerte recogen los periódicos españoles ilustrando el perfil
de un país acongojado y enfermo que apenas tuvo la oportunidad de
conocer la obra del literato y cineasta italiano. “Hemos perdido a un poeta”,
dijo Moravia en su entierro, según Cambio 16, “y poetas, creedme,
hay pocos”.
La noticia de la muerte de Pasolini se publicó el 3 de noviembre
en la Hoja del Lunes. Junto a las circunstancias del crimen, una nota de
la redacción recordaba no su obra o su filmografía sino la
contradicción que suponía su relación con el marxismo
y a la vez las “buenas relaciones con sectores católicos”. La corresponsal
del vespertino Pueblo, Elvira Daudet, afirma que conocía personalmente
a Pasolini y que le cuesta creer lo que había ocurrido porque “tenía
una vida sentimental bastante regulada” y se movía en un ambiente
“en el que no tenía carencias”. Copérnico, en el comentario
que completa la página, se pregunta cuál de sus tres marginaciones
-homosexual, marxista e inteligente- ha matado al autor italiano. Tendrá
respuesta unos día después en El Alcázar, en un artículo
que firma Félix Martilay: “La contestación está bien
clara a la vista de la declaraciones de Giuseppe Pelosi: el sexo. Pero
no la desviación sexual, sino la pasión incontrolada”.
Al día siguiente, Abc dedica al tema una página que firma
su prestigioso corresponsal en Roma, Eugenio Montes: “Yo, por contraste,
recuerdo que en esa misma playa de Ostia, hoy lugar de esa escena impura,
subió al cielo uno de los seres más puros del mundo: la madre
de San Agustín”. Ya, por su parte, insiste en la preocupación
religiosa del fallecido y afirma que no criticaba a la religión
sino a “las contradicciones históricas de la Iglesia”. Tampoco le
perdona Alfonso Paso, uno de los autores más populares de la época,
que afirma en El Alcázar: “Era lo que nuestros abuelos llaman un
pederasta secreto”. Marcelo Arroita-Jaúregui, en el mismo periódico,
se sumerge en un análisis de la obra: “Surgido como epígono
de un neorrealismo agonizante supo dar a lo que ya no tenía salvación
el oxígeno de cierto escándalo, tanto a través de
ciertas heterodoxias -cristianas, pero también marxistas- como a
través de un populismo exacerbado”.
Tal condenatorio panorama sólo se rompe en Informaciones, que además
de una interesante columna de Alfonso Sánchez en la que recuerda
que le conoció y aporta opiniones de cineastas como Michelangelo
Antonioni o Luchino Visconti, dedicó varias páginas de su
suplemento de artes y letras al intelectual italiano. Allí sabremos
de la traducción de Antonio Colinas de Las cenizas de Gramsci
y conoceremos la clave de tanto improperio: “Pasolini es uno de los cineastas
peor conocidos en España”, escribe César Santos Fontela.
No se conocían ni la cuarta parte de sus películas, y aún
menos su obra literaria.
Cambio 16 intenta reivindicar al autor, pero Fuerza Nueva afirma que la
muerte de Pasolini, “firmante de documentos en las campañas antiespañolas”,
es el ejemplo al que ha llegado el “desmoronamiento moral de la sociedad”.
Por fin, Cuadernos para el Diálogo ofrece una opinión original:
“Pasolini se ha ocupado de recordar, de repetir que la desolación
de sus proletarios no ha de aliviarse tan solo con mejoras sociales”.
Los ecos de la desaparición
de Pasolini se apagaron en España y el dictador se resistía
a morirse.
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Tú eres otro
de Ignacio Castro Rey
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Aceptar el drama
de ser dos es aceptar el drama de la limitación, el hecho de que
sea irrealizable la vida en la historia. El ser del mundo está fuera
de este mundo. Como dice Pasolini en Teorema: "No hay proporción
entre los milagros revelados y las demás cosas que hacemos en la
vida". No hablamos por tanto de dos registros simétricos, que se
oponen uno al otro de manera pareja. Hablamos de uno, la identidad civil
reconocida, y otro, una exterioridad de rostro cambiante que nos socaba
desde las horas furtivas.
Se trata de una dualidad no metafísica, que no se limita a oponer
un término a otro, sino que discurre siempre con un tercer término,
desconocido, que desbloquea todo empate. Es el fenómeno que de otra
manera se desarrolla en The partner, de Bertolucci, como un eco,
un fondo de peligro e imprevisión que nos acompañase a todas
partes. Doblez que, evidentemente, tiene que ver con la locura, como un
gusano que amenazase por dentro a la manzana de la razón. Dice Godard
en Elogio del amor: el tiempo es su otro y la más mínima
inmediatez de cualquier ahí, ya es otra cosa, deviene otra cosa.
En este sentido elemental, la experiencia de Pasolini es la de no ser dueño
de sí mismo. Como Genet o Foucault, el autor de Accattone
vive la irreductibilidad de la existencia a la historia, de la vida clandestina
al personaje civil. A lo largo de agotadores trabajos muy distintos, donde
siempre la entrega siguiente abjura del éxito anterior, Pasolini
tiene que dar cuenta de las memorias de un hombre del subsuelo, infame.
Recordemos en este punto una afirmación significativa: "Cuando le
digo que tengo la mentalidad de un animal herido, expulsado de la manada,
no miento". No se trata de otro dualismo, sino de una "doble articulación"
que hace que la estratificación histórica siempre sea corroída
por la mala hierba de un afuera que se multiplica.
No existe una obsesión precisamente "narcisista" en tal mecanismo
de autoexclusión, pues la continua rasgadura que Pasolini ejerce
en su propia imagen pública es hacer para renovar la piedad hacia
lo pequeño, la fraternidad con las sombras de lo desconocido. Lo
suyo, es cierto, es la obstinada "elección de sí mismo como
instrumento de escándalo" (Teorema), pero de un délfico
sí mismo que vuelve a nuestras salas cargado con el polvo del desierto,
de un rumor que el bienestar moderno ha olvidado. Por eso se cita con frecuencia
este emblema (Éxodo, 13, 18): "Mas hizo Dios que el pueblo rodease
por el camino del desierto".
Hay tal vez algo de Rousseau, de una pródiga barbarie primitiva.
Pero todo esto pronto se carga con una nostalgia agresiva, a medida que
entre la realidad histórica y el poeta se crea el espesor del mito.
Edipo re o Porcile nos empujan a un "humanismo" que ha de
dialogar con lo inhumano, con una violenta sacralidad que se mantiene en
las antípodas de, por ejemplo, la reciente fe de un Vattimo. Emana
poco a poco del autor de Las cenizas de Gramsci el "mito anti-hegeliano"
de la naturaleza, un suelo humeante que no conoce las superaciones, pues
todo coexiste en él. Únicamente los que creen en el mito
son realistas, pues la naturaleza es antinaturalista ("hierofánica"
llega a decir). El propio milagro, que salpica desde el principio sus películas,
es para Pasolini la explicación ingenua del enigma real que habita
en el hombre.
Lo que fascina en muchas obras de Pasolini es la fulguración desmedida
del amor, fuera de toda protección social. La libertad que con frecuencia
aparece es monstruosa, pues obliga a vivir al margen de toda Ley. No obedece
a ningún código y genera figuras inasumibles, una "epifanía
del doble en nosotros" (Endoxa) que al final puede llevar a la muerte.
No obstante, es imprescindible asumir ese riesgo, pues si la libertad ha
de ser salvaje, el "castigo" tiene que existir, inscrito en las consecuencias
de la acción. De este modo la libertad no rompe con el hierro de
la necesidad, sino que gira en torno a ella como en un suelo hipnótico,
dentro de una espiral de destino que es desvelado paso a paso.
Se ha señalado una dramática oscilación pasoliniana
entre la política (Gramsci) y una vitalidad inconciliable con compromiso
programático alguno. Hay un plano en el que el dolor humano no puede
cambiar, como tampoco cambian la pasión y el amor, puesto que se
presentan como la señal de un límite fundacional en la condición
del hombre. La antropología que brota de ese origen, con su inclinación
a los valores telúricos de las civilizaciones pre-industriales,
lleva a Pasolini a viajar por los países pobres, a amar los países
del Tercer Mundo con "un amor de campesino irreductible". India, Marruecos,
Siria, Turquía pasan ante sus ojos como las gemas sueltas de un
anillo roto por la apisonadora del desarrollo. Es necesario remontarse
a antes de la era industrial y técnica para reencontrar el hilo
de esa libertad. De hecho, al llegar a Roma a finales de los años
cuarenta, confiesa sentir una terrible nostalgia por la tierra cultivada
y, a la vez, encontrar un eco de esa profundidad explorando la periferia
romanas, el mundo subproletario y la "malavita". Básicamente, el
gesto apocalíptico que nunca le abandonará proviene del enfrentamiento
de la totalidad del orden urbano, con su derecha y su izquierda civilizadas,
a la religión de las afueras, a un universo suburbano que pervive
cargado de una enorme vitalidad. Cuando el desencanto de lo estrictamente
político llega, los chicos de la calle, los delincuentes, los bajos
fondos y sus monstruos se mantienen como un sucedáneo desesperado
del viaje romántico a la salvaje policromía exterior. No
habría que ver ante todo mugre, obscenidad y violencia en Ragazzi
di vita, en sus estatuas engastadas en el fango mientras el sucio Tíber
desvaría, sino más bien un afán casi místico
de sentido que ha de descender al arroyo.
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Consideraciones sobre
el estilo
en el cine de Pasolini
Fernando González. Universidad
de Salamanca
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Se puede describir
con cierta facilidad el estilo cinematográfico de Pasolini. Una
vez analizadas todas sus películas, puede afirmarse que la pauta
básica la hallamos ya al nivel del montaje, y consiste en una tendencia
a la yuxtaposición de extremos: un plano tomado con gran angular
seguido de uno con teleobjetivo, un primer plano al lado de un plano de
cuerpo entero, una panorámica antes de un plano fijo y frontal.
Evidentemente, quedarnos en esta descripción es permanecer todavía
a un nivel muy superficial, que no explica las combinaciones en el interior
de una película, y menos aún la evolución de ese estilo,
que pasa de los extremos de distancia en relación con un cuerpo
humano (primer plano/plano entero) hasta 1963, a los extremos con las distancias
focales, desde mediados de los años sesenta hasta el final de su
vida. Pero puede resultar enriquecedor, además de describir lo que
hay, prestar atención también a lo que falta: las distancias
medias en una primera etapa, y estas, además de las focales medias,
en la segunda. Tenemos así una obra que se desarrolla manteniendo
en su interior rasgos estilísticos precedentes, sin abandonarlos
ni rechazarlos. Pero que nace y progresa a partir de la elisión
de los términos medios. Y estos, en el montaje tradicional, garantizan
la fluidez, la apariencia de transparencia, la naturalidad.
Sin haber realizado este análisis, la crítica contemporánea
ya incidía en la fragmentación como un rasgo estilístico
de Pasolini. Él mismo oponía esa fragmentación suya
al plano secuencia heredado del neorrealismo, pero subrayando que el plano
secuencia estaba en íntima relación con lo que él
llamaba
la ideología del hombre medio, burgués. A ambos oponía
la fragmentación y el héroe trágico, el hombre excepcional.
Montaje tradicional y plano secuencia de ascendencia neorrealista tienen
ambos que ver con la verosimilitud o con la apariencia de copia de lo real.
La apuesta de Pasolini va a ser una representación no naturalista,
pero basada sobre imágenes de personas situadas en los márgenes
de la cultura dominante, que impactan en su momento por no haber sido nunca
antes objeto de atención y pasar de pronto al protagonismo. Imágenes
tomadas a través de una técnica de dirección de actores
cuya función es mantener separados la persona y el personaje, de
manera que entre ambos se produzca también, como sucedía
al nivel de la yuxtaposición de dos planos, un intervalo, un espacio
vacío que produce extrañeza, que subraya al mismo tiempo
los dos polos: ese cuerpo que no se puede identificar con el personaje
y que apunta a algún lugar fuera de la representación, una
representación que apunta hacia sí misma.
Correlativamente, al nivel de la construcción narrativa, se mantiene
un hiato análogo, conseguido mediante el uso sistemático
del contracampo: lo que ve un personaje que ha estado en campo puede ser
una imagen muy compuesta, que genera lo que Antonio Costa denomina como
un “efecto cuadro”: el espectador sabe que eso es lo que ve el personaje,
pero al mismo tiempo sabe que apunta a una mirada exterior y no sincrónica
con la del personaje, a algo mostrado por otro, llamémosle narrador
o autor.
La obra cinematográfica de Pasolini se separa de la representación
cinematográfica común, sin acercarse tampoco a la experimentación
radical contemporánea. Entre otras cosas porque esta última
rechaza de plano toda tradición. Un cierto tipo de conocimiento
común y compartido, herencia del pasado, es precisamente el que
va a actuar como cemento de esta construcción fragmentaria que he
intentado describir. Ha sido frecuente hablar del mito en la obra cinematográfica
de Pasolini, pero es cierto que, más allá de unos mitos concretos,
al nivel de construcción narrativa funciona el destino. Esa instancia
narrativa superior que se pone en evidencia en el interior de cada obra
-mediante el “efecto cuadro”, por ejemplo-, nos hace partícipes
de un saber que no tienen los personajes; parece conocer previamente su
carrera hacia la muerte o el desastre, como se parodia delicadísimamente
en el cortometraje Che cosa sono le nuvole?, basado en Otelo, de
Shakespeare.
Ese conocimiento compartido básico, que es el de las narraciones
que tienen como motor el destino, se contrapone de manera radical a las
mucho más frecuentes que colocan ese motor en la voluntad de un
personaje, capaz gracias a ella de superar las dificultades que se oponen
a sus metas.
Esas narraciones del destino existen, en la medida en la que permanecen,
que son parte del acervo cultural de occidente. Además del Evangelio
de Mateo, Pasolini adaptó para el cine otras obras provenientes
de la Antigüedad: Edipo, Medea, La Orestíada.
El componente religioso está en la base de los tres grandes trágicos
griegos, y es indiscutiblemente el centro del texto evangélico.
En el resto de sus adaptaciones -excepto las de su propia obra literaria-,
los textos de base son previos a lo que los historiadores conocen como
Época Moderna También en ellos, fuentes de la cultura
occidental (Chaucer, Boccaccio, el o los autores de Las mil y una noches,
en buena medida Shakespeare) lo religioso y lo popular están presentes,
pero antes de su interpretación por la racionalidad moderna.
“Solo nella tradizione è il mio amore”, dice un verso de
las poesías publicadas con el guión de Mamma Roma,
que Orson Welles lee en La ricotta, película sobre un director
que pretende poner en escena los relatos de la Pasión reproduciendo
con personajes vivos pinturas de los manieristas Pontormo y Rosso Fiorentino,
y que fracasa en su intento. Ese pasado es un elemento que no deja de estar
en la obra de Pasolini, pero sus adaptaciones tienen tan poco que ver con
una reconstrucción ambiental verosímil como con una puramente
esteticista o incluso arqueológica. Como responde a una carta abierta
de Carlo Lizzani sobre la posibilidad de naturalismo en el cine:
Así pues, querido
Lizzani, buscar en el cine la “representación del pasado” es una
empresa injustificada: porque, o bien tal representación es falsa
y totalmente maquillada (películas comerciales), o bien no pretende
ser real (en las películas de autor), sino, repito, simplemente
metafórica. Después, ya se sabe, el “sentimiento de la historia”
es una cosa muy poética, y puede ser suscitado dentro de nosotros,
y conmocionarnos hasta las lágrimas, por cualquier cosa: porque
lo que nos atrae hacia atrás es tan humano y necesario como lo que
nos impulsa a ir hacia delante.
Es el momento presente el único lugar donde esas dos tendencias
antitéticas pueden cohabitar. Y la obra de arte, el único
donde armonizarlas. De nuevo una construcción, ahora intelectual,
basada en contrarios, como hemos visto desde el nivel básico del
montaje. Pasolini decía que su figura estilística era el
oxímoron, la unión de los opuestos. En cada una de sus obras
hay siempre algo que golpea, y que deriva de ahí. Porque no se trata
de una unión armónica: los contrarios se encuentran violentamente
por la fuerza de la Historia, sin fundirse. Y también sin posible
síntesis ni superación: un momento anterior permanece vivo
dentro del siguiente interrogándolo, juzgándolo . Ese es
el argumento de Medea, y el contenido explícito de los poemas
que acompañan al guión publicado.
Siempre queda, pues, un intervalo, un espacio vacío, que se repite
por analogía desde el nivel más básico del montaje,
hasta el más complejo de la metáfora, a lo largo de toda
la representación. Y que es a su vez análogo al espacio dejado
por el autor y ocupado por el espectador. Un lugar, según Pasolini,
de comunión -ágape- que no refleja ni apunta a un más
allá posterior a la vida sino sólo a una comunión
utópica en la Historia y en la Diferencia.

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Los talleres y la sepultura
de Luis García Montero
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Muy pocos poemas
me han impresionado tanto desde su primera lectura como “Las cenizas
de Gramsci”. Los últimos versos se quedaron en mí como
un tono de vida, como un estado moral de pensamiento: “Pero yo, consciente
/ de que sólo hay historia en la vida, / ¿podré acaso
obrar con pasión / sabiendo que nuestra historia / ha acabado?”.
Sentí un dolor deslumbrado ante la nueva formulación del
yo y del nosotros. Un yo consciente, dispuesto a no traicionar su vida,
y un nosotros necesario, tan enlazado a lo individual como a lo colectivo,
pero vinculado con una historia cancelada. Pasolini hablaba como poeta
con la sombra de Gramsci, igual que Baudelaire hablaba con París,
la ciudad que lo hizo para deshacerse luego antes que él, abandonándolo
al tiempo sobrante de una narración concluida. Aunque ya no se trataba
sólo de una ciudad, sino de la historia de la emancipación
humana, esa historia en la que yo había empezado a creer, esa historia
que iba a convertir la melancolía en justicia. ¿Desde qué
sinceridad vital hablar entonces? ¿Puede haber pasión en
una existencia donde los ideales no coinciden con la vida?
Sólo hay historia en la vida, dice Pasolini. Una afirmación
dura para los nacidos y educados en el vértigo del siglo XX, que
ha significado una minuciosa conversación con la muerte. La barbarie,
los campos de concentración, los dogmas criminales, la perversión
de los sueños y la transformación de una realidad incapacitada
ya para pensar en su historia política, en nuestra historia,
suponen los matices de una larga conversación con la muerte. Era
lógico que me afectara la meditación de Pasolini en un jardín
extranjero, ante las cenizas de Gramsci, porque yo había pasado
mi adolescencia visitando en Granada la Huerta de San Vicente, la casa
de Federico García Lorca, y subiendo al Barranco de Víznar,
para poner unas violetas sobre la fosa común donde fue enterrado
tras su ejecución. El optimismo que nace junto a las tumbas suele
pasar pronto sus facturas, y yo no iba a tardar mucho en comprender que
hablaba con la memoria de García Lorca como Pasolini había
hablado con Gramsci: una conversación del siglo XX con sus muertos,
en unas ciudades y unos sueños que se deshacían después
de habernos educado. La Historia se encarga de buscar disfraces concretos
para vestir un vértigo de siempre.
No son muy diferentes las tentaciones de los sueños y las tentaciones
de la razón, sobre todo cuando los sueños se convierten en
una razón para cerrar los ojos ante la vida. García Lorca
escribió sobre Mariana Pineda, la mujer liberal que representó
en el siglo XIX la lucha contra el absolutismo. El joven García
Lorca quiso hacer poesía pura, demostrar cómo la razón
puede ordenar, dominar, convertir en una abstracción los sentimientos.
Enamorada de un conspirador liberal que la traiciona, Mariana se eleva
sobre su propio corazón, se borra a sí misma como mujer liberal
enamorada, y se convierte en un símbolo del Amor y la Libertad.
Borra su identidad concreta para convertirse en una idea, como el ciprés
de las metáforas, que deja de ser un árbol para convertirse
en una representación de la muerte. Mariana se enfrentaba al absolutismo
político, disolviéndose en otro absoluto. ¿Era ese
el camino? Pasolini vino a decirme lo contrario, que sólo hay historia
en la vida. Por eso el sueño de Gramsci, mi sueño, el sueño
de Pasolini, es un tiempo cumplido y se pudre en lo que el poeta italiano
llamó la Post-historia. Una inactividad trágica, porque la
explotación sigue existiendo, y de un modo más sangrante
que nunca. Ni siquiera basta con la nostalgia de una época en la
que era posible el error, porque la historia nos ha legado la luz. Pero,
¿y la luz?, ¿para qué sirve?, sino para convertirse
en un oscuro escándalo de conciencia entre la realidad de nuestras
miserias y las mentiras abstractas de nuestros ideales.
La meditación de Pasolini en “Las cenizas de Gramsci” me
abrió el camino de los matices posteriores de su aventura intelectual
y vital. Nunca quiso desprenderse de la tensión, convertida en conciencia,
que surge entre la paz del sepulcro (donde descansa la historia que lo
hizo tal como era) y el rumor vivo de los talleres de Testaccio, allí
donde palpitan la sinceridad de los instintos y las exigencias de una vida
no soñada. Para los ciudadanos españoles que hemos vivido
el cambio antropológico de una sociedad pobre a una sociedad de
demandas homologadas por el consumo, hay pocas lecciones tan profundas,
tan iluminadoras, como las que ofrece la obra de Pasolini. Haber llegado
tarde a la cita no nos exime de culpas. Como a Mariano Maresca le gusta
recordar, citando a Pasolini, sus herederos somos una fuerza del Pasado,
y sólo en la tradición está nuestro amor, pero estamos
condenados a ser más modernos que todos los modernos. Le agradezco
a Mariano Maresca y a Pasolini haberme ayudado a llevar con dignidad la
espera, en una vida que es la mía y en una historia que no me pertenece,
y a comprender el desprecio que siento, cada vez más instintivo,
por las verdades vigentes del capitalismo. Las cenizas y las ruinas me
dan compañía en un tiempo de vertederos.
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No frost
de Mariano Maresca
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En su intervención
sobre el texto de Kant ¿Qué es la Ilustración?,
Foucault acuñó la fórmula de la “ontología
del presente” para referirse a la tarea actual de la filosofía:
“un pensamiento crítico -dice- que tomara la forma de una ontología
de nosotros mismos, de una ontología de la actualidad”.
He recordado este texto al leer, en la entrevista
que Pasolini concedió a Furio Colombo el mismo día de
su asesinato, un pasaje extraordinario. Pasolini compara a los intelectuales
y a los expertos con esos muñecos que tienen el cuerpo para un lado
y la cabeza para otro, gente -dice expresamente- que debe cambiar continuamente
de discurso para no hacer frente a la verdad. Y cuando Colombo le pregunta
qué es la verdad, Pasolini responde: “Lamento haber dicho esa palabra.
Quería decir evidencia”. Para Pasolini, dejarse guiar por los profesionales
de la verdad, consultar los tratados de psicología y sociología
de los expertos (experto era una de las categorías más denostadas
por Pasolini), como si fuese posible contar con “una filosofía analítica
de la verdad en general” (que es el otro camino de la Ilustración
que Foucault desecha), equivale a intentar entender el choque de dos trenes
consultando un horario de ferrocarril de hace varios años. Y hay
algo más: ese no es un error inocente, sino que se opta por la “verdad”
(y se cambia de discurso cuantas veces haga falta) para no tener que hacer
frente a la evidencia.
Lo que para Pasolini valida su “saber” frente al de los expertos es su
propia experiencia, su propia percepción de las cosas desde cerca,
es decir, en el infierno. Este acabó siendo uno de los estigmas
más claros del pensamiento de Pasolini: la verdad se agota en la
evidencia de que vivimos en un infierno consistente en la existencia en
todos nosotros de un deseo de matar, de matarnos, que, finalmente, es fruto
de un aprendizaje, o mejor, del fracaso de todo el sistema social en el
que hemos sido socializados. Esta afirmación tiene una premisa necesaria,
que es el lado rusoniano de Pasolini: existió un paraíso
en la tierra, una edad de la inocencia, pero un pecado original (en Rousseau,
la propiedad privada) nos expulsó de allí. Y no podemos volver
a él: es irrecuperable. La historia se ha agotado. Ha empezado la
posthistoria.
En un mismo texto que relata una experiencia juvenil todavía en
el Friuli, Pasolini explica a la perfección qué era para
él paraíso y cómo –o mejor, qué- significó
su final. El paraíso es la palabra nunca escrita. “¿De qué
se hablaba antes de la guerra, es decir, antes de que sucediera todo y
la vida se presentara tal como es? No lo sé”. Pero mientras escucha
una de aquellas conversaciones perdidas para siempre oye una palabra desconocida
para él: rosada, escarcha. “Evidentemente, aquella palabra,
utilizada durante siglos en el Friuli que se extiende por esta parte del
Tagliamento, nunca había sido escrita. Había sido
siempre, y solamente, un sonido.” Y Pasolini escribió aquella
mañana un poema en el que convirtió la palabra nunca escrita
en un grafismo.
Expulsado voluntariamente del paraíso por la necesidad de la escritura,
que era una de las formas de la urgencia de su relación con el mundo,
vivirá su inmenso, monumental trabajo (¿cuántos miles
de páginas llenas de palabras escritas?) como un exilio en la palabra,
una peregrinación por los lenguajes (lenguajes que buscaba debajo
de las piedras más antiguas, en los cuerpos que se desfiguraban
ante él para convertirse en cosas) consciente de la irrecuperabilidad
del paraíso. No hay escritura que no nazca de una contradicción,
y esa fue la contradicción que, cada amanecer, ponía en marcha
esa poderosa máquina de trabajo que era Pasolini y que en
la vida de cada día se traducía en una lucha constante contra
sí mismo. Tan es así que Petrolio, su proyecto inacabado,
es una rendición sin condiciones ante el tema del doble, a la duplicidad
del que, además de ser al mismo tiempo ángel y demonio
(eso es lo de menos), es dos veces hombre, pero en un solo mundo.
Para Pasolini, la escritura de la palabra nunca dicha jamás llegó
a ser la redención ansiada (tampoco él, como Rousseau, pensaba
que el paraíso era recuperable); pero lo sabía. Por eso la
rabia insobornable, la lucidez y los excesos. Era un adicto al trabajo,
además de a la vida; pero sabía que ninguna de las dos cosas
lo salvaría nunca de nada. Era, después de todo, un individuo
más, un pobre hombre trastornado por la historia que se empeñaba
en entender. Hoy habría abandonado Petrolio para dedicarse
a otro proyecto infinito.
En el exilio de la escritura, lo seguiría intentando. Nosotros,
en cambio, pagamos algo más por un frigorífico no frost.

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Pagine corsare: Pasolini
en la red
de Angela Molteni
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Pier Paolo Pasolini
es el primer artista de gran nivel internacional que puede ser calificado
“multimedia” de modo adecuado a las tecnologías contemporáneas
de la comunicación, la información y la expresión.
Aún mejor, podría ser definido “poeta multimedia”: de hecho,
tuvo la capacidad, y también la voluntad, de afrontar y acometer
una notable cantidad de cuestiones de naturaleza muy distinta entre ellas,
sirviéndose de múltiples medios de comunicación, sin
traicionar jamás su instintiva, profunda y constante matriz poética.
Pasolini
fue un experimentador de lenguajes diversos: palabra y dibujo, corporeidad
y deporte, teatro y cine, canción y música: una pluralidad
de artes, compaginadas siempre de maneras originalmente informales, a menudo
muy refinadas. De todo ello, hoy, Internet proporciona reseña, información,
crítica, comentario.
“Pagine corsare” -pasolini.net-,
el sitio de Internet que he creado y dedicado a la vida y las obras de
Pier Paolo Pasolini, se aprovecha de las peculiaridades de la red. Pone
a disposición de quienes quieran leerlas páginas en italiano,
español, francés, inglés, alemán y portugués.
Es, por tanto, accesible y legible en todo el mundo. Los visitantes de
“Pagine corsare” son procedentes de sesenta países repartidos por
los cinco continentes: Italia, Francia, Estados Unidos de América;
España y Reino Unido son los países de los que proviene la
mayor parte de las personas que visitan el sitio.
Ideado
y realizado en 1997 (con la ayuda -a distancia y vía Internet- de
un joven estudiante, Massimiliano Valente), y estructurado en secciones
que hacen referencia principalmente a las actividades artísticas
desarrolladas por Pier Paolo Pasolini, “Pagine corsare”, pocos meses después
de su aparición en la World Wide Web, constaba de 499 páginas,
568 imágenes, 31 piezas sonoras y 11 aportaciones escritas de visitantes
del sitio. En la actualidad el sitio contiene 1.303 páginas, las
imágenes son 2.244, las piezas sonoras y filmadas 120, y las aportaciones
de los visitantes 249. Con Internet, la palabra escrita ha recuperado el
predominio absoluto también en otros elementos importantes de la
página web (los fragmentos recitados por el propio Pasolini y por
Laura Betti, las declaraciones de algunos amigos del poeta).
Puesto que, por último, una de las características peculiares
de la red es la interactividad, o sea el diálogo en igualdad de
condiciones, donde todos tenemos el mismo derecho de expresión,
muchos de aquellos que visitan “Pagine corsare” escriben también
las páginas del sitio: como se ha dicho, son cerca de 250 las aportaciones
escritas por los visitantes (algunos han enviado para la publicación
incluso sus tesis doctorales sobre aspectos vinculados a las obras de Pasolini),
y se han producido intercambios de opinión entre personas que, probablemente,
de ningún otro modo habrían tenido ocasión de conocerse
(el caso límite es el de Regina y Piero, que se conocieron en “Pagine
corsare” y hace unos años formaron una familia... cuando se dice
interactividad...).
Así pues, la interactividad es la característica fundamental
del sistema de comunicación de Internet: nos ofrece interesantes
posibilidades de diálogo, de intercambio, de información
que, si bien no sustituyen nunca otras maneras de entablar relaciones con
otros (el teléfono, el “papel impreso”, el encuentro personal),
tienen sus características peculiares, su identidad, su valía
y su lenguaje propios.
La presencia de Pasolini en esa “red de redes” que es Internet constituye
un aspecto relevante a considerar atentamente. Sobre él aparecen
informaciones en más de un millón de sitios en el mundo,
un tercio de los cuales está promovido y gestionado en Italia. Una
cantidad tan considerable de sitios en Internet sobre la vida y la obra
de Pasolini plantea un interrogante respecto al juicio que el artista mismo
habría podido expresar sobre una proliferación tal de interés
por él a través del extraordinario medio de comunicación
utilizado -Internet-, que constituye, al menos hasta ahora, lo más
informal, lo más libre y lo menos domesticable que existe en el
tema de comunicación de masas. Y me gusta pensar que, si las manos
homicidas que pusieron fin a sus días no nos hubiesen arrebatado
inesperadamente la profundidad de su pensamiento y de su poesía,
empobreciéndonos un poco a todos, Pasolini para expresarse habría
elegido recurrir -además de a la palabra, a la escritura, al cine,
al teatro, a la crítica, a la pintura y a la música- también
a Internet.
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