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"Pagine corsare"
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Pasolini, tres "escritos corsarios"
Introducción y traducciones de Esteban Nicotra
7 Jun 2010
La introducción y los tres textos pasolinianos que ha publicando
el blog de la revista La Pecera.  A 35 años, estos textos siguen siendo actuales.


En mayo de 1975, seis meses antes de su muerte, Pier Paolo Pasolini publica el libro Scritti corsari (Escritos corsarios) que reúne una serie de artículos polémicos publicados entre el 7 de enero de 1973 y el 18 de febrero de 1975, en el Corriere della sera, con el apoyo del innovador (en ese diario conservador) Piero Ottone, más una sección titulada “Documentos y alegatos” que recoge escritos críticos publicados anteriormente en el semanario Tempo. Estos artículos de Scritti corsari son los textos tal vez más apreciados por los nuevos críticos italianos de la última obra pasoliniana, son la formulación de su última visión del mundo y de la cultura, visión que comparten otras obras desesperadas y desesperanzadas como su film Salò, sus Cartas luteranas, su novela inconclusa Petróleo o los poemas de La nueva juventud

Muchos en Italia, cuando se produjo el affaire “Tangentopoli” y el consecuente “mani pulite” encabezado por los jueces milaneses que develaron la resquebrajada y moribunda corrupción de los políticos en el poder de la Democracia cristiana italiana, dijeron: “esto ya lo había previsto Pasolini”. Otros se preguntan hoy: “¿qué diría Pasolini de la dictadura fascista neocapitalista de Berlusconi que suplantó a los viejos títeres democratacristianos?”. Qué diría hoy es difícil de imaginar, seguramente mucho más de lo que podamos suponer. Porque Pasolini tenía, sin quererlo, esa capacidad de anticipar ‘proféticamente’ el futuro al saber “leer” muy bien los signos, los síntomas, de su presente italiano. Cosa que no siempre podían o querían realizar sus contemporáneos intelectuales. 

Pasolini, efectivamente, anticipó en sus Scritti corsari y Lettere luterane (1976) nuestro presente, no sólo el de Italia. El triunfo de los valores y la economía burguesa y neocapitalista, la homologación total de las culturas subalternas (no de las diferencias de clase, por supuesto) en la civilización burguesa; el triunfo de una lengua y cultura de una nueva civilización tecnocrática, pragmática, totalitaria, basada en la mera comunicación, en la autoridad de los medios de comunicación de masas, y el consecuente genocidio –no sólo de las culturas subalternas– sino de la misma cultura humanista, expresiva y diferenciada.

Los Escritos corsarios, junto a las obras que mencionamos antes, son el último testamento escrito del intelectual italiano más importante de la segunda mitad del siglo XX. Quien los lea con ánimo apasionado y lúcido, al mismo tiempo, no podrá de dejar de realizar un examen de autoconciencia sin posibilidad de retorno a su anterior estado de naturalización del Estado de cosas al que interpela Pasolini, so pena de asumirse también como un conformista.

Son los jóvenes, especialmente, los que deben frecuentar y desentrañar estos textos. Los jóvenes, que no conocieron el mundo de “antes de la desaparición de las luciérnagas”, que nacieron bajo la sombra del ya instalado “Poder sin rostro” que aplicaba despiadadamente la política del “Desarrollo” en vez del “Progreso”. Estos jóvenes tienen la dura tarea de realizar un doble proceso interior: no sólo imaginar las luciérnagas, sino crearlas nuevamente brillando en los cielos de la sociedad homologada.

Ya en Empirismo herético (1972) Pasolini ‘pedagógicamente’ aconsejaba a los jóvenes de la generación del ’68 un camino para liberarse de la conciencia maniquea del mal burgués: “a) Reanalizando –fuera tanto de la sociología como de los clásicos del marxismo– lo pequeño-burgueses que son (que nosotros somos) hoy. b) Abandonando la propia autodefinición ontológica y tautológica de ‘estudiantes’ y aceptando ser simplemente ‘intelectuales’. c) Realizando la última elección aún posible –en la vigilia de la identificación de la historia burguesa con la historia humana- en favor de lo que no es burgués (cosa que ellos ya sólo pueden hacer sustituyendo la fuerza de la razón por las razones traumáticas personales y públicas a las que me refería: operación, ésta, extremadamente difícil, que implica una auto-análisis ‘genial’ de sí mismos, fuera de toda convención).” (Empirismo herético, Brujas, Córdoba, 2005, p.222).

Nota:
En las próximas semanas irán publicándose los 3 artículos:
1) "El poder sin rostro"
2) "El artículo de las luciérnagas" 
3) "Desarrollo y Progreso"
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Pier Paolo Pasolini / El Poder sin rostro 
Traducción de Esteban Nicotra 

¿Qué es la cultura de una nación? Comúnmente se cree, incluso por parte de personas cultas, que es la cultura de los científicos, de los políticos, de los profesores, de los literatos, de los cineastas, etc., es decir, que es la cultura de la intelligentsia. Pero no es así. Y ni siquiera es la cultura de la clase dominante que, en efecto, a través de la lucha de clase busca imponerla al menos formalmente. No es, finalmente, ni siquiera la cultura de la clase dominada, es decir, la cultura popular de los obreros y campesinos. La cultura de una nación es el conjunto de todas estas culturas de clase, es el promedio de las mismas. Y por lo tanto, sería abstracta si no fuese reconocible –o, mejor dicho, visible– en la vida cotidiana, en la existencia, y si no tuviera, por lo tanto, una dimensión práctica. Durante muchos siglos en Italia estas culturas se podían distinguir, aunque estuvieran históricamente unificadas. Hoy –casi de golpe, por una especie de Advenimiento– diferenciación y unificación histórica han cedido el lugar a la homologación que realiza, casi milagrosamente, el sueño interclasista del viejo Poder. ¿A qué se debe esta homologación? Evidentemente a un nuevo Poder.

Escribo “Poder” con la P mayúscula –hecho que Maurizio Ferrara tacha de irracionalismo en L’Unità (12/6/1974)– sólo porque sinceramente no sé en qué consista este nuevo Poder y quién lo represente. Sólo sé que existe. Ya no lo reconozco ni en el Vaticano, ni en los Jefes democristianos, ni en las Fuerzas Armadas. No lo reconozco más ni siquiera en la gran industria, porque ésta ya no está constituida por un cierto número limitado de grandes industriales: para mí, al menos, se presenta más bien como una totalidad (industrialización total) y, aún más, como una totalidad no italiana (transnacional).

Conozco también –porque las veo y las vivo– algunas características de este nuevo Poder todavía sin rostro: por ejemplo, su rechazo del viejo “sanfedismo” y del viejo clericalismo, su decisión de abandonar a la Iglesia, su determinación (coronada por el éxito) de transformar campesinos y subproletarios en pequeños burgueses, y, sobre todo, su manía cósmica, por llamarla de algún modo, de llevar a cabo hasta las últimas consecuencias el “Desarrollo”: producir y consumir.

El identikit de este rostro todavía en blanco del nuevo Poder le atribuye vagamente al mismo algunos rasgos “modernos”, gracias a la tolerancia y a una ideología hedonista perfectamente autosuficiente, pero también rasgos feroces y sustancialmente represivos. La tolerancia es en efecto falsa, porque en realidad ningún hombre ha sido nunca tan normal y conformista como el consumidor; y en cuanto al hedonismo, esconde evidentemente una despiadada voluntad de preordenar todo lo que la historia nunca antes había conocido. Por lo tanto este nuevo Poder todavía no representado por nadie, y debido a una “mutación” de la clase dominante, en realidad es –si quisiéramos conservar la vieja terminología– una forma “total” de fascismo. Pero este Poder también ha “homologado” culturalmente a Italia, se trata por lo tanto de una homologación represiva, si bien se ha logrado por medio de la imposición del hedonismo y de la joie de vivre. La estrategia de la tensión es un indicio, aunque sustancialmente anacrónico, de todo esto.

Maurizio Ferrara, en el artículo citado (como también, por otra parte, Ferrarotti, en Paese Sera (14/6/1974)), me acusa de esteticismo. Y con esto tiende a excluirme, a recluirme. Está bien, mi visión puede ser la de un “artista”, es decir, como quiere la buena burguesía, la de un loco. Pero el hecho, por ejemplo, de que dos representantes del viejo Poder (que sirven ahora en realidad, sin embargo, aunque como interlocutores, al nuevo Poder) se hayan chantajeado mutuamente a propósito de las financiaciones a los Partidos y por el caso Montesi, puede ser también una razón para hacer enloquecer; es decir, desacreditar de tal modo a una clase dirigente y a una sociedad ante los ojos de un hombre que le hagan perder el sentido de la oportunidad y de los límites, haciéndolo caer en un verdadero estado de “anomia”. Por otro lado, debemos decir que la visión de los locos hay que considerarla seriamente, a menos que se quiera ser progresista en todo salvo con respecto al problema de los locos, limitándose cómodamente a removerlos.

Hay ciertos locos que miran las caras de la gente y su comportamiento. Pero no porque sean epígonos del positivismo lombrosiano (como burdamente insinúa Ferrara), sino porque conocen la semiología. Saben que la cultura produce códigos; y que los códigos producen el comportamiento; que el comportamiento es un lenguaje; y que en un momento histórico en el que el lenguaje verbal es totalmente convencional y esterilizado (tecnificado) el lenguaje del comportamiento (físico y mímico) asume una importancia decisiva.

Pero volviendo al inicio de nuestro discurso, me parece que existen buenas razones como para sostener que la cultura de una nación (en este caso de Italia) se expresa hoy, sobre todo, a través del lenguaje del comportamiento, o lenguaje físico, y además de un cierto porcentaje –completamente convencionalizado y extremadamente pobre– de lenguaje verbal.
Es en tal nivel de comunicación lingüística que se manifiestan: a) la mutación antropológica de los italianos; b) su completa homologación a un único modelo.

Por lo tanto, decidir dejarse crecer los cabellos hasta la espalda, o cortarse los cabellos y dejarse crecer el bigote (como una reminiscencia de principios de siglo); decidir ponerse una vincha en la cabeza o bien hundirse una gorra hasta los ojos; decidir si soñar con una Ferrari o una Porsche; seguir atentamente los programas televisivos; conocer los títulos de algunos best-sellers; vestirse con pantalones y remeras ostentosamente a la moda; tener relaciones obsesivas con muchachas a las que se lleva al lado decorativamente, pero, al mismo tiempo, con la pretensión de que sean “libres”, etc. etc.: todos estos son actos culturales.

Hoy, todos los italianos jóvenes realizan estos actos idénticos, tienen este mismo lenguaje físico, son intercambiables. Sería una cosa vieja como el mundo, si estuviera limitada a una clase social, a una categoría, pero el caso es que estos actos culturales y este lenguaje somático son interclasistas. En una plaza llena de jóvenes, ya nadie podrá distinguir, por su cuerpo, un obrero de un estudiante, un fascista de un antifascista, hecho que era todavía posible en 1968.

Los problemas de un intelectual perteneciente a la intelligentsia son distintos de los de un partido y de un hombre político, aún si quizás la ideología es la misma. Quisiera que mis actuales opositores de izquierda comprendieran que yo soy capaz de darme cuenta de que, en el caso de que el Desarrollo se estancara y se produjera una recesión, si los Partidos de Izquierda no apoyaran el Poder vigente, Italia sencillamente se disgregaría. En cambio, si el Desarrollo continuara así como ha comenzado, sería indudablemente realista el llamado “compromiso histórico”, único modo de tratar de corregir este Desarrollo, en el sentido señalado por Berlinguer en su informe al Comité Central del partido comunista (cfr. L’Unità, 4/6/1974) Sin embargo, como a Maurizio Ferrara no le importan las “caras”, a mí no me compete esta maniobra política. Aún más, yo tengo, al menos, el deber de ejercitar mi crítica sobre ella, de un modo quijotesco e incluso extremista. ¿Cuáles son entonces mis problemas?
He aquí uno. En el artículo que ha suscitado esta polémica (Corriere della Sera, 10/6/1974) yo decía que los responsables reales de las masacres de Milán y Brescia son el gobierno y la policía italiana: porque si el gobierno y la policía hubieran querido, tales masacres no hubieran ocurrido. Es un lugar común. Y bien, a este punto me haré tomar totalmente el pelo diciendo que los responsables de estas masacres somos también nosotros, los progresistas, antifascistas, hombres de izquierda. En efecto, en todos estos años no hemos hecho nada:

1) para que hablar de “Masacre de Estado” no se convirtiera en un lugar común, y todo quedara ahí;
2) (y lo más grave aún) no hemos hecho nada para que los fascistas no existan. Los hemos sólo condenado calmando nuestra conciencia con nuestra indignación; y mientras más fuerte y petulante era la indignación, más tranquila quedaba la conciencia.
En realidad nos hemos comportado con los fascistas (hablo sobre todo de aquellos jóvenes) de un modo racista. Es decir, hemos apresuradamente y despiadadamente querido creer que ellos estuvieran predestinados racistamente a ser fascistas, y frente a esta decisión de su destino no hubiera nada que hacer. Y no nos engañemos, todos sabíamos, en nuestra íntima conciencia, que cuando uno de aquellos jóvenes decidía ser fascista era un hecho puramente casual, nada más que un gesto, inmotivado e irracional, y hubiera bastado quizás una sola palabra para que eso no ocurriera. Pero ninguno de nosotros ha hablado jamás con ellos y a ellos. Los hemos aceptado inmediatamente como representantes inevitables del Mal. Y quizás eran adolescentes, adolescentes de dieciocho años, que no sabían nada de nada, y se habían lanzado de cabeza en esa aventura horrible por pura desesperación.

Pero no podíamos distinguirlos de los otros (no digo de los otros extremistas, sino de todos los otros). Esta es nuestra espantosa justificación.

Padre Zósima (¡literatura por literatura!) ha sabido distinguir inmediatamente, entre todos aquellos que se habían reunido en su celda, a Dimitri Karamazov, el parricida. Entonces se ha levantado de su silloncito y ha ido a prosternarse frente a él. Y lo ha hecho (como dirá después al Karamazov más joven) porque Dimitri estaba destinado a hacer la cosa más horrible y a soportar el dolor más inhumano.

Piensen (si tienen fuerza) en aquel muchacho o en aquellos muchachos que han ido a poner las bombas a la plaza de Brescia. ¿No había que alzarse e ir a prosternarse frente a ellos? Pero eran jóvenes con cabellos largos, o con bigotes tipo principios de siglo, tenían en la cabeza vinchas o gorras caladas hasta los ojos, eran pálidos y presuntuosos, su problema era vestirse a la moda, todos del mismo modo, tener un Porsche o un Ferrari, o motos para manejar como pequeños arcángeles idiotas, llevando atrás a muchachas decorativas, sí, pero modernas, y a favor del divorcio, de la liberación de la mujer, y en general del Desarrollo... Eran, en suma, jóvenes como todos los otros, nada los distinguía de algún modo. Y aún si hubiéramos querido no hubiésemos podido ir a prosternarnos frente a ellos. Porque el viejo fascismo, si bien a través de la degeneración retórica, distinguía; mientras que el nuevo fascismo –que es totalmente otra cosa– ya no distingue, no es humanísticamente retórico, es norteamericanamente pragmático. Su fin es la reorganización y la homologación brutalmente totalitaria del mundo.

Nota: El texto que presentamos a continuación se basa en la edición de Scritti corsari publicada por Mondadori en el volumen Saggi sulla politica e sulla società (Milano, 1999). Elegimos el título con el que salió publicado este artículo en el Corriere della Sera el 24 de junio de 1974. En el libro citado lleva el título “Il vero fascismo e quindi il vero antifascismo” ("El verdadero fascismo y por lo tanto el verdadero antifascismo") (N.T.).

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Pier Paolo Pasolini / El artículo de las luciérnagas 
Traducción de Esteban Nicotra

“La distinción entre fascismo adjetivo y fascismo sustantivo se remonta nada menos que al diario “Il Politecnico”, es decir, a la inmediata posguerra...” Así empieza un escrito de Franco Fortini sobre el fascismo (L’Europeo, 26-12-1974), escrito que, como se suele decir, yo suscribo totalmente, plenamente. Pero no puedo suscribir su tendencioso exordio. En efecto, la distinción entre “fascismos” hecha por Il Politecnico no es ni pertinente ni actual. Esta podía valer todavía hasta hace cerca de una decena de años, cuando el régimen democristiano era todavía la simple y pura continuación del régimen fascista. Pero hace una decena de años, sucedió “algo”. “Algo” que no existía y que no era previsible no sólo en la época del Politecnico, sino ni siquiera un año antes de que sucediera (o aún más, mientras sucedía, como veremos). Por lo tanto, la comparación real entre “fascismos” no puede ser hecha, “cronológicamente”, entre el fascismo fascista y el fascismo democristiano, sino entre el fascismo fascista y el radicalmente, totalmente, imprevisiblemente nuevo que ha nacido de aquel “algo” que ha sucedido hace una década. Porque soy un escritor, y escribo polémicamente, o al menos discuto, con otros escritores, déjeseme dar una definición de carácter poético-literario de aquel fenómeno que ha ocurrido en Italia hace una decena de años. Esto servirá para simplificar y para abreviar nuestro discurso (y probablemente para entenderlo mejor). A inicios de los años ‘60, a causa de la contaminación del aire, y, sobre todo, en el campo, a causa de la contaminación del agua (los ríos azules y los arroyos transparentes) han empezado a desaparecer las luciérnagas. El fenómeno ha sido rápido y fulminante. Después de unos pocos años las luciérnagas ya no estaban más. (Son ahora un recuerdo, bastante desgarrador, del pasado: y un hombre mayor que tenga ese recuerdo, no puede reconocer en los nuevos jóvenes a sí mismo joven, y por lo tanto, no puede proferir aquellas lindas quejas de añoranza de otros tiempos). A ese “algo” que ha sucedido hace una decena de años lo llamaré entonces “la desaparición de las luciérnagas”. El régimen democristiano ha tenido dos fases absolutamente distintas, que no sólo no se pueden confrontar, implicando esto una cierta continuidad, sino que se han convertido incluso en históricamente inconmensurables. La primera fase de ese régimen (como con razón han insistido en llamarlo los radicales) es la que va desde el fin de la guerra a la desaparición de las luciérnagas, la segunda fase es aquella que va desde la desaparición de las luciérnagas hasta hoy. Analicémoslas de a una por vez. 

Antes de la desaparición de las luciérnagas. La continuidad entre fascismo fascista y fascismo democristiano es total y absoluta. No hablaré sobre aquello, que sobre este punto, se decía también entonces, justamente en Il Politecnico con respecto a: la falta de una depuración, la continuidad de los códigos, la violencia policial, el desprecio por la Constitución. Me detengo en lo que después ha contado para una conciencia histórica retrospectiva. La democracia que los antifascistas democristianos oponían a la dictadura fascista era descaradamente formal. Se fundaba en una mayoría absoluta obtenida por medio de votos de grandes estratos de la clase media y de enormes masas campesinas manejadas por el Vaticano. Tal gestión del Vaticano era posible sólo si se fundaba en un régimen totalmente represivo. En ese mundo los “valores” que contaban eran los mismos que para el fascismo: la Iglesia, la patria, la familia, la obediencia, la disciplina, el orden, el ahorro, la moralidad. Tales “valores” (como también durante el fascismo) eran “también reales”, pertenecían a las culturas particulares y concretas que constituían la Italia arcaicamente agrícola y paleo-industrial. Pero en el momento en que eran elevados a “valores” nacionales no podían sino perder toda realidad, y convertirse en atroz, estúpido, represivo conformismo de Estado: el conformismo del poder fascista y democristiano. Provincialismo, grosería e ignorancia, tanto de las élites, a distinto nivel, como de las masas eran iguales, tanto durante el fascismo como durante el primera fase del régimen democristiano. Paradigmas de esta ignorancia eran el pragmatismo y el formalismo del Vaticano. Hoy todo esto resulta claro e indudable, porque entonces se nutrían, por parte de los intelectuales y de los opositores, vanas esperanzas. Se esperaba que todo eso no fuera totalmente verdadero, y que la democracia formal contara de algún modo. Ahora, antes de pasar a la segunda fase, debo dedicar algunas líneas al momento de la transición. 

Durante la desaparición de las luciérnagas. En este período la distinción entre los distintos fascismos realizada en Il Politecnico podía todavía funcionar. En efecto, tanto el gran país que se estaba formando dentro del país –es decir la masa obrera y campesina organizada por el PCI– cuanto los intelectuales más avanzados y críticos, no se habían dado cuenta que “las luciérnagas estaban desapareciendo”. Estos estaban bastante bien informados por la sociología (que en aquellos años había puesto en crisis el método de análisis marxista), pero eran informaciones todavía no vividas, experimentadas, en sustancia sólo formales. Ninguno podía sospechar la realidad histórica que sería el inmediato futuro, ni identificar lo que entonces se llamaba “bienestar” con el “desarrollo”que iba a realizar plenamente por primera vez en Italia, el “genocidio” del que hablaba Marx en el Manifiesto. 

Después de la desaparición de las luciérnagas. Los “valores”, nacionalizados y, por lo tanto, falsificados, del viejo mundo agrícola y paleo-capitalista, de repente no cuentan más. Iglesia, patria, familia, obediencia, orden, ahorro, moralidad, ya no valen. Y ya no sirven ni siquiera como falsos. Estos “valores” sobreviven en el clérigo-fascismo marginado (también el MSI en sustancia los repudia). Los sustituyen los “valores” de un nuevo tipo de civilización, totalmente “otra” con respecto a la civilización campesina y paleo-industrial. Esta experiencia ha sido hecha con anterioridad por otros Estados, pero en Italia se da de un modo totalmente particular, porque se trata de la primera “unificación” real sufrida por nuestro país, mientras que en los otros países ésta se superpone, con una cierta lógica, a la unificación monárquica y a la ulterior unificación de la revolución burguesa e industrial. El trauma italiano del contacto entre el “arcaísmo” pluralista y la nivelación industrial tiene quizás sólo un único precedente: la Alemania anterior a Hitler. También allí los valores de las diversas culturas particularistas han sido destruidos por la violenta homologación de la industrialización, con la consiguiente formación de aquellas enormes masas, ya no más antiguas (campesinas, artesanas) y aún no modernas (burguesas), que han constituido el salvaje, aberrante, imprevisible cuerpo de las tropas nazis. En Italia está ocurriendo algo similar, e incluso con mayor violencia, porque la industrialización de los años setenta constituye una “mutación” decisiva incluso con respecto a la alemana de hace cincuenta años. Ya no estamos más frente, como todos ya saben, a “tiempos nuevos”, sino a una nueva época de la historia humana: de esas épocas de la historia humana cuyos límites abarcan milenios. Era imposible que los italianos reaccionaran peor de como lo han hecho ante tal trauma histórico. Ellos se han convertido en pocos años (en especial en el centro-sur) en un pueblo degenerado, ridículo, monstruoso, criminal. Sólo basta salir a la calle para advertirlo. Pero, naturalmente, para comprender los cambios en la gente, es necesario amarla. Yo, lamentablemente, a esta gente italiana la había amado: tanto fuera de los esquemas del poder (más aún, en oposición desesperada a ellos), como fuera de los esquemas populistas y humanitarios. Se trataba de un amor real, radicado en mi modo de ser. He visto, por lo tanto, “con mis sentidos”, la acción coercitiva del poder del consumo transformar y deformar la conciencia del pueblo italiano, hasta una degradación irreversible. Esto no había ocurrido durante el fascismo fascista, período en el cual el comportamiento estaba totalmente disociado de la conciencia. En vano el poder “totalitario” iteraba y reiteraba sus imposiciones de comportamiento: a la conciencia no se la podía implicar. Los “modelos” fascistas no eran más que máscaras, que se podían poner y sacar. Cuando el fascismo fascista cayó, todo volvió a ser como antes. Lo mismo sucedió en Portugal: después de cuarenta años de fascismo, el pueblo portugués ha celebrado el primero de mayo como si al último lo hubiese celebrado el año anterior. Es ridículo, entonces, que Fortini retrotraiga la distinción entre un fascismo y el otro a principios de la posguerra. La distinción entre el fascismo fascista y el fascismo de esta segunda fase del poder democristiano no sólo no tiene punto de comparación en nuestra historia, sino probablemente en toda la historia. Sin embargo, yo no escribo este artículo sólo para polemizar sobre este punto, si bien me hubiera gustado. Escribo el presente artículo en realidad por una razón muy diversa, y es la que explicaré a continuación. Todos mis lectores se habrán dado cuenta, sin duda, de un cambio en los jefes democristianos: en pocos meses ellos se han convertido en máscaras fúnebres. Es verdad, ellos continúan manifestando radiosas sonrisas, de una sinceridad increíble. En sus pupilas se condensa una verdadera, beata luz de buen humor, cuando no se trata de la cómplice luz de la ingeniosidad y la picardía; cosa que a los electores les gusta, pareciera, tanto como la plena felicidad. Por otra parte, nuestros jefes continúan impertérritos sus discursos incomprensibles, en los que flotan los flatus vocis de las acostumbradas promesas estereotipadas. En realidad ellos son, en verdad, máscaras. Estoy seguro que, si se levantaran esas máscaras, no se encontraría ni siquiera un montoncito de huesos o de cenizas, allí estaría la nada, el vacío. 

La respuesta es simple: hoy en Italia, en realidad, hay un dramático vacío de poder. Pero éste es el punto: no un vacío de poder legislativo o ejecutivo, ni un vacío de poder dirigente, ni, finalmente, un vacío de poder político en cualquier sentido tradicional, sino un vacío de poder en sí mismo. ¿Cómo hemos llegado a este vacío? O mejor, “¿cómo han llegado allí los hombres de poder?”. La respuesta, una vez más, es simple: los hombres de poder democristianos han pasado de la “fase de las luciérnagas” a la “fase de la desaparición de las luciérnagas” sin darse cuenta. Por más que esto pueda parecer próximo a la criminalidad, su inconciencia en este punto ha sido absoluta: no han sospechado mínimamente que el poder, que ellos detentaban y administraban, no sólo estaba sufriendo una evolución “normal”, sino que estaba cambiando radicalmente de naturaleza. Ellos se habían ilusionado de que en su régimen todo sería sustancialmente igual: que, por ejemplo, iban a contar eternamente con el Vaticano, sin darse cuenta de que el poder, que ellos mismos continuaban a detentar y administrar, ya no sabía qué hacer con el Vaticano, como centro de vida campesina, retrógrada, pobre. Ellos se habían ilusionado de poder contar para siempre con un ejército nacionalista (como sus predecesores fascistas), y no veían que el poder, que ellos mismos continuaban detentando y administrando, ya maniobraba para establecer la base de ejércitos nuevos, en cuanto transnacionales, casi policías tecnocráticos. Y los mismo debemos decir con respecto a la familia, constreñida, sin solución de continuidad desde los tiempos del fascismo, al ahorro, a la moralidad, ahora el poder del consumo imponía a ella cambios radicales, hasta hacerle aceptar el divorcio, y por lo tanto, potencialmente, todo el resto, sin límites (o, al menos, hasta los límites consentidos por la permisividad del nuevo poder, peor que totalitario en cuanto violentamente totalizador). Los hombres del poder democristiano han padecido todo este poder, creyendo que lo administraban. No se han dado cuenta que éste era “otra cosa”: inconmensurable, no sólo para ellos, sino para toda una forma de civilización. Como siempre (cfr. Gramsci) sólo en la lengua se han producido síntomas. En la fase de transición –o sea “durante la desaparición de las luciérnagas”– los hombres de poder democristianos han cambiado casi bruscamente el modo de expresarse, adoptando un lenguaje completamente nuevo (por otra parte incomprensible como el latín): especialmente Aldo Moro, es decir (por una enigmática correlación), aquel que aparece como el menos implicado de todos en las cosas horribles que se han organizado desde el ‘69 hasta hoy, con la intención, por ahora lograda formalmente, de conservar como sea el poder. Digo formalmente porque, repito, en la realidad los poderosos democristianos cubren, con sus maniobras de autómatas y sus sonrisas, el vacío. El poder real procede sin ellos, y ellos no tienen en las manos nada más que aquellos inútiles instrumentos que, de los mismos, vuelven reales sólo sus lúgubres sacos cruzados. Sin embargo en la historia el “vacío” no puede subsistir, puede ser sólo predicado en abstracto y por absurdo. Es probable que, en efecto, el “vacío” del que hablo se esté ya llenando, por medio de una crisis y un reajuste que no puede dejar de implicar a toda la nación. Es un signo de esto, por ejemplo, la espera “morbosa” del golpe de Estado. Casi como si se tratase sólo de “sustituir” el grupo de hombres que nos han gobernado tan espantosamente por treinta años, llevando a Italia al desastre económico, ecológico, urbanista, antropológico. En realidad, la falsa sustitución de estas “cabezas de trapo” por otras “cabezas de trapo” (no menos, al contrario, más funéreamente carnavalescas), realizada por medio del reforzamiento artificial de los viejos aparatos de poder fascista, no serviría para nada (y, esté claro que, en ese caso, la “tropa” ya sería, por su constitución, nazi). El poder real al que desde una decena de años las “cabezas de trapo” han servido sin darse cuenta de su realidad: es esto ese algo que ya puede haber llenado el “vacío” (haciendo vana también la posible participación en el gobierno del gran país comunista que ha nacido de las ruinas de Italia, porque no se trata de “gobernar”). De ese “poder real” nosotros tenemos imágenes abstractas y en el fondo apocalípticas. No sabemos representarnos qué “formas” asumiría éste sustituyéndose directamente a los siervos que lo han tomado por una simple “modernización” de técnicas. De todos modos, con respecto a mí (si esto tiene algún interés para el lector) que quede claro: yo, por más multinacional que sea, daría toda la Montedison por una luciérnaga. 

Nota: El texto que presentamos a continuación se basa en la edición de Scritti corsari publicada por Mondadori en el volumen Saggi sulla politica e sulla società (Milano, 1999). Este texto de Pier Paolo Pasolini apareció el 1 de febrero de 1975 en el Corriere della Sera con el título: “Il vuoto del potere in Italia” (“El vacío de poder en Italia”), después fue publicado con el título:   “L’articolo delle lucciole” en Scritti corsari, Garzanti, Milán, 1975 (N.T.)

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Pier Paolo Pasolini / Desarrollo y progreso
Traducción de Esteban Nicotra 

Existen dos palabras que retornan frecuentemente en nuestros discursos: mejor dicho, son las palabras clave de nuestros discursos. Estas dos palabras son “desarrollo” y “progreso”. ¿Son dos sinónimos? O, si no son dos sinónimos, ¿indican dos momentos diversos de un mismo fenómeno? O, más bien, ¿señalan dos fenómenos distintos que, sin embargo, se integran necesariamente entre sí? O, incluso, ¿indican dos fenómenos sólo parcialmente análogos y sincrónicos? Finalmente, ¿indican dos fenómenos “opuestos” entre sí, que sólo aparentemente coinciden o se integran? Es absolutamente necesario aclarar el sentido de estas dos palabras y sus relaciones si queremos entendernos en una discusión que involucra muy de cerca nuestra vida cotidiana y física. 

Veamos: la palabra “desarrollo” tiene hoy una red de referencias que corresponden a un contexto indudablemente de “derecha”. En efecto ¿quiénes quieren el “desarrollo”? Es decir, ¿quiénes lo quieren no en abstracto e idealmente, sino en concreto y por razones de inmediato interés económico? Es evidente: quienes quieren el “desarrollo” en tal sentido son quienes producen; es decir, los industriales. Y, dado que el “desarrollo”, en Italia, es este desarrollo, son en especial los industriales que producen bienes superfluos. La tecnología (la aplicación de la ciencia) ha creado la posibilidad de una industrialización prácticamente ilimitada, y cuyas características son ya en concreto transnacionales. Los consumidores de bienes superfluos, están por su parte, irracionalmente e inconscientemente de acuerdo en querer el “desarrollo” (este “desarrollo”). Para ellos significa promoción social y liberación, con la consiguiente abjuración de los valores culturales que les habían brindado los modelos de “pobres”, de “trabajadores”, de “ahorradores”, de “soldados”, de “creyentes”. La “masa” está, por lo tanto, con el “desarrollo”: pero vive esta nueva ideología sólo existencialmente, y existencialmente, es portadora de los nuevos valores del consumo. Esto no quita que su elección sea decisiva, triunfalista y encarnizada. 

¿Quiénes, en cambio, quieren el “progreso”? Lo quieren aquellos que no tienen inmediatos intereses que satisfacer, justamente, a través del “progreso”: lo quieren los obreros, los campesinos, los intelectuales de izquierda. Lo quiere quien trabaja y quien es consecuentemente explotado. Cuando digo “lo quiere” lo digo en un sentido auténtico y total (puede existir también algún “productor” que quiere, más allá de todo, y quizás sinceramente, el progreso: pero su caso es una excepción). 

El “progreso” es, por consiguiente, una noción ideal (social y política), mientras que el “desarrollo” es un hecho pragmático y económico. Es esta disociación que hoy requiere una “sincronía” entre “desarrollo” y “progreso”, dado que no es concebible (por lo que parece) un verdadero progreso si no se crean las premisas económicas necesarias para realizarlo. ¿Cuál fue la palabra de orden de Lenin apenas triunfó la Revolución? Fue una palabra de orden que convocaba al inmediato y grandioso “desarrollo” de un país subdesarrollado. Soviet e industria eléctrica… Vencida la gran lucha de clase por el “progreso” entonces era necesario vencer una lucha, quizás más gris pero no menos grandiosa, por el “desarrollo”. Sin embargo, quisiera agregar –no sin cierta vacilación– que esta no es una condición obligatoria para aplicar el marxismo revolucionario y realizar una sociedad comunista. La industria y la industrialización total no la han inventado ni Marx ni Lenin: la ha inventada la burguesía.

Industrializar un país comunista campesino significa entrar en competencia con los países burgueses ya industrializados. Es lo que, en especial, ha hecho Stalin. Y además no tenía otra opción. Por lo tanto: la Derecha quiere el “desarrollo” (por la simple razón que lo realiza); la Izquierda quiere el “progreso”. Pero en el caso de que la Izquierda venza la lucha por el poder, entonces también ella quiere –para poder realmente progresar social y políticamente– el “desarrollo”. Un “desarrollo”, sin embargo, cuya figura se ha ya formado y fijado en el contexto de la industrialización burguesa. Sin embargo aquí en Italia, el caso es históricamente diverso. No se ha vencido ninguna revolución. Aquí la Izquierda que quiere el “progreso”, en el caso que acepte el “desarrollo”, debe aceptar justamente este “desarrollo”: el desarrollo de la expansión económica y tecnológica burguesa. 

¿Es esta una contradicción? ¿Es una elección que propone un caso de conciencia? Probablemente sí. Pero se trata como mínimo de un problema a plantear claramente: es decir, sin confundir nunca, ni por un solo instante, la idea de “progreso” con la realidad de este “desarrollo”. Por lo que respecta a la base de las Izquierdas (digamos la base electoral, en cuanto al orden de los millones de habitantes), la situación es ésta: un trabajador vive en la conciencia la ideología marxista, y por consiguiente, entre otros de sus valores, vive en la conciencia la idea de “progreso”; mientras que, contemporáneamente, vive en la existencia, la ideología consumista, y por lo tanto, a fortiori, los valores del “desarrollo”. El trabajador está, por consiguiente, disociado. Pero no es el único que lo está. También el poder burgués clásico está en este momento completamente disociado: para nosotros italianos ese poder burgués clásico (es decir, prácticamente fascista) es la Democracia cristiana. 

En este punto quiero abandonar la terminología que yo (¡artista!) uso un poco aproximativamente y descender hacia una vívida ejemplificación. La disociación que hoy divide en dos al ya viejo poder clérigo-fascista, puede ser representado por dos símbolos opuestos y, precisamente, inconciliables: “Jesús” (en especial el Jesús del Vaticano) por una parte, y los “blue-jeans Jesús” por la otra. Dos formas de poder una frente a la otra: de un lado la gran multitud de curas, soldados, biempensantes y de sicarios; por el otro, los “industriales” productores de bienes superfluos y las grandes masas consumidoras, laicas y, tal vez idiotamente, irreligiosas. Entre el “Jesús” del Vaticano y el “Jesús” de los blue-jeans, hay una lucha. En el Vaticano –cuando apareció este producto y sus carteles plublicitarios– se levantaron grandes lamentos. Grandes lamentos a los cuales solía seguir generalmente la acción de la mano secular que se encargaba de eliminar a los enemigos que la Iglesia tal vez no nombraba, limitándose precisamente a los lamentos. Pero esta vez a los lamentos no ha seguido nada. La longa manus ha quedado inexplicablemente inerte. Italia ha sido tapizada de carteles que representan traseros con el slogan: “quien me ama, me siga” y vestidos, precisamente, con los blue-jeans “Jesús”. El Jesús del Vaticano ha perdido. Ahora el poder demócrata-cristiano clérigo-fascista se encuentra desgarrado entre estos dos “Jesús”: la vieja forma de poder y la nueva realidad del poder… 

Nota: Este texto que presentamos se basa en la edición de Scritti corsari publicada por Mondadori en el volumen Saggi sulla politica e sulla società (Milano, 1999). (N.T.)
 

La Pecera [L'Acquario] 
Mar del Plata, Bs As, Argentina 
Revista de cultura, traducciones, ensayos, poesía, relato, arte, actualidad. Edición Impresa 15x20 cm alr. de 170 págs. www.lapeceralibros.galeon.com 
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Pasolini, tres "escritos corsarios", Introducción y traducciones de Esteban Nicotra

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